Trans (més enllà) el teatro de creación participativa del director Didier Ruiz

Trans (més enllà) el teatro de creación participativa del director Didier Ruiz
Llama a sus personajes, los “inocentes”; la creación participativa es un elemento característico de su obra foto: carlos belmonte grey

Puesto en escena, el testimonio de siete personas en transición de sexo

 

¿Dónde está la normalidad? ¿En la dignidad o en la curiosidad malsana?
¿Dónde está la monstruosidad? ¿En la diferencia o en la intolerancia?
¿No son ellos acaso el ejemplo absoluto de la libertad total?
Se pregunta el director de teatro Didier Ruiz en su pieza, que es más bien un documento, Trans (més enllà) presentada en el 72 Festival de Aviñón en el gimnasio del Liceo Mistral.
Didier Ruiz con su Compañía Des Hommes se fue a la generalidad de Cataluña para solicitar información de personas en transición de sexo. Vio y escuchó la historia de más de 30 y se quedó con siete: cuatro mujeres y tres hombres: Neus Asencio, Clara Palau, Danny Ranieri, Raúl Roca, Ian de la Rosa, Sandra Soro y Leyre Tarrason Corominas. Todas son personas normales con empleos comunes: diseñador, operario de almacén, chofer de autobús, peluquera, cineasta, estudiante y activista.
Seis han transitado y uno –Clara- están en proceso, algunos ya se han operado y realizado una vaginoplastia, otros han llegado a fundir su identidad con su historia personal:
“Mi nombre de niña era Rosa, cuando estaba en transición me llamé Ian, pero sentía que algo me faltaba, sentía que tenía envidia de los que habían conservado sus pechos. Ahora sé que puedo hacer con mi cuerpo lo que me hace feliz y libre. Y pude asumir que no tenía por qué borrar mi pasado como Rosa, por eso me llamo Ian de la Rosa” Nos cuenta Ian –cineasta- en uno de sus múltiples pases frente al escenario.
Didier Ruiz crea documentos en el teatro con la creación participativa como elemento característico de su obra. Los “inocentes” como él llama a sus personajes –todos de sus propias vidas- son puestos en escena por un director de escena en el sentido más puro del término: Ruiz acompaña en el plató las voces y los cuerpos de todos, ajustándoles sólo el marco de sus desplazamientos en la escenografía. Trabaja pues con un material bruto de respuestas dadas a una serie de preguntas en un procedimiento que él llama “palabra acompañada”.
Los participantes las responden de frente a él, y Ruiz les va proponer reformular sus testimonios primero en repeticiones y luego para el público, sin nunca pasar por un guion escrito, sólo pidiéndoles que hagan el esfuerzo de responder como lo hicieron la primera vez. “Algunas palabras cambian pero no la intención. La palabra se mantiene libre y vagabunda, renovada y espontánea como en la primera emisión”, declara en su acta de intención Didier Ruiz.
Los siete personajes se suceden al frente de la escena para contar fragmentos de su primera opresión, del crucial momento de su decisión de transitar, del proceso de transitar, de las dudas de cómo y qué partes hacer transitar, de la familia, del amor y del sexo, y finalmente, de su felicidad por haber transitado y tener el cuerpo que los libera.
El plató es simplemente dos pasillos de velo transparente a la manera de una antecámara o un salón en el Monte Olimpo. El todo ritmado por entreactos de imágenes digitales realizadas por la Escuela de Gobelins y la música electrónica compuesta por Adrien Cordier.
Este tipo de obras han sido el tambor de guerra de la Compañía de Ruiz desde el 2000. Su última obra Une longue peine (Una larga pena) de abril 2016 con los testimonios de expresidiarios son prueba del compromiso artístico y político que encuentra directamente a los actores de la sociedad. Por eso se mueven en los barrios problemáticos, en el medio rural y las zonas conurbadas.
El compromiso del medio artístico por destruir el mundo binario de masculino-femenino ha conseguido volverse una constante, baste con recordar dos películas del 2017 difundidas mundialmente, Coby (Christian Sonderegger) y Una mujer fantástica (Sebastián Lelio). El género ya no se limita a la visibilidad pública de la homosexualidad, ahora normaliza el derrumbe del esquema masculino-patriarcal y la libertad de accionar en tu cuerpo:
“Me tatué en mi brazo ‘Nací para ser verdad, no para ser perfecta’”, Leyre Tarrason Corominas en su confesión final.

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