Muerte, confinamiento y masas

Muerte, confinamiento y masas

Dedico este artículo, con admiración y agradecimiento, a médicos y enfermeras de hospitales públicos que están exponiendo sus vidas para salvar las del prójimo enfermo, sin contar con los medios más elementales para enfrentar la crisis. El Viernes Santo se conmemora la muerte del Dios encarnado. La muerte, tema inexcusable de meditación en estos días aciagos.

Días de pandemia en que deja de ser ella, la muerte, algo remoto, inadvertido, ajeno a quien solía “vivir” en medio del torbellino consumista, del frenesí cotidiano en los inundados “templos” comerciales. Frenesí que se pensaba eterno, sin caducidad. Retomo entonces una meditación filosófica de un pensador italiano.

Giorgio Agamben habla del “distanciamiento social” en un texto brillante por breve, oportuno y hondo. Fechado el día 6 de abril, después de los “idus de marzo” del 2020, segadores de vidas innumerables, traducido al castellano por Federica María González y publicado en forum-nepantla.org., ese mismo día.

Una cita de Montaigne preside el texto del filósofo de Homo Sacer: “No sabemos dónde nos espera la muerte, esperémosla por doquier. La meditación sobre la muerte es meditación sobre la libertad. Quien haya aprendido a morir, ha desaprendido a servir. Saber morir nos libera de cualquier sugestión y de toda restricción”.

Después, Agamben señala que “distanciamiento social” es un novedoso léxico político acuñado hoy por Occidente. Un eufemismo ese encubridor de la crueldad expresada por el término “confinamiento”. Confinamiento dice él, que más allá de una hipótesis, puede equivaler a un “laboratorio donde se preparen nuevas estructuras políticas y sociales que esperan a la humanidad”. Funesto presagio ese que exige reflexión profunda y acciones libertarias en su momento. Presagio que cae de perlas a quienes tienen afición por el poder autoritario, tiránico.

Más adelante, cita a Canetti y su “Masa y poder”, y partiendo de allí, hilvana líneas reveladoras sobre lo que acontece -gestado por la pandemia. La comunidad, enjambre digital a la manera de Chul Han, engendrada en las redes sociales con motivo del confinamiento, está hecha de la materia de las masas. La masa, sostenedora del poder. La masa que caracteriza Canetti entre otras cosas, como pasiva, es decir, inepta para un “movimiento verdaderamente libre…..ella espera un líder que le será mostrado”.

Es la misma masa descrita por Ortega y Gasset: es la que ama lo servil, la que “escruta en torno con humilde mirada de can, buscando un amo”. Y en esa masa, vegetando, están ciertos multimillonarios dóciles. Agradecidos porque no se les cobra impuesto especial a su inmensa riqueza como el recomendado por Piketty para enfrentar la concentración inaudita de la misma en dos, tres manos, tanto aquí como en el mundo.

Masa, continúa afirmando el italiano genial, que para los ingenuos no tendría cabida en un individualismo extremo. Pero masa que los hechos hacen ver descarnadamente como “una masa enrarecida y fundada sobre una prohibición -“no salgas de tu casa”-, pero, precisamente por ello, particularmente compacta y pasiva”.

Ello no significa, en una interpretación plausible de lo dicho por Agamben, que debamos eludir tal distanciamiento social como medida extraordinaria, excepcional, necesaria hoy para evitar pérdida de vidas humanas. Significa que debemos evitar que en el futuro próximo, esa medida de excepción se convierta en ¡la regla! Que la excepción transitoria no mute como virus letal en “normalidad”. Ello sería la muerte añadida a las muertes del covid-19.

Que los hombres y mujeres que aman la libertad, hagan hoy de sus hogares, baluartes donde sin miedo, se defienda y difunda ese valor. Valor sin el cual no hay responsabilidad, ni humanidad, ni nada. Y mañana y en lo porvenir, lo sigan enarbolando para no caer en las garras del dinero como fin y del poder como dominación.

Termino con un fragmento del diálogo platónico del Fedón, cuyo autor es mente oceánica, sublime:

-¿Y no sería ridículo, como dije al principio (Sócrates pregunta), que un hombre que se ha preparado durante su vida a vivir en un estado lo más cercano posible al de la muerte, se irrite luego cuando le llega ésta?

-Sería ridículo (contesta Simmias). ¡Cómo no!

– Luego, en realidad, oh Simmias -replica Sócrates-, los que filosofan en el recto sentido de la palabra se ejercitan en morir, y son los hombres a quienes resulta menos temeroso el estar muertos.

-¿Y no te parece (sigue preguntando Sócrates) que es indicio suficiente de que un hombre no era amante de la sabiduría, sino del cuerpo, el verle irritarse cuando está a punto de morir? Y probablemente ese mismo hombre resulte también amante del dinero, o de los honores, o de una de estas dos cosas, o las dos a la vez.

-Efectivamente -respondió-, ocurre tal como dices. (Fragmentos traducidos por Luis Gil). El Domingo en que culmina esta semana mayor, celebraremos más de mil millones de seres humanos, la victoria sobre la muerte. ■

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