La arista que no se toca: Zel Cabrera

La arista que no se toca: Zel Cabrera
Zel Cabrera. Foto de Joel Ossorio.

La Gualdra 377 / Entrevistas / Poesía

 

 

Zel Cabrera (Iguala, Guerrero, 1988). Egresada de la Maestría en Periodismo Político de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Becaria del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA (2017- 2018) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2014-2015). Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, y el Estatal de Poesía Joven en el 2013, convocado por la Secretaría de Cultura del Estado de Guerrero. Zel Cabrera reúne las distintas tradiciones poéticas y las confronta con la realidad que nos curte para decirnos que nadie nunca se librará de la fragilidad. Mujer de recordatorios necesarios en un medio hostil, su poesía nutre la oralidad y escarba en las fisuras que nos exponen como lectores de cristal, para recordarnos las posibilidades del error y su envés amoroso que nos constituye. Su apuesta revela lo obvio, la poesía guerrerense es una flama que no se interrumpe.

 

Armando Salgado: ¿Cuáles son los bordes en tu poesía, querida Zel?, ¿qué límites has superado como creadora para lograr dos libros publicados recientemente?

Zel Cabrera: Mi poesía bordea la narrativa y la honestidad, ambas confluyen en lo que escribo. La poesía ha sido un espejo en el que las cosas dejan de ser lo que fueron y toman la forma de lo que soy. A lo largo de mi trabajo como escritora, he intentado que lo que nombre también me nombre.

Estos dos bordes han sido un reto a la hora de escribir, balancearlos para que en mis poemas se logre una honetidad sin caer en la simple anécdota; dar el salto como una ardilla, de rama en rama sin caer.

 

AS: Una jacaranda en el patio (Instituto Sinaloense de Cultura, 2018), refleja las costumbres redimidas y extrapola el sentido femenino de los hechos, de tus hechos: ¿qué tipo de estambre usaste para tejerlo?, ¿qué hallazgos tuviste al concluirlo, en su edición, al verlo en manos de otros?

ZC: En este libro utilizo un tono confesional, descarnado y directo; es quizá esa la madeja que usé para tejer las historias de mi familia y sus mujeres; reales, vivas o muertas, pisando la tierra que les fue dada. Mujeres viudas, solteras, casadas, sin heroicas hazañas de vida más que la osadía misma de pisarla y confirmarse todos los días con un dolor en silencio. Todos los poemas se pertenecen entre sí como las raíces de un mismo árbol, de una jacaranda, pero también son estampas sueltas, capaces de leerse como un ente aparte. Una jacaranda en medio del patio se conforma de estampas, de fotografías a las que el tiempo no ha podido borrar.

Uno de los principales hallazgos fue darme cuenta que no se necesita ser astronauta o ser fotógrafa de la Segunda Guerra Mundial para ser una mujer cuya historia sea digna de ser contada o escrita. Afortunadamente puedo decir, que sus lectores han encontrado en sus páginas la premisa de la femineidad como otra manera de nombrarse en este mundo; una manera discreta pero no por eso menos contundente y certera, y al mismo tiempo, la empatía. Este libro abrió en más de uno, heridas viejas que se palpan lo mismo que una costura.

 

AS: La arista que no se toca (Instituto Municipal de Arte y Cultura de Tijuana, 2018), obtuvo el Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018. En él nombras ese otro ritmo personal, se difunde un retrato revuelto que ordenas en cada poema. En cada una de sus costuras el amor está presente. ¿Qué representó para ti su escritura?, ¿cómo equilibraste el tono personal con el lenguaje poético?

ZC: Desde siempre el interés de nombrar la parálisis cerebral –que como condición de vida me fue asignada– ha sido uno de mis principales intereses en la escritura, en la poesía. Por ello, me propuse llevar a cabo este libro, en el que enuncié las formas propias de alguien que lo enfrenta como una consigna, que todos los días se viste enfrentándose a los botones, a las agujetas. El reto, fue el dolor de recordar y de no caer en el patetismo propio de la anécdota.

La parálisis cerebral no es un tema muy recurrente en las letras mexicanas, aunque la encontramos en algunos poemas de Antonio Deltoro (“Cuídate de mí”). Extranjeramente, en Oliver Sacks, podemos encontrar un poco de los ecos de los daños en pacientes con problemas neurológicos y sus maneras de vivir, ambas lecturas estuvieron muy presentes en la escritura de este libro, sin embargo, su fuente principal fue la experiencia personal.

 

AS: Como creadora y ante los escenarios culturales del país, y sus posibles ajustes, ¿qué consideras primordial para suscitar una política cultural más equitativa?

ZC: Creo que una de las cosas que ayudarían a favorecer una política cultural más justa sería incluir en los programas de apoyo un criterio estético más abierto y diverso, en el que diferentes propuestas artísticas converjan y no sólo la legitimación de artistas con trayectoria.

 

AS: ¿Cuál ha sido el camino de la literatura guerrerense en los últimos años?, ¿qué autoras de tu entidad sugieres leer?

ZC: A decir verdad, en los últimos años me he mantenido un poco lejos de la poesía escrita en mi estado. Vivo desde hace más de una década en la Ciudad de México y a veces, la distancia me dificulta leer lo que se escribe en Guerrero, no obstante, he tenido la oportunidad de seguirle la pista a paisanas como Brenda Ríos, Argentina Linares, Adriana Ventura, Iris García Cuevas y Zoe Castell, cuyas propuestas literarias intuyo a lo lejos y me resultan interesantes.

 

AS: Cuéntanos más de ti, ¿qué sitios sueles frecuentar?, ¿qué cosas sueles emprender, entre el ir y venir de la Ciudad de México?

ZC: Me considero hogareña, por no decir, un poco hermitaña. Salgo poco de mi casa pero cuando lo hago, visito algunas cafeterías y librerías. En realidad, mi día a día transcurre entre mis perros y la oficina. Asisto en pocas dosis a presentaciones editoriales y a lecturas literarias. Creo que visito con más regularidad a mi terapeuta que a mis amigos, debo confesar (risas grabadas).

REGLAS DEL JUEGO
El dolor acecha lo que toco y lo que miro.
La impotencia de trabajar el doble
por la misma paga.

No voy a pedirles que pronuncien
este dolor que me corresponde.
No me conocen,
estas palabras no son las suyas.
¿Van a pedirme que haga de esto,
un poema?
No, esta historia no.

Diría “no se me dio la gana”,
o empezaría afirmando “yo nací un día que Dios
estuvo enfermo”,
Disculpándome por llegar tarde
a las palabras.
Pero estoy cansada de disculpas,
de complacencias.

Sé que no será suficiente.

II
Soy ese punto
de la arista que no se toca.
Esto no es un poema.

DOBLE ERRE
Pronuncio mal las palabras,
no todas, no siempre,
sólo las que llevan erre,
como aferrarse a que la lengua
no toque bien el paladar.

Errar diciendo error,
autorretrato revuelto,
aterrizaje forzoso,
barrer con mi derrota
este derrumbe.

II
Tengo un perro que me escucha
llamarlo desde mi acento terroso
y sabe que mi timbre de voz
se enreda cada vez que digo: perro,
ven y cómete esta sílaba que arremete
contra el amor que te tengo.

Esta sílaba no te pronuncia
pero te llama
a mi regazo.
Te sabes mío
desde este enredado fonema
que no acaba.

No nos queda de otra:
tú orinas mis paredes,
y yo pronuncio mal tu nombre.

ZAPATOS
Aprendí de ti a mirar los zapatos
de las personas cuando caminan,
a encontrar huellas en el pavimento,
a seguir el rastro de los otros.

Me hiciste mirar talones que se deforman,
maltrechas botas, suelas gastadas.
“Todos caminamos mal,
ve cómo aquella muchacha tuerce el pie,
cómo aquel niño aprieta los dedos”.
Era cierto: no era la única
que desgastaba sus zapatos de forma irregular
(en las puntas siempre;
nunca del lado derecho).

Había otros con los tenis machacados
del talón o de la punta. No importaba:
los pies encuentran su manera de habitar la superficie.

Todos los caminos que creí perfectos,
dejan ver un desvío, un rasgo peculiar, otro ritmo;
una inclinación que nos distingue
como otra huella digital.

Desde entonces, escucho el tic tac
de los tacones de aguja de las secretarias,
el ruido seco de los mocasines recién boleados,
la parsimonia de los zapatos de piso,
confiando en que los míos también
se suman al mapa que se graba
en la memoria de las baldosas.

PUNTUALIDAD
Llorar a tiempo es importante,
llegar a tiempo es importante,
no hay bonos por impuntualidad,
el retraso no es una virtud.
La tardanza es una forma de vida
y siempre llego tarde.

Recojo un mes después los abrigos
de la tintorería;
pago el gas a última hora.
Todas las cosas
me son extemporáneas.

Aprender a caminar
mientras todos aprendían a andar en bicicleta,
aprender a atarme la cinta del zapato,
mientras otros aprendían a saltar la cuerda.

II
Esto que escribo
lo escribo tarde:
llego a estas conclusiones
tarde, como el aire a mis pulmones a la hora de nacer,
llego tarde a las palabras correctas,
al nombre exacto,
a estas palabras que trazo en el papel
con deplorable caligrafía.

III
Escribo un nombre que no es el mío,
describo el cuerpo que no me pertenece para nombrarme
en este poema que habla de mí
y aún así no dice nada.

No habla de la noche en mi cuerpo
de todas las veces
que una cámara no me devuelve la que soy
y en cambio dice: eres ésa,
la del miedo, la nerviosa.

La verdad trastoca lo que escribo, no soy,
no tengo.

IV
Nunca tuve buena letra,
nadie dijo: “Qué bonito escribes”,
pero repetí el trazo muchas veces,
las necesarias.

 

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