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La sombra que se vuelve carne

La sombra que se vuelve carne
Ouroboros

La Gualdra 279 / Opinión

Yacen en la mente del ser humano dos caminos laberínticos, que se dirigen hacia una sola puerta y cuyos recorridos se encuentran en más de una ocasión antes de llegar al final del túnel. Nietzsche concibió esta peculiar idea a partir de espíritus que los dioses griegos brindaban a los hombres: por un lado se encontraba el mesurado Apolo, quien guiaba hacia el lugar de continua reflexión; por otro lado se hallaba el enredado Dionisio, portador de la vida desenfrenada y caótica. Ambos espíritus no entraban en disputa, sino que ejercían una fuerza de complementariedad para que el individuo no se viera obligado a tomar alguno de los caminos mentales.

Tal bipartición no se realiza con el propósito de aislar la conciencia, antes bien se desarrolla a fin de entender que el humano está separado en dos miembros inferiores, dos superiores, dos ojos, dos orejas, que no funcionan bien si lo hacen separadamente. El pensamiento complejo se ejecuta de igual forma. Al hablar de complejidad es preciso remitirse a tejido, cuya materia resulta incluso más pesada que el propio hierro y su comprensión tan intrincada como el laberinto del minotauro. Este pensamiento describe situaciones tan complejas como la anterior, a saber, la posibilidad de que dos individuos se encuentren encerrados en uno solo.

Stevenson, por ejemplo, consideró que la mente del ser humano se acercaría más a una dualidad antes que a una unidad; su novela El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, de tal forma, abrió una vía (desconocida en su tiempo) sobre la relación consciente-inconsciente a la que tanto interés la psicología moderna ha dado. Pero hoy no sólo se trata del ente doble que figura como sombra, sino que esta misma relación se torna compleja cuando se adquiere conciencia sobre la imagen contraria del homo sapiens sapiens, puesto que el hombre pensante posee un contrario, un hombre irracional, un homo demens, quien le permite al sapiens llegar al pensamiento de orden superior, gracias la hiperconciencia.

Einstein sabía que en todo individuo se gesta un duelo, duelo en cuyo término emerge la crisis. Esta crisis cultiva, además de las ineludibles penurias, excelentes logros, la creatividad (que nace del desgarre, de la angustia) y, quizá más importante aún, un proceso de auto-superación y auto-sustento. Nuestra triste condición al no dar crédito a la crisis no es otra que permanecer hundidos en el Tártaro, arrastrados por una entidad desconocida, oscura; en ocasiones, maligna; sabia y sanadora, en otras.

Al no concebir un mundo de complementariedad optamos por la dicotomía, por la triste y filosa daga que mutila el conocimiento. Encerramos a la bestia, sin saber que la fiera es parte de nosotros y que puede triturar de adentro hacia afuera, terminando con nuestro cuerpo, alma e imaginario, de permanecer ella la mayor parte de nuestra vida dentro del fardo. “Sin contrarios no hay progreso. Atracción y repulsión, razón y energía, amor y odio son necesarios a la existencia humana”, dice William Blake, a fin de mostrarnos el matrimonio del mundo celeste y el inframundo, de la luz y de la sombra, del eterno ouroboros de la naturaleza humana.

La lucha mental aloja la incomprensión de las pasiones, aquellas necias compañeras que no pueden ser dominadas y que en vano resulta intentarlo. La hipercomplejidad que se origina de la crisis permite al individuo tratar de negociar con la ira, el dolor o el mismo amor, porque la mayor parte de los males se encuentra en el alma y es imposible evadirse de ella, así como entenderla completamente. La clave es superarnos para superar la crisis, porque todo está escrito en nuestra mente, dado que, aquello que se escapa a la consciencia, la sombra sabe o predice el término de las acciones. Bienvenido sea el homo complex que considera tanto al consciente como a la sombra para el autofortalecimiento.

Si bien es cierto que nos sumergimos en nuestro mal durante el proceso de crisis, también lo es que podremos dejar el Tártaro cuando permitamos que nos auxilien, cuando la parte oculta intente mejorar nuestras heridas, cuando actuemos como el solitario león, quien, con su saliva de propiedades cicatrizantes, mientras se esconde en su guarida, se dedica a lamer sus heridas y termina curtiendo su piel. Si de verdad queremos, deseamos o anhelamos cambiar nuestro entorno es preciso ganar, inclusive mucho tiempo antes, la guerra que se lleva a cabo en nuestra mente. Hagamos, pues, un pacto con la sombra que se vuelve carne, con el homo demens que resulta una copia de nuestra humanidad y que, no obstante su condición de copia, es inimitable (como nosotros mismos) sabia y fortalecedora. No peleemos, antes bien empecemos con el debate y el acuerdo eternos.

 

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