¿Y ahora, qué sigue? (2)

¿Y ahora, qué sigue? (2)

Empezaremos como terminamos la entrega anterior. Hay que educar a la sociedad si se desea resolver toda la vorágine de cambios sociales que se siguen dando día con día por las medida económicas que se suceden como si fuera una pesadilla espiral descendente y que afecta a casi toda los habitantes de este país. Educación: desgraciadamente, este concepto desde el inicio está viciado, porque nunca se piensa en primera persona cuando se analiza esta idea; generalmente, se hacen propuestas como si los que necesitaran urgentemente de este periplo fueran los prójimos: el vecino, el colega, el hombre de la calle, el gobierno y ya en los últimos tiempos a todo lo que se mueva en el mundo. Desgraciadamente, el ámbito de la educación como sistema institucional se ha visto sobrepasado por el torbellino de los cambios desenfrenados en los usos y las costumbres originales derivados de algunas formas de concebir la vida cotidiana; la tecnología de vanguardia mantiene a la gente que la utiliza, casi prisionera por la cantidad de estimulación que genera por los temas que se exponen y la forma en que se maneja la información sobre el mundo que ahí se presenta. Las redes sociales han ampliado los límites de los míticos tendederos, patios de vecindad y mercados de barrio o de pueblo con sus legendarias verduleras. Las escuelas y centros de trabajo concentran períodos prolongados de tiempo en asuntos que tienen que ver con la retórica y no en la aportación de unas cuantas soluciones prácticas a los problemas que hoy arrastran a nuestra “cultura”. Esta situación nos lleva a otra muy peligrosa: volverse argumentista  más que protagonista ante los problemas que se presentan cotidianamente. La mejor solución se encuentra a la inversa.

En realidad, la nación mexicana enfrenta una dura prueba de supervivencia en más de lo que sabemos sobre lo cotidiano. Además de la ineficiencia y la corrupción interna, los brutales golpes derivados de los movimientos financieros globales provocan problemas que van más allá de lo previsible y por desgracia no parece que la población esté consciente al menos de lo que está pasando. Ni siquiera se podría convocar a la conformación de uno o varios grupos de notables porque hay poco acuerdo general para definir las características de los que fueran catalogados como tales y sobre todo, porque las mal llamadas clases políticas piensan que los únicos notables que hay dentro de los límites de la Vía Láctea son ellos. Esta desventajosa situación dentro del estatus administrativo puede aceptarse como definitoria: deben excluirse de este empeño coordinador todos aquellos que estén ejerciendo cargos públicos o partidistas o aquellos que lo hayan hecho en al menos unos cinco años. Además, la mayoría de los problemas a los que se enfrenta la sociedad derivan de las muy lamentables decisiones impuestas por los gobiernos, especialmente desde la década de los ochentas a la fecha.

Para resumir lo anterior, se puede decir que se ha cambiado hacia dos tipos de comportamiento ante las demandas de la vida: el habitante típico en la nación –y lo más dramático es que ocurre en buena parte del mundo- se ha vuelto  individualista, además de haberse incorporado al esquema consumista desenfrenado que propicia el modelo económico. Hay un fenómeno que poco se ha explorado desde el punto de vista del raciocinio humano y que es derivado del individualismo y el consumismo: el desperdicio. Hoy día, se vive el aterrador fenómeno del desperdicio y sólo se analiza como consecuencia de una o varias fallas en la educación de las personas en el mundo que desperdician productos varios y crean modelos en el que deshecho de todo lo que no genere plusvalía es lo correcto, pero de este fenómeno se derivan muchos más que tienen efectos nefastos para el ambiente.

Si volvemos los ojos a donde debieran estar, entonces, para contrarrestar los problemas anteriores habría que proponer tareas que incidan en la organización de ciudadanos notables que se preocupen y propongan formas de mejorar la educación de la gente desde perspectivas diferentes: la solidaridad social y el consumo mesurado, aprender a consumir racionalmente. Hay que hacer prácticamente todo desde el principio: establecer rumbos para aprovechar los vientos favorables. Con el compromiso social organizado se puede ir avanzando poco a poco, afianzando logros antes de emprender empresas futuras. Sobre todo, que se estarán planteando nuevas fórmulas que mostrarán modelos a seguir más edificantes, basados en valores y en el compromiso del deber cumplido.

Para empezar, es hora de volver a integrar el complejo de participación donde se conjunten las responsabilidades de todos; en especial desde las instituciones educativas donde participen codo a codo estudiantes, maestros, padres de familia y equipos administrativos. Si se logran algunos aciertos en la ejecución de estos primeros pasos, las soluciones que hemos estado anhelando largamente, pueden estar más cercanas de lo que aparentan. Lo que es importante y trascendental tiene que ver con el valor de intentarlo. Hay muchas cosas que hacer, antes se debe plantear hacia donde se encaminarán los primeros pasos y cuáles serán los criterios para definir la calidad de los resultados. Lo importante ahora, es encontrar los vasos comunicantes para lograr que los ciudadanos nuevamente confiemos en nuestro prójimo y actuemos codo a codo.

Es tiempo de desempolvar las utopías. ■

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