Sobre el Racismo

Sobre el Racismo

Tras el racismo subyace la ideología de la supremacía de una raza sobre las otras, consideradas inferiores, que podrán, por identificación con el discurso del amo, considerarse a su vez, como mejores que otros, así sea un escalón por encima de los parias, de los condenados de la tierra, de aquellos considerados como  peores [¿bad-hombres?] subhumanos.

El racismo apunta a un futuro de dominación, implica -por tanto-  un presente bélico; para construir el proyecto político racista se requiere “limpieza étnica”, segregación, exclusión. Pero esa opresión a que se somete a los pueblos, en nombre del futuro por-venir, de una raza por llegar, es propia de una temporalidad  metafísica, mesiánica, milenarista, la del “pueblo elegido”.

La entronización de los regímenes racistas/opresivos, conlleva una planificación activa para legitimar  arbitrariedades  (“violaciones a los derechos humanos”, no discriminación, derecho a la vida, etc), haciendo un uso astuto y perverso de las ideologías racistas.

Y, como bien sabemos [no cabe aquí la ingenuidad], el racismo puede ser un vector potentísimo, capaz  de transformar el conjunto del imaginario social dominante. Esa capacidad de incidencia social -y política- la vemos  prefigurada  -ya- en el pasaje del “neoliberalismo progresista” (hoy en crisis, después de Obama),  en la  “movilización total” que busca involucrar -de modo sistemático-  a las mayorías sociales, modelando los corazones y las mentes,  justificando el control   opresivo y  “totalitario” mediante una ideología racista.

Debemos elucidar y combatir el racismo.

Anthony Elliot, en su libro “Teoría social y psicoanálisis en transición”, la considera una forma muy compleja y destructiva de “categorización social”.

La ideología racista funciona trazando diferencias que conducen a la discriminación del otro, basándose en rasgos en gran parte  superficiales, cuando no literalmente “inventados” (ficciones producidas desde el poder).

También, es extremadamente “viral”; las diferencias atribuidas por el racismo son investidas por el psiquismo individual -y social-, atravesando las divisiones de clase social;  asumidas por sectores de las elites, clases medias,  trabajadoras.

El racismo es una -más que insidiosa- dinámica psico-social donde fracasan los enfoques tradicionales: lecturas economicistas, reduccionismos juridicistas, etc.

Las interpretaciones  psicoanalíticas  nos pueden a ayudar a avanzar en la comprensión de  otras dimensiones del  racismo,  que habitualmente no tomamos en consideración. Enfocando las dinámicas inconscientes de la subjetividad,  y su vinculación con los poderes e ideologías que alimentan la reproducción del racismo.

Para Theodor Adorno, según Elliot, los “delirios proyectivos y una paranoia de masas” construyen a las figuras sociales  racializadas,  judíos [negros, latinos, etc.],  “como un blanco apropiado para el odio y la agresión”.

Pero, para Elliot, en el racismo son fundamentales los modos en que se realiza  el “cumplimiento de un placer inconsciente contenido en las prácticas racistas”.

Necesitaríamos desentrañar los vínculos  entre las representaciones imaginarias inconscientes, sus modalidades destructivas y patológicas, y las ideologías racistas, mediante los que los sujetos constituyen al “otro” deshumanizándolo,  odiándolo  y despreciándolo.

Para describir esa dinámica, Elliot cita a Michael  Rustin:

“Expresiones de prejuicio, rechazo o repugnancia satisfacen necesidades emocionales activas, aunque inconscientes, de quienes las producen; estos se libran a sí mismos, de algo indeseado o incómodo que les causaba conflicto mental o dolor, y lo descargan sobre un contenedor exterior, cuyo dolor se considera sin importancia, o todavía peor, adquiere un valor perverso para quienes lo proyectan en su existencia visible fuera de sí mismos.  Se advierte con facilidad que grupos sociales constituidos para recibir las proyecciones que colectividades situadas en una posición superior formarán el deseo de volcarlas sobre otro grupo más vulnerable aún, y que así el maltrato descenderá por la escala social de grupo en grupo”.(p. 342)

Elliot, emplea el psicoanálisis y la teoría social,   para comprender,  cómo, el racismo, unifica los afectos destructivos de odio en las figuras sociales  racializadas; también, y sobre todo, para entender cómo, el racismo, procura  placer y satisfacciones inconscientes, que brindan  pertenencia y continuidad al sujeto,  mediante las  representaciones y afectos [racistas] fomentados desde las formas institucionalizadas de dominación.

Son –justamente- esas “estructuras afectivas profundas”, las refractarias a los argumentos  racionales anti-racistas, esgrimidos habitualmente. Se requiere cambiar de estrategias.

Como de-construir esos tipos antropológicos…“incapaces de tolerar la diferencia,  o la ambivalencia emocional, bajo cualquiera de sus formas”.

¿Cómo no ver la bifurcación, entre  por un lado, un mundo común [democrático-radical], y, por el otro,  una autodestructividad humana espueleada  -de modo encubierto- por la acumulación por la acumulación?

El racismo vulnera la dignidad humana: ¿Cómo podemos combatirlo con eficacia?

Reconstruyendo los derechos humanos para situarlos dentro del movimiento de creación política propia del proyecto democrático-radical: tareas ético/políticas esenciales.

Terry Eagleton escribió…“La cuestión política fundamental es exigir un derecho igual al de otros, para descubrir lo que podamos llegar a ser. No se trata de encontrar una identidad ya hecha en todas sus piezas, que sólo se encontrara reprimida”.

Necesitamos -con urgencia- desplegar la creatividad social, las solidaridades imaginantes.

 

 

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