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Traducción: toda reescritura es un original. La literatura no se crea ni se destruye, sólo se traduce

Traducción: toda reescritura es un original. La literatura no se crea ni se destruye, sólo se traduce

La Gualdra 307 / Literatura

Entre las muchas polémicas y discusiones que suscita la traducción, la que enfrenta al original a la copia es una de las más álgidas.

La traducción es una parte intrínseca del lenguaje, pues tiene los dos aspectos primordiales que Jakobson le atribuye: metáfora y metonimia (palabras o frases con alguna relación de semejanza o de contigüidad). Hablar, escribir, comunicarse supone elegir determinadas entidades lingüísticas que serán comprendidas por quien escucha o lee, el código puede ser limitado o extenso, pero es fundamental que exista un consenso entre el código del emisor y el del receptor. Así, la traducción es una forma especializada de literatura en la que el traductor elabora un texto con elementos dirigidos a un receptor que posee la clave para decodificarlos, tal como el autor lo hace en un principio.

Soy de la opinión de que, bien mirado, no existe tal oposición entre ambas (original y traducción) y prefiero, siguiendo la argumentación de varios filósofos y literatos, hablar de una equidad entre ejercicios recreativos del lenguaje.

Resulta absurdo pretender la originalidad absoluta de la obra literaria (como en cualquier disciplina de expresión, de hecho), cuando toda escritura se nutre de las muchas escrituras que la preceden, y de las muchas lecturas que la prolongan.

El propio Octavio Paz dice que aprender a hablar es aprender a traducir, y que ningún texto es original porque “el lenguaje mismo, en su esencia, es ya una traducción: primero, del mundo no verbal y, después, porque cada signo y cada frase es la traducción de otro signo y de otra frase”.

Lo que hoy se llama literatura popular es el registro de tradiciones orales que se enriquecieron, transformaron y adaptaron dejando tantas versiones como narradores. Tal es el caso de los “cuentos de hadas”, que tienen versiones en distintas lenguas de distintos países europeos. La Caperucita Roja, por citar apenas un ejemplo, se conserva a través los relatos de Charles Perrault en Francia, los hermanos Grimm en Alemania y la obra teatral de Ludwig Tieck, también en Alemania. Posteriormente se han hecho otras adaptaciones de esa historia dentro una misma “lengua original”; como novela ilustrada, como novela gráfica, para público de distintas edades, trasladada al contexto contemporáneo, para llevarla al cine, como serie televisiva, etc. Y, por supuesto, incontables traducciones.

Curiosamente, aunque el traductor no tiene el prestigio que el autor “original”, se encuentran en la literatura frecuentes ocasiones en las que las obras se han hecho pasar por traducciones.

Parece ser que en todas las épocas, desde que la escritura existe, la traducción ha jugado un papel crucial no sólo en la difusión tanto de la historia como de la ficción, sino que ha sido un recurso literario en sí mismo.

En francés roman -la palabra para novela- significa “a la manera de los romanos”, o también “en lengua romana vulgar”, que era el latín adaptado y deformada de los pueblos conquistados por el Imperio Romano. En la Edad Media, la profusión de relatos no distinguía entre un “original” y su “traducción”, pues todo escrito en lengua vulgar o toda traducción del latín era llamado roman.

En el Siglo de Oro español algunas novelas de caballería pretendían ser traducciones del latín, el griego y otras lenguas, pues así pretendían suscitar el interés de lectores en busca de exotismo.

La traducción, al acercarnos a poéticas y narrativas que vienen de otra parte, se vuelve un puente  entre culturas.

Ya en el siglo XX se pueden identificar varias obras que se presentan con un autor apócrifo y cuya traducción es autoría. Uno de estos autores disimulados tras la traducción fue Boris Vian, quien firmaba como Vernon Sullivan novelas policiacas que fueron desaprobadas por su contenido. La novela policiaca o novela negra no parecía convenir a la tradición literaria francesa, por lo que Vian presentaba sus obras como venidas de los Estados Unidos, donde el género estaba en boga. Incluso fue condenado y multado por “ofender las buenas costumbres”. Sin embargo, fue el propio medio literario el que más se mostró ofendido por la “impostura” de Vian, desdeñando incluso las obras que firmaba con su nombre, a pesar de que gozaban de gran popularidad y número de lectores.

Por otra parte, Jorge Luis Borges tradujo y se apropió de relatos que encontró en diversas tradiciones literarias. Su gran conocimiento de literaturas anglosajonas y su práctica cotidiana del idioma inglés se puede rastrear mediante el minucioso análisis de sus ficciones. Pero también en los cuentos que él señala como traducciones encontramos sustituciones, añadidos y enmiendas de su propia creatividad. En algunos cuentos se hace una específica reflexión al tema de la autoría, la copia o la traducción, como es el caso de Pierre Menard, autor del Quijote, lo que nos deja ver que esta polémica no le era ajena.

Para el escritor Ricardo Piglia no debería existir algo como propiedad privada en la literatura, puesto que la lengua no tiene dueño. Se puede decir que la lengua tiene usuarios, que la mantienen viva.

Según Juan Villoro una de las desgracias de la literatura es que ésta no pueda renovarse en su propia lengua, y que sólo se revivifique con el ajuste de los modismos y estructuras que aparecen en las diversas traducciones a los largo de las épocas. O sea que los cambios al “original” son los que la mantienen vigente.

¿Muchas versiones de un texto? ¿Muchas copias de un original? O simplemente mucha experimentación con el lenguaje.

Tanto los héroes ficticios y los lugares imaginarios, como los heterónimos, los traductores apócrifos, los relatos apropiados, las leyendas imitadas y las lenguas inventadas son parte de la literatura y evidencian las muchas formas y traslaciones con las que el pensamiento se divierte.

 

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