La esperanza de la educación (segunda parte)

La esperanza de la educación (segunda parte)

En las entregas anteriores se habló en esta columna sobre el apuntalamiento de una mejoría en la calidad de vida en nuestro país, partiendo del cuidado del ambiente, sobre la mejora en la educación de toda la ciudadanía y el establecimiento de mecanismos que incidan en el fortalecimiento del aparato jurídico y lo que se ha dado en llamar el estado de derecho, es decir, la justicia social. En lo particular, desde aquí se apoya a este fundamento como la base de las aspiraciones de cualquier sociedad que se proyecte como una forma de manifestación cultural y trascender como civilización.
Desde la irrupción de lo que se ha autodenominado neoliberalismo, este ha sido el rubro más descuidado en la aplicación de este modelo de desarrollo. Lo primero que se fue haciendo costumbre fue debilitar los derechos de los trabajadores de la educación tanto académicos como administrativos y la cooptación de sus sindicatos. Así se apuntaló el procedimiento para mantener a los gremios académicos en un descontento permanente y con el apoyo del liderazgo sindical toda acción tendiente a la reivindicación social de los trabajadores se vio afectada en sus logros, y cuando esta se pudo mantener fue a costa del sacrificio de las acciones de enseñanza y su administración, en otras palabras, para defender los derechos de los trabajadores, hubo de sacrificar el trabajo, dejándolos así en la indefensión legal. El mejor ejemplo de esto es la lucha sostenida de la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación (CNTE).
Otro de los puntos que fueron afectados fue el de la calidad de la enseñanza. No existen evidencias que los planes y programas de enseñanza y aprendizaje se hayan venido fortaleciendo, antes bien, si lo vemos en los conocimientos que expresan los niños y jóvenes en edad escolar, la verdad es que los resultados son desalentadores. El comportamiento en las aulas y las áreas escolares se ha relajado en demasía y ni que decir de lo mismo cuando están en sus casas y en las calles. Aunado esto a la inseguridad y a las facilidades que ofrecen los centros de “diversión” o antros para que los menores se expongan a bebidas y sustancias prohibidas; las expectativas de un futuro promisorio se diluyen.
Cuando analizamos a la población estudiantil en el terreno de la capacitación universitaria, no hay mucho hacia donde voltear, igual que hace cuarenta años o más, las expectativas se reducen a los garbanzos de a libra que se generan y se fortalecen no gracias a la educación universitaria, sino a pesar de ella. Los jóvenes siguen confundiendo el campus universitario con una guardería para grandes y la mayoría de ellos se concentra en la diversión y la fiesta, y ante el poco comedimiento de profesores y administrativos los temas principales de la universidad se refieren al ligue, la fiesta, el conecte y el sexo atarantado, por darle un nombre jocoso. Pero esto es un fenómeno grave. La educación superior se ha vuelto de papel y a nadie parece importarle mientras las apariencias se cumplan. Y por desgracia este mismo fenómeno se da en los programas de post grado.
En los programas curriculares ocurre algo similar, estos parecen estar diseñados nada más para guardar las apariencias de que unos enseñan y otros aprenden dentro de los esquemas que otros administran. Pero a la luz de los hechos solo parecen la reproducción de listas de materias que las escuelas se prestan entre sí para que parezca que hay innovaciones. Los indicativos que antaño mostraban la dinámica interior de las escuelas de enseñanza media superior y superior son letra muerta. Ya casi no existen programas de difusión cultural, extensión universitaria e intercambio académico, para mencionar los más importantes. Los programas deportivos y culturales parece que viven pero las apariencias engañan.
Pero no todo está perdido. Se pueden retomar algunas prácticas que fueron exitosas en el pasado: sería bueno reencontrarse con infinidad de maestros que en el pasado tenían una visión diferente del fenómeno enseñanza aprendizaje y volver a investigar y experimentar nuevas formas de plantear los currículos de las carreras universitarias y confrontarlas con la realidad a partir de programas de estadías en campo, práctica profesional aplicada y un servicio social dinámico que implique interacciones institucionales y sociales.
Los maestros pueden reactivar su práctica docente a partir de programas que tengan que ver con la interacción dinámica con los estudiantes a través de los temas de estudio. Las academias pueden reactivarse a partir de la vocación docente y no de los grados académicos, muchos ellos, de simple papel, no en el papel. Esto, para marcar un punto de partida, nada más.
A los estudiantes hay que enseñarles que la materia principal en su formación es la de desarrollar hábitos de estudio efecientes. A partir de ahí, el aprendizaje de todas las materias se facilitará, por añadidura y el amor por la escuela y el aprendizaje cobrará vigencia y muchos valores se irán adquiriendo en el proceso.
Si todo lo anterior se puede recuperar, entonces probablemente la población estará lista para emprender cualquier intento de recuperar la independencia y autosuficiencia del país. ■

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