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La Educación (tercera parte)

La Educación (tercera parte)

…Entonces, la educación es el instrumento, la herramienta para acceder a mejores planos de vida, de manera individual, pero sin olvidar que su función es de carácter inminentemente social; de ahí la necesidad de que los planes y programas del currículum educativo tengan que ser reforzados en su conceptualización ética y moral, en el entendido de generar la capacidad de discernir entre lo correcto e incorrecto de la aplicación de un conocimiento aprendido, con un carácter humanístico, que permita el desarrollo del educando en el ámbito técnico, pero a la vez impregnado de los condimentos necesarios para producir mejores ciudadanos. Esto conlleva a la pregunta obligada sobre cuál es el tipo de ciudadano que el Estado desea: ¿un ente generador de mejores relaciones sociales, fundamentado en sus conocimientos adquiridos?, o ¿una simple máquina que se adapte a los requerimientos del patrón en turno, olvidando el carácter crítico en su quehacer y privilegiando el troquelado de la persona de acuerdo a intereses que se oponen al progreso social, entendido como el desarrollo pleno de las relaciones interpersonales?, o ¿un simple actor acrítico que se adapte a los caprichos de los promotores de la “modernidad”?

El fracaso educativo se percibe en la actuación de los individuos dentro de la sociedad. El retroceso de la tarea educativa se pone de manifiesto en “pruebas” que no consideran el avance en los procesos intelectuales de los alumnos y de los profesores, derivados del trayecto educativo que se les brinda a los primeros y que se confunde con la idoneidad de los segundos. En el caso de los alumnos, se refleja en cuestionarios tipo SisAT, en los que el estudiante debe resolver mentalmente ciertas operaciones matemáticas, sin considerar sus aptitudes emocionales, en poco tiempo; mientras que en el caso de los docentes, una evaluación fundamentada en conocimientos que no siempre son propuestos por el interesado, los cataloga como “aptos para la función”, o “destacados” para un instituto, el INEE, que difícilmente comprende lo que significa el proceso educativo. En la práctica, lo que se propone como desarrollo del alumnado es el llenado de resúmenes de libros de texto en su totalidad, olvidando las sugerencias de trabajo acordes con el desarrollo evolutivo del niño y del adolescente, expuestas en los trabajos de pensadores del talante de Jean Piaget y Lev Vygotsky, principalmente.

Más acorde con una puntada del “campeón del humorismo blanco”, no se permitió la aplicación de la prueba SisAT, en su aspecto de cálculo mental, por los profesionales encargados de atender alumnos en algunas de las escuelas secundarias aledañas a la capital del estado, en el entendido que de alguna forma ellos están más familiarizados con las estrategias de aprendizaje en cada caso y conocen las necesidades de los tiempos de reacción ante la prueba; al contrario, se formó un “equipo interdisciplinario” que se encargaría de aplicar el instrumento. Fue agradable saludar una vez más a los conocidos que llevarían a cabo la tarea de auscultar las habilidades de los alumnos, pero entendiendo que difícilmente le darían sentido al momento de plantear operaciones confusas, en las que el uso de los paréntesis, conocimiento primordial de quien se sumerge en el estudio de las matemáticas, no permitía la comprensión de la operación por un alumno promedio; se respetan o no las cadenas sintácticas de una expresión matemática, eso no importa para las exigencias del patrón educativo. El fracaso de la prueba, más allá de la nulidad del proceso formativo, se presenta bajo “fallas de origen”; una prueba inútil con resultados inservibles, de los que no se puede sacar una conclusión efectiva sobre las habilidades mentales de alumnos que se han acostumbrado a trabajar con lápiz y papel la resolución de problemas. Sólo faltó, como última cuestión, observar si el alumno recitaba adecuadamente la sentencia: “¿encontró todo lo que buscaba?, ¿algo más en lo que le pueda ayudar?”

En fin; así funcionan las instituciones, para luego alardear de resultados sobresalientes, más pendientes de la sumisión del personal a su cargo que de avances significativos en el desarrollo del pensamiento de los destinatarios de la labor magisterial. En el caso de los propósitos del estudio de las matemáticas, del Plan 2011, para la educación básica, se establecía que los alumnos “deben desarrollar formas de pensar que les permitan formular conjeturas y procedimientos para resolver problemas y elaborar explicaciones para ciertos hechos numéricos y geométricos; utilizar diferentes técnicas o recursos para hacer más eficientes los procedimientos de resolución y mostrar disposición para el estudio de las matemáticas, en el trabajo autónomo y colaborativo”. A cualquier persona, medianamente sensata, lo anteriormente expuesto le conlleva a concebir el establecimiento de un proceso, que en el trasfondo utilizaría el aprendizaje de las operaciones matemáticas fundamentales, pero el desarrollo de estas disposiciones en sí, es el motivo de evaluación, mientras que los fieles seguidores de la institución, desde sus posiciones de dirección exigen intransigentemente lo contrario.
El desarrollo pleno de las encomiendas del artículo tercero constitucional, en lo tocante a la generación de ciudadanos aptos para la vida democrática, se ha visto mancillado por todo tipo de intereses ajenos al desarrollo armónico de las facultades del ser humano, y por ende, de la posibilidad de producir una forma de vida armónica en sociedad. Las leyes impuestas son contraproducentes, pero el mayor atentado lo perpetran los actores que manifiestan la “suficiente inteligencia” para no contravenir las imposiciones de orden vertical, porque son “sindicalistas”…

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