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El Imperio Gay y “sus víctimas”

El Imperio Gay y “sus víctimas”

Con el torso desnudo mostrando los senos artificiales sobre unicornios y al ritmo de Gloria Gaynor, cabalgarán los cuatros jinetes del Apocalipsis que instaurará el imperio gay para convertirlo todo no en ceniza, sino en diamantina de colores.1

Así imaginan algunos el mundo cuando se les habla de dejar vivir en libertad a quien tiene una orientación distinta a la heterosexual.

Esos mismos, en una de esas cosas que sólo se le pudieron haber ocurrido a Galeano en El mundo patas arriba; la escuela del mundo al revés, salen a las calles e inundan las redes con un discurso de odio que reclama a gritos que la ley los proteja de violar la ley; que no se les odie por odiar, que se tolere su intolerancia, que se irrespete su irrespeto y no se les juzgue por juzgar.

Éstos confunden la libertad de expresión con la libertad de discriminar. Asumen que refugiándose en la primera, pueden hacer impunemente la segunda. Ignoran, o deciden ignorar, que la libertad de expresión tiene como límite el denuesto al otro, la calumnia, la difamación, los llamados a acciones violentas, bien sea física, verbal o de cualquier otro tipo.

Llamar a alguien “desviado”, “depravado”, “anormal”,  “enfermo mental” “abominación de la naturaleza” es discriminar. Asumir que la preferencia sexual hace a alguien mejor o peor persona, más proclives a cometer un delito o ineptos para hacer algo, es discriminar, distinguir, diferenciar.

La ola ultra derechista que desde hace unos meses sale a marchar a la calle, ha tenido una estrategia comunicativa muy acertada. La de afirmar que sus manifestaciones son en pro de algo de lo que todos estamos de acuerdo.

Como en la neolengua orweliana, donde el Ministerio de Paz era el de Guerra, estos grupos hablan de amor y familia, para manifestar el odio a lo que les es distinto.

Sin embargo, en este mundo en el que poco a poco se toma conciencia de que la homosexualidad no es una enfermedad, pero la homofobia sí, el discurso se ha agudizado para asumirse como víctimas de lo que han llamado el lobby gay, la imposición de la ideología de género, o el resultado de esa fantasía paranoide que asegura que hay una conspiración mundial que pretende extinguir a la especie humana con la promoción de conductas sexuales no procreativas. Y de paso hacer millonarios a una industria que vive del dinero rosa.

Su argumento no se sostiene por ningún lado. Nadie, en este país al menos, organiza cursos para curar la heterosexualidad, no viven bombardeados de gente que les asegura que Dios los aborrece y nadie marcha para que ellos no puedan heredar bienes, recibir pensiones, o vivir de la manera que les plazca.

¿Dónde está la famosa “ideología de género” que aseguran se intenta imponer? ¿A qué hombre se le ha violado tumultuariamente por decidir vestirse y actuar como hombre?, ¿De qué escuela se ha expulsado a un niño por qué le gusten las niñas?, ¿Quién se ha negado a qué sus hijos jueguen con un amigo que parece “rarito” y se sospeche sea heterosexual?, ¿A quién insultan en la calle por su manera de caminar?, ¿A quién le han negado un trabajo por ser heterosexual?, ¿Qué pareja heterosexual ha tenido que tragar saliva y fingir demencia ante los cuchicheos que especulan sobre sus posiciones o roles sexuales?, ¿De verdad es la comunidad LGBTTTI la victimaria, la que impone, la intolerante?

Ocho países del mundo aún condenan con pena de muerte la homosexualidad; en otros 70 países se le considera delito. ¿Algún país tiene castigos similares para quienes aseguran ser víctimas de la comunidad LGBTTTI?

En México la discriminación se da en otros niveles, pues a las uniones del mismo sexo aún les es difícil, y a veces imposible, afiliar a su pareja a instituciones de seguridad social, juntar créditos en el Infonavit, heredar bienes del cónyuge, que les permitan decidir qué hacer en caso de emergencia médica, tener bienes en común, recibir pensión, etcétera.

A una pareja heterosexual le basta a veces hasta la unión libre para acceder a todo esto. La cultura y el reconocimiento de la unión por familiares y amigos son suficientes para facilitar algunos derechos. No es así entre parejas del mismo sexo, por eso el Estado está todavía más obligado a proteger lo que la idiosincrasia no proporciona. ¿Dónde está en esto el atentado a la familia? ¿A cuál familia se daña con esto?

¿Que todo eso está bien, pero la adopción no? Tenemos noticias, la orientación sexual no es un impedimento para adoptar. Cualquier persona, incluso soltera, podría solicitar la adopción de un menor y tendría que seguir todos los pasos para ser agregado a la larga lista de espera, como cualquier otro. Para muestra, un botón. Hace cerca de cincuenta años que el productor Ernesto Alonso y su pareja Ángel Fernández pudieron adoptar dos hijos.

Desde los valores personales o religiosos, podrá estarse en desacuerdo con esto, pero en un Estado laico y democrático, no podría esperarse que los valores de un grupo social -mayoritario o no- decida sobre los derechos de minorías que no afectan más que a ellos mismos.

Y sí, afecta sólo a los directamente involucrados. ¿O acaso alguien ha tratado de convertir a un ferviente católico en adorador de la santa lentejuela? ¿Alguien ha intentado prohibir las misas y peregrinaciones argumentando que van contra la moral rosa?, ¿Alguien siquiera ha cuestionado qué decirles a los niños por la violencia explícita que se ve en un viacrucis?

Pero si respetando la ley, y el civismo mínimo se sienten traicionando a su religión, valdría la pena preguntarse desde los propios valores cristianos que la mayoría de estas personas dicen promover, ¿Qué no Jesucristo pasó su vida del lado de los condenados, proclamando el amor al prójimo sin condiciones y retando a tirar la primera piedra a quien se sintiera libre de pecado?, ¿No fue el Papa Francisco quien declaró que él no “era quién” para juzgar?

Pero en estricto sentido de justicia, hay que aclarar que “de todo hay en la viña del señor” -nunca mejor dicho-. Mientras algunos sacerdotes llaman al odio, el rector de la Universidad Iberoamericana fue el primero en hablar de la incompatibilidad del amor de Dios que se pregona con la falta de respeto a la comunidad LGBTTTI que se ejerce.

En tanto, desde la Iglesia Mormona hacen vídeos de amor y aceptación a los que en otros lados son condenados, y las iglesias cristianas circulan otro vídeo en el que varios pastores piden disculpas por lo que se hace en nombre de Dios. Pero bueno, que sea él (o ella) quien los perdone.

 

1 Parafraseando a Heraclio Castillo en su artículo Claveles verdes: El impero (gay) contraataca

 

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