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¿Y si leer lo que nos dicen debemos leer fuera un mecanismo de control social?

¿Y si leer lo que nos dicen debemos leer fuera un mecanismo de control social?

La Gualdra 294 / Promoción de la lectura

Hace algunos meses Alan Aguilar Murrieta, maestro, amigo y compañero, realizaba una aguda crítica hacia la oferta bibliográfica dada por los grandes almacenes mercantiles. Alan observaba que la diversidad brillaba por su ausencia. Como una radiografía de la sociedad, las editoriales independientes, los textos contestatarios, en resumen: las minorías no aparecen. Quizá podamos explicar lo anterior en función de las exigencias del mercado. De ahí que después de Cincuenta sombras de Grey aparecieran muchos títulos de seducción y sexualidad, llegando –incluso- a la parodia: Cincuenta sombras de Gregorio.

Para Didier Álvarez Zapata, bibliotecario profesional colombiano, “la lectura –se percibe- como una práctica vinculada con la promoción de la esfera pública, en tanto que «construye» sujetos ilustrados frente al mundo y su propia realidad personal, individuos capaces de establecer vínculos racionales con el mundo”.[1] En efecto, quien lee se concibe como un ser ilustrado. Sin embargo, dicha concepción tiene un marcado sesgo occidental, más puntualmente eurocentrista. Dejando fuera el resto del mundo.

Los moldes, estereotipos, marcos éticos, el mismo canon vienen marcados con una visión que –mayoritariamente- responde a los mercados. Quien no lee los últimos títulos está out, y el vértigo social exige estar in. Bajo la consigna enarbolada por Daniel Pennac (“derecho a leer cualquier cosa”) la industria editorial, las capas de poder, dictan los senderos que deben seguir los lectores: así el amor es como se representa en los best seller que lo fueron gracias a la versión cinematográfica; los vampiros hacen acto de presencia hasta por triple ocasión, pero Drácula sigue dormido en su ataúd.

Si bien es más sencillo acercar a la población (así lo marcan las estadísticas) hacia los libros con textos como los de Carlos Cuauhtémoc Sánchez (he escuchado el testimonio de más de un estudiante de Letras que con dicho autor se inició en la lectura), también es cierto que la apuesta fácil por la imaginación impide que gran parte de esos lectores den un salto de calidad en los contenidos y lectura. Lo anterior propicia una tendencia a la descalificación. Es decir, siguiendo las palabras de Álvarez Zapata, habría ilustrados de primera, de segunda y hasta de tercera clase.

Si trasladamos esta última idea con otra del mismo colombiano: “en el proyecto moderno resalta una fe, casi sin discusión, en el poder de la lectura como práctica de elucidación, de aclaración, de ilustración del individuo, para formarse como ciudadano” también estaremos frente a ciudadanos categorizados. Aquí entra la pregunta inicial: ¿Y si leer lo que nos dicen debemos leer fuera un mecanismo de control social? Mecanismo que reproduce paradigmas, ideologías, posturas políticas y sociales. Pensemos cuántos establecimientos de distribución de libros tiene Zacatecas, cuántos el país, dónde se concentran, donde no aparecen. El mercado responde a la lógica capitalista finalmente.

[1] Álvarez Zapata, Didier, Una mirada a los estudios de comportamiento lector en las bibliotecas públicas en América Latina, México, DGP/CONACULTA, 2002, pp. 9-40.

 

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