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El 68. La duda agita mis recuerdos

El 68. La duda agita mis recuerdos

La verdad, no tuve vela en el entierro cuando el movimiento estudiantil-popular del 68 puso en entredicho, en pocas semanas, los mitos de un Estado que se jactaba de aportar paz, seguridad, bienestar y un magnífico crecimiento económico a los mexicanos.
No tenía por qué. Todavía semanas antes del inicio de ese inquietante proceso social yo asistía tranquilamente a mis clases de Historia de México con el maestro Salvador Vidal, en la escuela preparatoria del Instituto de Ciencias Autónomo de Zacatecas, recién declarado Universidad Autónoma de Zacatecas. Pero algo me cimbró en el inicio de la agonía de ese movimiento, cuando el Ejército y la policía más ruin y violenta que ha existido en México (me refiero, obviamente, a la Policía Judicial del Distrito Federal) tomaron por asalto el Casco de Santo Tomás y concentraron la represión en su área más decidida y combativa, ocupada por los estudiantes de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional.
En la mañana del 24 de septiembre de 1968 (tres años después del fallido asalto al cuartel militar de Madera, Chih.) yo trepaba concentradamente por el camino de terracería del cerro de La Bufa, con la idea de conseguir una condición física satisfactoria, acompañado sólo de un minúsculo radio de transistores. Subí el volumen del aparato cuando Jacobo Zabludowsky, desde la W, comentaba más o menos así: “Hoy amaneció en calma el Casco de Santo Tomás, después de los enfrentamientos de ayer 23 por la noche, donde los cocteles Molotov de los estudiantes chocaron contra las granadas lacrimógenas lanzadas por la policía capitalina. Parecía que el resultado de este enfrentamiento se reduciría a varios detenidos, descalabrados, intoxicados y vidrios rotos. Pero no, hoy temprano, después de un recorrido por los pasillos, sótanos y edificios de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, se hallaron dos cuerpos, uno de un joven pecoso y pelirrojo y el otro medio calcinado de un adolescente, ambos presumiblemente estudiantes de la vocacional Wilfrido Massieu”. O sea, se iniciaba el embate sangriento contra el movimiento.
Zabludowsky, fiel a su estilo de aludir sólo a la parte ñoña de las noticias, prescindió decir que en el Casco de Santo Tomás se escenificó un combate callejero con todas las de la ley entre estudiantes y policías, que duró la noche del 23 y la madrugada del 24. No dijo que también llegaron granaderos y el Ejército, y que el asunto no se limitó sólo a un intercambio de bombas Molotov vs balas de verdad, también intervinieron vehículos blindados sólidamente artillados.
Tampoco dijo que los barrios tradicionales colindantes de Tlatilco, Nextitla, Popotla y La Xochimanca fueron refugio de muchos estudiantes, quienes subieron corriendo por los techos y patios de las vecindades, perseguidos por la voz melosa y poco convincente de las macanas. Esto y muchas cosas más lo supe tres años después, porque muchos vecinos jóvenes de la Unidad Habitacional Nonoalco, donde llegué a vivir en el año 70, fueron aguerridos activistas del Movimiento Estudiantil-Popular del 68.
Desde entonces, mi duda esencial se arrastra penosamente, víctima de las tergiversaciones y la revisión de la historia: ¿cuál es el significado del 68? Dejar arrastrar esta pregunta durante cincuenta años es asunto que se nos revierte, porque hoy está en disputa un cambio de porvenir favorable a los que más trabajan, y en riesgo de truncarse gracias a la intervención paulatina de quienes dominan al país por medio de sus inversiones, respaldados por una purulenta promoción de políticos, oficiales y de “izquierda”, que ensayan nuevos elencos y configuraciones para engañar al pueblo de México.
Y es que los mexicanos carecemos de una dirección política que represente a los trabajadores y que nos ofrezca una visión alternativa. No tuvimos históricamente, no hubo en el post68, ni habrá a mediano plazo, una conducción y un programa redondeado que provenga de su ideología, sus consejos y asambleas.
Si los dirigentes de un movimiento intenso y profundo o una huelga general no son trabajadores, sus avances serán expropiados por los representantes políticos de la clase media y éstos, pian pianito, entregarán nuevamente el negocio a los oligarcas de siempre. Así, parece natural la actividad de Alfonso Romo, abanderado insustituible de la oligarquía regiomontana conservadora y representante de la visión e ideología política de Carlos Salinas de Gortari, a quien toca la tarea de “sentarse” con los inversionistas de todos los grupos para redactar y pulir el Plan de Gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Romo ya tiene tiempo que se metió hasta la cocina. Ver: “Soy de la mafia del poder converso”, en: www.youtube.com/watch?v=Y5HYBfW8QjY.
El comentario anterior se inspira en la experiencia histórica de los movimientos revolucionarios de Europa de postguerra, de Grecia y la Resistencia, de Bolivia, y de la destrucción represiva de las organizaciones de los trabajadores chilenos en 1973.
Pienso con toda responsabilidad que todavía no ocupamos espacios básicos en el pensamiento, las teorizaciones y la organización que son eje de los movimientos que desean ir a profundidad. Carecemos del necesario foco clasista: sin programa, voz ni prensa propia, ni organizaciones vigorosas; nos nutrimos estoicamente con las anécdotas descafeinadas de Andrés Manuel, acerca de la ideología liberal de Benito Juárez.
Creo que la celebración de los primeros cincuenta años del evento sangriento de Tlatelolco será un cumple como el de los años pasados. Los símbolos persistirán con mucha nostalgia, lágrimas y mágicos augurios, en espera de un nuevo ciclo.
Me da pena constatar que a 50 años del 68 todavía dominan las organizaciones “porriles” los espacios políticos del estudiantado, auspiciados por las autoridades educativas y la inteligencia oficial, y que los pumitas y los burritos sufran con docilidad su violencia mercenaria, sin tener una organización nacional de sindicatos estudiantiles, con un programa que los agrupe con los trabajadores y sus aliados. ■

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