¿Y la Cultura, Mami?

¿Y la Cultura, Mami?

Antes que nada, una disculpa por escribir esta entrega en primera persona del singular, puesto que es en esta forma que quiero hacer valer una opinión personal y no la de otros que mal que bien han tenido a bien y a veces a mal, prejuiciar mis juicios y definir al final de las cuentas la clase de bicho existencial que hago pulular por estas veredas del Gran Caos. Parafraseando al Sabina, me jugaré la boca, aunque más correctamente en esta ocasión sea la pluma.
En los tiempos en que me tocó ser niño se nos orientaba de muchas maneras a, al menos, tratar de ser buenos ciudadanos. Detalles como anteponer el respeto a los demás como elemental recurso de convivencia y más que nada, de supervivencia, pues había una forma que parafraseaba a la frase adjudicada a Benito Juárez que decía que “el respeto al derecho ajeno es la conservación de los dientes”; y aunque recuerdo muchos dientes volando por ahí y unas cuantas sacadas de mole por algunas narices rotas y una innumerable cantidad de chipotes con sangre, al final de las cuentas, parece que el recuento de daños fue mínimo.
Se puede decir que la “violencia” a la que hago referencia no se daba tan sólo en las calles, sino que se originaba en la mismísima intimidad del hogar, con la sacrosanta chancla y el cinturón del “jefe” (entre otros instrumentos de corrección y terrorismo de urbanidad) que con autorización de los diferentes estados presidenciales de cada hogar se hacía extensivo hacia las escuelas donde los profes tenían permiso de aplicar cualquier recurso de autoridad por doloroso que fuera. Y cuidado con ir de chismosos con los padres, porque luego la papalina era repetida en el hogar y los castigos se volvían constantes durante períodos prolongados y se agarraba fama de “rajón”; y créalo usted o no, querido lector, esta disciplina aplicaba igual a hombres y mujeres. Y hasta la fecha, todos en paz.
Y así crecimos, acumulando experiencias positivas a base de evitar las negativas, formándonos como personas de bien aunque no faltaban las acres y salinas excepciones, pero, en términos generales, puedo afirmar que éramos gente de bien, al menos, en promedio, mejor que ahora. Respetábamos a nuestro prójimo fuera de la edad o género que se fuera. La violencia como hoy la vivimos era desconocida, la corrupción era moderada y muy localizada. Y no sólo eso, había más conexión e interacción entre los seres humanos y otras formas de vida; sobre todo, se observaba un gran respeto hacia los elementos de la naturaleza cuando todavía no era conocida chambonamente como “medio ambiente” (sigo sin entender lo que significa este terminajo). Y aunque no sabíamos exactamente lo que significaba la palabra cultura sabíamos que esta se derivaba de una buena educación, que siempre comenzaba en el hogar y los maestros se encargaban de enseñarnos asuntos, primero asuntos concretos que tenían que ver con conocimiento general y luego los súper abstractos como el Civismo y el Amor a la Patria. El primero se derivaba del amor y respeto al prójimo antes mencionado y el segundo lo aprendíamos a través del simbolismo que representaba una historia común en constante transformación, la identificación con un país mutilado por una injusticia internacional y el respeto a una serie de Símbolos como la Bandera, el Himno, el Escudo Nacional y la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Y sobre todo, se insistía en la conciencia nacional que insistía en que todos formábamos parte de un mismo proyecto de país que se iba amalgamando principalmente en los hogares y las escuelas.
Y era ahí donde mejor se demostraba que este principio iba viento en popa. Aunque la solvencia económica de algunas familias trataba de marcar diferencias, entre los niños y jóvenes no parecía surtir mucho efecto y todos parecíamos estar conscientes de de que independientemente de la capacidad económica y el origen étnico y cultural, todos formábamos parte de una aventura patriótica apuntalada por el conocimiento, la paz y la permanencia. En otras palabras, los esfuerzos de los recientes pensadores y educadores como Justo Sierra, Felipe Carrillo Puerto, José Vasconcelos, Natalio Vázquez Pallares y Jaime Torres Bodet, nos orientan hacia una visión con una visión unitaria multicultural y multiétnica; es decir, partir desde nuestro mestizaje hacia la conformación de ese ente abstracto que poco a poco se ha ido desvaneciendo por los ultrajes brutales de aquellos que sólo ven en su camino el color del dinero y los bienes materiales sin importarles la esencia humana y de la vida en su conjunto. Aquellos que detentan esa política de desarrollo voraz y codiciosa llamada neoliberalismo.
En fin, a partir de la adquisición de conocimientos y el respeto a la vida en su conjunto es cómo podemos rescatar nuestra identidad y esta se dará cuando aprendamos a aceptar nuestro mestizaje y entender que somos el resultado de la fusión de muchas razas originarias y aquellas mezcolanzas que se han venido incorporando a las autóctonas, la castellana, la celta, árabe, romance y lo que se ha colado de las orientales, africanas, nórdicas y la rubia Albión. Si logramos entender y resolver este rompecabezas multicultural, entonces, estaremos en el camino de la salvación.

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