Imaginemos

Imaginemos

Imaginemos un sistema económico funcionando en tiempo histórico. Su descripción seguramente nos supera pero supongamos que consideramos que no funciona bien porque la gente es pobre y no hay “crecimiento económico”. Así que postulamos la siguiente solución: incrementar los salarios para, con ello, lograr que se incremente el consumo y, por ende, exista la necesidad de una expansión de la oferta. De tal modo que la producción se incremente y, junto a ella, los empleos bien pagados, para que el crecimiento de la demanda no decaiga. Quizá no es obvio, y menos cuando esa propuesta se le hace a gente ansiosa por consumir, pero el crecimiento del consumo tiene un punto de saturación a partir del que no crece más porque, en fin, la gente se harta de comprar y decide no hacerlo. En ese punto la oferta debe reducirse, u ofrecerse alguna mercancía atractiva que estimule de nuevo el consumo. Si no aparece esa mercancía entonces la producción se reduce, se detienen las contrataciones y, para que no merme la ganancia de los empresarios, comienza la lucha por reducir las prestaciones que se dieron como “estímulo” al consumo durante la época de auge. La anterior es una descripción idealizada de un ciclo económico; se dejan de lado los detalles pero el proceso general está ahí: el crecimiento de la demanda interna no se puede sostener por sí mismo sin alicientes externos. Por lo tanto la solución postulada es temporal y eficaz cuando el ciclo se encuentra en su fase depresiva. Desde el punto de vista político, dada la transitoriedad de los “mesías”, la solución puede resultar muy redituable como medio de cautivar a las masas, pero no pasa de ser una medida anticuada que se alimenta de tesis de mediados del siglo XX. La economía no es predecible, y las soluciones que se postulan para modificar su comportamiento en un sentido racionalmente determinado son, a lo más, temporales: en el largo plazo todas fracasaran. Tal es la “inducción pesimista” en economía, fundada en los resultados de fines del siglo XX sobre modelado matemático de sistemas complejos. En su libro “El capital en el siglo XX”,  Piketty puede resultar aún más sombrío: la única tendencia que parece estar sólidamente fundada es la de una cada vez más desigual concentración del ingreso. Distingamos: la inducción pesimista se refiere a nuestra capacidad de imponer nuestra voluntad sobre el movimiento de los sistemas económicos, el resultado de Piketty es una observación empírica. Los sistemas económicos del presente son, simplemente, así: llevan a las masas  a la miseria. Pero un político que busca cautivarlas no puede decirles eso, y mucho menos que no sabe qué hacer. Debe ofrecer soluciones que aparenten funcionar, aunque sean temporales. Jorge Miranda, secretario de Finanzas, declaró (cf. NTR 5/01/17) que Zacatecas no creció lo que debería haber crecido, no se hizo el trabajo burocrático necesario para trasladar costos a la federación, por lo que Miguel Alonso administró mediante prestamos. La pregunta retórica obvia es ¿cómo plantea la administración de Tello que Zacatecas crezca?. Una respuesta fueron los nuevos impuestos, la otra es el “Plan estatal de desarrollo”, que generó un breve debate en los diarios (García Hernández “La Jornada” 22/12/16, Flores Guerrero 16/12/16) en el que R. García Zamora logró convencernos de la “frivolidad” ínsita a ese plan. No obstante se mantiene la pretensión de que se llevará a cabo. Sin embargo, si recordamos que el estado está necesitado de dinero nos debería quedar claro, aunque sea al nivel de conjetura, que su principal problema será conseguir dinero para lograr sacar sus compromisos. En medio de eso no habrá la posibilidad de un crecimiento económico guiado desde el Estado, si es que esa es la esperanza de los sectores de izquierda (moderna, semi-moderna y cavernaria) y, de acuerdo al mismo secretario Miranda, quizá ni siquiera logren sacarle los proyectados 2500 millones a las empresas mineras. Aunque esos dineros no iban directamente al bienestar general, tienen el fin de solucionar pagos del estado a sus diversos empleados, así que, al menos, podrían mantener el actual nivel de consumo. La administración tellista es, entonces, mediocre; pretende mantener las cosas como están porque existe el riesgo que se pierdan; y con ello las carreras políticas. Pero así como están son condiciones económicas desiguales, en las que, por ejemplo, las compañías mineras se quedan con el oro cotizado en dólares y sus trabajadores con devaluados pesos (y una nueva cuan hostil ecología). El papel de la UAZ en todo este escenario logra ser, gracias a los esfuerzos de su administración, irrelevante. García Zamora, en cierto sentido, pretendía un papel más activo, menos subordinado, pero la actual administración apuesta por la simulación de los “cursos de actualización” vendidos al gobierno del estado para hacerse de unos pesos y algunas portadas en los diarios. La solución tellista de incrementar los impuestos reduce un poco el consumo de la población, pero aunada a la estrategia de Peña Nieto lo reduce bastante. Delgado Wise (La Jornada 8/01/17) ya mostró que la estrategia federal es subsidiar a los inversionistas. La de Tello también. ■

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