El acoso: la importancia de romper el silencio

El acoso: la importancia de romper el silencio

La víctima es en privado. Y la victimización de la víctima se da en el silencio. Las mujeres sufren acosos sexuales de sus superiores o diversas figuras de autoridad. Lo cual significa que el acoso no es un asunto sólo de agresión, sino de poder. Desde formas toscas de poder que se dan por la diferencia de fuerza corporal, hasta sutiles formas dadas por las jerarquías sociales o laborales. Denunciar el tema es ponerlo en común y a la vista de todos. Este hecho es fundamental: los mecanismos del poder del acoso se diluyen si se ponen en común, cuando se les saca del formato del mutismo pierde su efecto. Así las cosas, una pregunta esencial es, ¿por qué gran parte del acoso no se denuncia y las víctimas se quedan en su victimidad? Nadie con dos dedos de frente puede pensar que las mujeres que no denuncian les gusta ser víctimas o por desinterés en el asunto. Eso debe descartarse de entrada. El silencio es efecto de la misma causa del acoso, una manera de enredarse en los entresijos del poder: el miedo a las consecuencias de la denuncia en un país donde lo que es efectivo es la impunidad, o al rechazo de una sociedad que señala a la victima como culpable de su agresión. La incomprensión social es una causa del silencio. Y curiosamente es mediante cuantiosas denuncias que mejora la sensibilidad social al tema.
Un fenómeno parecido ocurre con los niños abusados. Mucha gente lo sabía en privado, pero el que mucha gente lo sepa no hace público el asunto. La dimensión pública se consigue cuando se hace en los espacios comunes, es difundido por los medios y el Estado no puede hacer mutis. Así, para lograr que disminuya el acoso mismo, antes debe lograrse que puedan ser denunciados y hechos públicos los eventos que surjan. En otras palabras, se debe conseguir que se rompa el silencio. Esto último no es fácil. Lo más importante es la reacción de la sociedad ante las denuncias: si dicha reacción es de solidaridad y no de linchamiento a la víctima, todo cambiará. Al igual que con las mujeres, algunos grupos sociales casi lapidaron a los reporteros-investigadores de Boston cuando sacaron a la luz la enorme trama de abuso infantil por parte de clérigos, por considerar que se afectaba a la institución. La iglesia les parecía de mayor valor que la biografía destruida de los niños. En el caso de las mujeres, son señaladas como oportunistas o algo peor. Por el contrario, debemos conseguir que las mujeres tengan confianza de que no estarán amenazadas, que no habrá impunidad, que no serán señaladas socialmente. Si cumplimos estas condiciones, el problema será expuesto a la luz pública y, con ello, tenderá a disminuirse sensiblemente el acoso. El secreto es romper el silencio.

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