Zacatecas, ciudad creativa

Zacatecas, ciudad creativa

Alba de papel
El hombre ha imaginado una ciudad perdida en
la memoria y la ha repetido tal como la recuerda.
Lo real no es el objeto de la representación
sino el espacio donde un mundo fantástico tiene lugar.
Ricardo Piglia

Tener edificios bellos nomás para verlos es una desgracia. Este clamor corría como agua en los años 80 en la ciudad de Zacatecas, que de lejos veía venir un futuro distinto a la entumecida realidad que estaba viviendo. Un futuro prometedor que la población anhelaba y sigue esperando en nombre de la cultura y de la extensa riqueza que representa.

Fueron de algún modo, los años del despertar: José Guadalupe Cervantes Corona era gobernador del Estado y había dado un giro trascendental a la política pública para el desarrollo urbano, económico y social, no sólo de la Capital sino de muchos puntos estratégicos del Estado, su tesón dejaría huella hasta la actualidad porque su trabajo removió también el entramado de la identidad y el orgullo de lo zacatecano en la sociedad.

Una amplia posibilidad se abrió para repensar la cultura en Zacatecas y sus municipios, para reflexionar sobre la múltiple interpretación de una palabra distante que habitaba en la intimidad del espíritu del pueblo. Había renacido la esperanza para fortalecer el “nosotros” y ganar la tierra prometida.

En 1986 recibió la estafeta como gobernador del Estado, Genaro Borrego Estrada, quien en forma inmediata promulgó el decreto de creación del Instituto Zacatecano de Cultura y un año más tarde, promovió la creación de la semana cultural, inicialmente pensada casi en exclusividad para el asueto y disfrute de las familias durante la semana santa. Nadie imaginó lo que vendría,  al superarse todos los parámetros de lo que se esperaba.

Esa posibilidad prometedora que moraba en los entresijos de la ciudad, comenzaba a tomar forma y fuerza para seguir e inspirar muchas otras miradas sobre su patrimonio cultural que con el paso del tiempo ha dado vida a  museos,  zonas arqueológicas, iglesias, monumentos, museos, centros culturales, artesanías, pueblos mágicos, artistas, grupos artísticos, cronistas, historiadores, intelectuales, periódicos y promotores culturales que han tramado su acontecer.

Lo forjado hasta hoy, ha discurrido entre asegunes y requiebros, casi siempre para satisfacer la inmediatez, sin un plan a largo plazo, marcado lamentablemente por el partido en el poder y quienes ostentan ese poder, por sus gustos y preferencias, obligados que no convencidos con sensibilidad, a dar continuidad a festivales, ferias, muestras, encuentros y premios que la sociedad zacatecana ha encumbrado y por lo tanto, ha legitimado porque forman parte de su propia vitalidad.

Una vitalidad ganada a pulso por la gente y sus artistas, y no gracias a las instituciones que se han limitado a cubrir los planes que se fijan y las metas numéricas de los programas de desarrollo, dejando de lado, la iniciativa por apostarle a la creatividad sobre una ciudad, que es ejemplo de ella y que demanda cubrir el cuadrante de todas sus dimensiones.

La visión presente de la cultura en Zacatecas y posiblemente de todo el país, sigue basada en un modelo de desarrollo económico mundial que no favorece la educación, ni el apropiamiento y la información sobre la importancia de la memoria histórica, identidad, investigación, rescate, promoción y conservación de su patrimonio y de los valores axiológicos que le son inherentes.

Es una cuestión grave que se agudiza, si se considera la binacionalidad del Estado, su incapacidad para generar empleo y oportunidades de progreso para sus habitantes, en específico para los jóvenes, amancillados por la amenaza latente de la inseguridad que hoy los vulnera, y en el caso particular de Zacatecas capital, por los ríos de alcohol que corren por sus emblemáticas calles, hoy contaminadas por  ruidos groseros.

El tema del Centro Histórico va más allá de que sólo oferte comercios, antros, restaurantes, hoteles y museos que lo han convertido en un monopolio, sino en luchar porque realmente tenga vida cotidiana y familia, significa luchar por des-uniformizar el patrimonio tangible e intangible con creatividad, hasta transformarlo en una policromía de lo local a lo global, con clase mundial.

Una dimensión creativa que  fortalezca los espacios culturales, que anime la convivencia y la relación de quienes lo habitan, que permita clarificar el esfuerzo de interpretación de los que lo visitan y que se les provea a ambos de educación ambiental, de orientación adecuada acerca del valor de los espacios y monumentos, asimismo que se haga una labor común para reducir los impactos negativos en el tema de los servicios y la calidad total.

Zacatecas es una ciudad esculpida con los afanes, los trabajos y las luchas, las promesas y los logros de hombres y mujeres de ayer y hoy; en mayor o menor medida, las instancias de gobierno desde el servilismo burocrático han operado con presupuestos indignos para la cultura, no obstante, han realizado una labor importante que si bien se limita e interrumpe cada seis o tres años – a veces en forma dramática -, se mantiene porque sólo la cultura le da sentido y razón de ser a cualquier plan político de desarrollo.

Hace más de 30 años, la ciudad callaba y se sonrojaba al repique de sus campanas, sólo eran testigos las farolas que la iluminaban, y los pocos transeúntes que recorrían sus calles, presurosos por llegar a sus casas.

La imponente belleza de sus construcciones, ha rivalizado siempre con el cielo que las cobija, ese podría ser el primer signo de asombro para el que la camina y la vive, como una extensión de su propio cuerpo, de su propio pulso y de su vida misma. Zacatecas, ciudad masculina y enérgica, es por todo lo expuesto, una ciudad creativa, profundamente inspiradora para vivir.

Esta inspiración debe replicarse y dar luz a los espacios muertos de su Centro Histórico: trabajar en la sensibilización, concientización y gestión para que teatreros, músicos, bailadores, bailarines, pintores, escultores, grabadores y artesanos los habiten y que su modo de expresión sea el que confirme que el arte es sentido y vínculo, espíritu y fortaleza para fomentar la cultura.

Quienes han fatigado y lo siguen haciendo en las áreas de cultura y turismo, debieran trabajar los días y fechas en que los demás descansan, es una regla invariable que conviniera ser remunerada con generosidad, porque con seguridad, hay casos excepcionales de trabajadores que son omitidos y desplazados, sin posibilidad de crecimiento.

En una visión de futuro, es muy ardua la tarea en aquellos interesados en temas de patrimonio, debido a que exige formación y conocimiento para entender la relación del tiempo con los espacios culturales, para entender que la política de protección y conservación, así como la habilitación de los espacios requiere de una gestión compartida, alejada de los problemas que provocan los egos y los celos profesionales de los funcionarios en turno.

Muchas denominaciones para la Ciudad, vienen y se van, por lo que centralmente cabría preguntarse a cabalidad ¿Qué Zacatecas se quiere?… ¿Cómo se vislumbran sociedad y cultura en el tiempo mediato?… ¿Cómo habrán de integrarse tradición y modernidad, así como naturaleza y cultura?…Como escribiera Ortega y Gasset, resolver el problema de la cultura es como intentar remediar el problema de la vida, pero en todo caso, y en este más, vale la pena luchar. Una invitación a su apropiamiento y a no perder la esperanza. ■

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