Ida Vitale: más allá del umbral

Ida Vitale: más allá del umbral
Ida Vitale. Foto de Pascual Borzelli Iglesias.

La Gualdra 398 / Literatura

 

 

I

Para leer a la poeta Ida Vitale (Montevideo, 2 de noviembre de 1923), hay que iniciar congratulándonos, ha sido reconocida con el Premio Cervantes de Literatura, previamente en México, el Estado de Guadalajara, recibió el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Por eso, creo, hay que buscar sus poemas en títulos publicados desde 1949, y de todos, prefiero quedarme con Sueños de la constancia como punto de partida y revisar en éste la importancia de su poesía. Ya que reúne la obra poética hasta 1984. Es un periodo que abarca, desde aquel lejano año de su primer libro y determinar la huella de su lírica; ese título reitera su afirmación. Aunque han pasado años que publicó los primeros poemas no se le olvida más bien la confirma. Quizás, Sueños de la constancia sea la primera reunión de su poesía que referencia una identidad que se inscribe como parte de un recuerdo, determina la primera etapa de su revelación poética.

Más bien, Sueños de la constancia es parte de una búsqueda que tiene que ver con su disciplina, la permanencia por su condición de poeta activa, en movimiento. Su búsqueda desde la escritura aporta identidad al idioma, recuerda que tiene acumulada una actividad aproximadamente de siete décadas. Por esto, una vez más, hay que recordar que con su esposo, el también poeta Enrique Fierro, vivieron exiliados entre 1974-1984 en México por causas de la dictadura que accedió al poder en Uruguay.

Escribe para la primera reunión poética palabras de advertencia, que perpetúan su lectura: “Me cuesta mucho, siempre, recorrer la distancia hacia atrás que va del último al primero de estos libros, no en la medida en que soy otra sino porque, siendo la misma, me abochorna, con la voluntad de hoy, la debilidad de mis propósitos de ayer”. Esos libros a los que se refiere, son los que hasta 1984, reunió en Sueños de la constancia. Cuando habla de la debilidad de los propósitos…, más bien, creo ver en esos poemas la oportunidad para conocer, reinventar su presencia, ubicar su voz que sin duda bebe de la tradición latinoamericana con una fuerza e igualmente gana presencia junto a otras autoras como son Blanca Varela, de Perú; Margarita Michelena, en México; Olga Orozco, desde Argentina, etcétera.

Si se viera su poesía como parte de marea caprichosa, creo, hay que ir a un poema del primer libro (Luz de esta memoria), que no es lejano ni distante, una condición sencilla, efectiva, en movimiento, porque registra distintos ritmos y sonidos. Quizás, fúnebre, deja sentir una estela de sueños por el estilo ya personal, registra un recorrido inaugural de su larga búsqueda en espacios tanto públicos como privados. Entonces anunciadas esas expectativas en un poema como “Elegía en otoño”, dedicado a José Bergamín, al frente, un epígrafe de Antonio Machado: “Esta lira de muerte”. Está dividido en dos partes y recupero un fragmento de la primera:

Hay días que parecen prestados por la muerte.
Como llamada desde lejos
su luz vacila y huye,
y con ella también, sin esperanza,
algo nuestro se va,
fugitivo de un cuerpo, de una tierra vacíos.
Las flores nos ofrecen,
con qué dulzura fúnebre, su aroma
que no sentimos ya,
su frescura, que nada nos debe,
como una despedida,
como un augurio de la primavera
que quizás pronto y por única vez
se encenderá en nosotros…

 

Los poemas de Ida son un acierto para la tradición latina. Es quien termina cambiando el mapa, por esa voz que ha ganado un sitio tan alto como único, con justicia, definitivamente una poeta de grandeza. La presencia de su voz modula ese ritmo de palabras e imágenes, extrae del idioma sonidos, registra un eco y una identidad; es su estilo único, suyo; recuerda como todo autor comprometido con esa búsqueda que su verdadera biografía está en sus poemas.

 

II

Para sorpresa de sus lectores, en México, su presencia tiene coordenadas interesantes. Vivió aquí por causas políticas, pero éstas son justamente las que le permiten confirmar su condición de poeta y extraordinaria prosista. Con su obra enriquece el movimiento literario de los años setenta y ochenta del siglo XX; empieza inmediatamente a su llegada a colaborar con Octavio Paz en la revista Plural y después en Vuelta.

Agraciadamente para Morelia, ella fue una de las participantes del Primer Festival Internacional de Poesía Morelia 1981 y, en este festival, participaron autores que escriben en lengua española y de otros idiomas, pero con su poesía renovaron la identidad de la poesía. Ida estuvo en esta ciudad colonial, contribuyó para que resonara la poesía al fin de cuentas, en nuestras vidas, como algo necesario. Con acierto y novedad, rigor y emblema, deja sentir su voz, y la prueba de ello son los poemas que se pueden leer en la antología del festival. Ya que si bien es cierto que algunos textos de su prosa registran su presencia mexicana, parte de éstos figuran en un libro reciente, Resurrecciones y rescates, y por éste se puede volver la lectura de su novedad de prosista; conjunta esa lección que despierta tanto en verso como la prosa, simultáneamente, su obra es una lección para la vida.

Por lo que respecta a su poesía y el significado de su ritmo, el logro de una voz personal, la novedad del lenguaje, recuerdo que está presente a sus 96 años; su obra logra alcanzar la suma de dos siglos que han sido de gran agitación literaria. Y ese título que concentra la atención para leer sus poemas es la Antología del primer festival internacional de poesía Morelia 1981 a cargo de Homero Aridjis tanto la edición como la selección y notas. Ida Vitale permite contemplar en estos poemas el paso de la tarde de hora en hora.

Sin embargo, su poesía puede ser leída como ejemplo del sonido que construye por el eco que manifiesta, la seguridad con que interpreta el tiempo, la visión onírica de su consabida realidad y porque marca los años de su ejercicio lírico que es constante, en movimiento. Ya que tienen identidad con la naturaleza, busca por el canto transparente sombras y luces, o recuerda que toda ciudad latina grande o pequeña tiene alamedas. La aventura de su voz, el eco en sus versos, es algo que ella se apropia. Permite dejar puesta la vista en un árbol, por ejemplo; es posible oír, ver, decir ese pequeño tramo del lenguaje, el eco de paisajes lejanos que no está ausente, ni un aniversario, ni el diálogo con autores como Quevedo. Sus poemas los construye con todo esto pero deja testimonio de la novedad del lenguaje que exploran o renueva por su propia dimensión poética.

Resulta interesante oír parte de su biografía: pertenece a la llamada generación del 45 de su país y, hasta 1981, tenía publicados: La luz de esta memoria, Palabra dada, Cada uno en su noche, Oidor andante, Fieles –antología, Jardín de sílice, y destaca de su actividad crítica el libro Los poetas del veinte. Hoy día es importante aclarar que sus poemas ya han reunido en un volumen y su prosa, al menos una selección muy interesante, en Resurrecciones y rescates.

Por uno de los poemas incluido en la antología del festival se puede recrear en parte la lectura y emociones de aquellos días del mes de agosto de 1981, al conjuntaron voces diversas de poetas latinos y europeos, y recordando que los autores participantes escribe en lengua castellana, inglesa, francesa, etc., en uno de esos poemas puede percibirse la seducción plena de la voz de Ida Vitale:

 

Una lluvia de un día no puede acabar nunca,
puede en gotas,
en hojas de amarilla tristeza
irnos cambiando el cielo todo, el aire,
en torva inundación de luz,
triste, en silencio y negra,
como un mirlo mojado.
Deshecha piel, deshecho cuerpo de agua
destrozándose en torre y pararrayos,
me sobreviene, se me viene sobre
mi altura en varias veces, mojándome, mugiendo,
compartiendo mi ropa y mis zapatos,
también mi sola lágrima tan salida de madre.
Miro la tarde de hora en hora,
miro de buscarle la cara
con tierna proposición de acento,
miro de perderle pavor,
pero me da la espalda puesta ya a anochecer.
Miro todo tan malo, tan acérrimo y hosco.
¡Qué fácil desalmarse,
ser con muy buenos modos de piedra,
quedar sola, gritando como un árbol,
muriéndome de agosto!

 

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