A manera de despedida: La sobrecogedora cotidianidad en los cuentos de Amparo Dávila

A manera de despedida: La sobrecogedora cotidianidad en los cuentos de Amparo Dávila
Amparo Dávila (1928-2020)

La Gualdra 428 / Amparo Dávila: In memoriam

 

 

Gracias a Amparo Dávila supimos que lo sobrenatural no es siempre ultranatural ni monumental. Me explico: el terror no es un capítulo aparte ni un promontorio que se anuncia con espectacularidad. No es un especial de medianoche, no un apartado para los exquisitos. El terror, el pavor que acomete total o gradualmente y sin compasión, el que destruye en vida, el que de todo se adueña sin pedir permiso ni haber externado amenaza, se encuentra tan lejos como la orilla de nuestros dedos, de nuestra jornada, de nuestra pequeña y cotidiana y frágil esperanza.

El terror está entre nosotros, entre nuestros días, entre nuestros objetos y afectos cotidianos, en la estola del clóset o la mascota recién traída a casa o el hermano con retraso mental o lo que se está cocinando. En efecto, somos todos la señorita Julia, invadida “de la nada” por esos ruidos, sin saber por qué, sin saber para qué, sin saber nada más que la imperiosa necesidad de entregarse a una tarea de confeccionar venenos y dejar que todo lo demás –vida familiar, trabajo, noviazgo, tranquilidad– se derrumbe.

Todos somos la esposa del marido que llevó al huésped de grandes ojos amarillos, todos somos Guadalupe viendo a su hijo golpeado por la bestia, todos somos incluso el pequeño Martín que llora y llora en la acometida del animal alojado en el cuarto de la esquina. Todos somos eso y vivimos en el desvelo de cada cuento escrito por la sagaz pluma de la pinense y luego citadina Amparo.

La sobrecogedora cotidianidad que sus cuentos nos muestra Amparo Dávila es más sutil que la que nos dejó Quiroga, el trágico maestro Quiroga, en sus fatídicas narraciones. Plasmada por mujer, además, con mujeres y su fragilidad bien administrada por los correctos y decentes machistas de mitad del siglo XX. O por tradicionales familias, como en el cuento “Óscar” que, aunque pudientes y honorables, no pueden salvarse del hijo agresivo e intolerante que vive en el sótano y es el verdadero dueño de la casa. Al respecto, escribe la cuentista, “La fatalidad se imponía y eran sus víctimas, sus presas, no había salvación”.

Como narradora, Amparo Dávila es, más que sutil, exquisita. No se detiene en la grandilocuencia: puede ser más apabullante, de hecho, la prosa sencilla. Los inicios de sus cuentos siguen esa línea: “Mi vecino el señor Rojas pareció sorprendido al encontrarme sentado en la escalera” (Fragmento de un diario), “Nunca olvidaré el día que vino a vivir con nosotros” (El huésped), “Dejó a los amigos que insistía en que se quedara con ellos y salió del club” (Un boleto para cualquier parte), “Había anochecido y Gabriel Valle estaba listo para salir” (La quinta de las celosías), “Estaba comprando el periódico de la tarde, cuando se vio pasar, acompañado de una rubia” (Final de una lucha). Desde lo cotidiano se llega lo atronador, sin señalamiento, sin preparación ni víspera, sin trompeta del Apocalipsis ni opaca nube o revelación en el firmamento.

En el abril más cruel que muchos hayamos conocido, en una cuarentena tan asfixiante como cualquiera de sus cuentos, murió la maestra Amparo. Los homenajes se quedarán cortos, el alto volumen servirá de nada. Solo resta el todo de su narrativa y su poesía, y la sencillez con la que supo conducirse en vida. Su enorme sutilidad nos es necesaria a varios de nosotros, su escritura continuará siendo escuela no para todos: solo para quienes frente a ella sepamos descalzarnos y de veras aprender.

 

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