La milonga y la mentira

La milonga y la mentira

La Gualdra 398 / Río de Palabras

 

Te tengo que confesar algo, Susana: te mentí. Desde un principio. Cuando me preguntaste si me gustaba el tango y la milonga y dije que sí. No sabía ni siquiera qué significaba milonga. Rezaba por que no me preguntaras más del tema o peor aún, que me dijeras que fuéramos a bailar una noche.

Te mentí. Pero antes de que llegara esa noche me metí a clases de tango. Me corté el cabello y mandé a hacer un traje a la medida. Me compré un par de zapatos en la tienda de Salvatore Ferragamo. Sabía que contigo necesitaba estar a la altura.

Te mentí, pero por una buena razón: me interesabas, pero no sabía cómo llegar a ti. Hasta que vi cómo te embelesabas viendo a la pareja bailar Por una cabeza, de Carlos Gardel, la noche que fuimos a cenar. Nuestra primera cita.

Hablar de libros no me bastaría. Si yo he leído cien, tú has leído mil.

Llegó la segunda cita. Un salón decorado con pulcritud y elegancia, como tu escritura. Las cortinas color sepia le daban al lugar un toque de antaño con sabor a nostalgia.

Ah, pero antes, cuando pasé por ti y me bajé del carro, me miraste de arriba abajo en una fracción de segundo. Y sonreíste. Era el primer punto a mi favor. Y cuando te dije que te veías hermosa y que no tenía ojos para nadie más que para ti, tu sonrisa brilló y dejaste caer tus ojos mirando hacia un lado. Ese gesto lo llevo conmigo tal cual recuerdo vívido.

Te mentí al mostrarme valeroso cuando nos paramos a la pista y las piernas me temblaban. Mi pulso se aceleró y me sentía caliente de pena por dentro. Sonreía de nervios. Pero ahí estaba, frente a ti. Te acercaste al empezar la música y me llegó el aroma de tu perfume. Gloria, de Cacharel. Ya no lo venden, no sé de dónde lo sacaste.

Me miraste mientras posabas tu brazo por detrás de mi hombro. Te recibí con la misma mirada. Silenciosa y entregada. Giré un poco. El pianista al fondo concentrado en sus manos. Nosotros, en nuestros movimientos.

Nos dejamos llevar. El cruce de nuestros pies salió perfecto. El roce del empeine de tu pie en mi tobillo fue un acto de seducción. Y respondí con un giro tan rápido como inesperado.

La pista era nuestra. Era nuestra noche. En nuestra mesa nos esperaba un Malbec con sendas copas para brindar.

Desde ese momento dejamos de ser los mismos. Algo pasó que la tensión desapareció para dar paso a una ligereza desconocida.

Tú brillabas.

Yo reía.

Brindamos por el tango, por la vida. Por ese baile. Por la mentira. Estiraste tu brazo para que cogiera tu mano. Y así estuvimos. Hablando y hablando de las simples cosas.

Te mentí, lo admito. Me gustaste desde ayer, desde hoy y desde siempre. Y hoy que he visto la foto que dejaste entre las páginas del libro que te presté recordé que aún tengo un tango por bailar.

El de la vida.

 

 

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