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Lo importante pasa volando

Lo importante pasa volando

Después de muchas semanas de estar bajo tierra me acuerdo bien de él y de lo que motivó.
Tres preguntas vuelan, literalmente, dentro de mi cabeza. Escribir sobre ellas en tiempos de flagrante violencia, de obligados cambios de visión en el quehacer público, del reinado de lo material y de mil factores más que perseveran para borrar el valor de lo sencillo, ¿le interesará a alguien esta historia?
Pues a mí, sí. Entonces procedo para compartir, con la esperanza de encontrar algún lector, la narración de un asunto real, simple y parte de lo cotidiano, relacionado con unos seresde extraordinaria utilidad en todo tiempo, que viven para nosotros, merecen respeto y noesperanretribución.

No, por supuesto, esto no trata sobre la “clase política”.
Pero, ¿qué piensas, conciencia? Responde, sé que debes de andar por ahí. ¡Anda, Chumina, animal del demonio, manifiéstate!
Te empiezo a escuchar -¿en serio existes?-. Mis enemigos, si acaso los merezco, dicen que no existes en mí, mas sé que en algún lugar debes esconderte. Anda, comienza y evita cuestionarme por tratar de ordenar letras, que no escribir, acerca de un tema tan personal como tal vez poco común.

Conste:
¿Qué tan grande o bella tiene que ser una criatura para que el ser humano proteja la vida de esta?¿Los pequeños seres son capaces de convocar grandes amores?¿Sólo un ser racional puede enseñar a otro racional?
Tranquila, déjame relatarte el siguiente acontecimiento serio y verídico.
Fue un domingo cuando la central de emergencias comandada por papá respondió la llamada de su hija. Un pequeño paciente requería ser atendido de emergencia.
Unos cuantos minutos después llegó la unidad familiar de primera respuesta y a ella subieron mi corazón científico y quien más tarde nombraríamos “Draculín”.
De inmediato nos dirigimos hacia un centro veterinario que creíamos estaba abierto. En una caja de zapatos sobre las piernas de mi hija viajaba malherido un murciélago guanero o de cola libre (Tadarida brasilienfis), de no más de 10 centímetros de longitud. Algún otro ser le había causado una profunda herida que circundaba su cabeza.

Una vecina lo había encontrado en una casa abandonada y llevado al domicilio de quien hacía las veces de mi copiloto, sabedora de la cruzada de mi corazón científico a favor de los humanos, cuya ignorancia o irresponsabilidad está acabando con quienes contribuyen a darle alimento y protegerlo de plagas.

Primera parada: en la clínica veterinaria.
No nos sirvieron para nada, pero nos lo hicieron saber rápido: “es un animal silvestre y sólo puede ser atendido en el zoológico”. ¿Quién dijo que los mexicanos no respetan el Estado de derecho? Porque, seguramente, ni flojo ni inhumano fue quien no quiso atenderlo.

Segunda parada: en el zoológico cerrado.
¿La siguiente opción?: marcar a los teléfonos locales de amigos veterinarios. No hubo suerte y sí una nueva oportunidad de enseñanza: lo único imbatible es la muerte y la derrota no existe para quien no la admite.

Tercera parada: en la farmacia más cercana.
Sin reparar si vendía similares o no, había que intervenir a “Draculín”. Su vida y lecciones bien justificaban adquirir todo lo necesario para tratar de salvarle.

Cuarta parada: la sombra de un parque público para realizar la curación.
Mejor asistente no pudo haber, ni tampoco mejor paciente. La herida fue limpiada a conciencia, recibió la aplicación de crema especial para combatir infecciones y cubierta lo mejor posible.
“Draculín” mostró ganas de seguir viviendo y con ello, aunque sin querer, de continuar sirviendo al ser humano.Como en las películas, a pregunta expresa sobre la sobrevivencia del paciente, hubo respuesta ambigua, pero pronta: “la ‘operación’ fue un éxito, pero habrá que esperar las siguientes horas para conocer su evolución”.
Tras no haber logrado que “Draculín” comiera el suculento manjar de insectos que le ofreció mi hija, pasó a la sala de recuperación, la recámara de ella, donde le fue ofrecida una bebida con agua y miel de abeja que le preparamos con esmero, aunque tampoco pareció ser esta de su agrado.
“¿Crees que viva?”, me preguntó ella. “Estoy seguro que sí”, respondí, en serio, sin querer mentir.
Quinta y última parada: la ladera del cerro para dejar de sufrir.
“Papá”, escuché revestida de seriedad esa palabra en la bocina del teléfono a la mañana siguiente, “se murió”. Qué difícil es fingir la inexistencia de dolor por partida doble, tanto por entender lo que el fallecido había logrado sin poder pretenderlo siquiera, como por el efecto de su partida en uno de mis tres corazones.
“Hija, hiciste todo lo que pudiste y le diste amor, es decir, realizaste el acto de valor por excelencia del ser humano. Vamos a amar a más seres sin miedo a llorarles, desafiando con valentía el riesgo de darse”. “Sí, papá”.
Hoy el murciélago de este relato sigue sirviendo al mundo, ahora abonando la tierra, mientras que mi corazón no se acuerda de mí y mis tres preguntas iniciales tienen respuesta. ■

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