¿Y ahora, qué sigue?

¿Y ahora, qué sigue?

Este inicio de semana ha sido intenso. El aumento de precios en la gasolina (principalmente) ha dado como resultado una respuesta popular y ha aglomerado una serie de reacciones de parte de la sociedad que, si bien ya estaba previsto, el hecho de ver esta amenaza hecha realidad mueve una serie de emociones que amalgamadas, hacen a la gente protestar por este fenómeno que a todas luces parece injustificado e injusto. Los hechos se venían acumulando desde años anteriores con la llegada al poder de la actual administración gubernamental con una elección amañada con actos deplorables en la compra de votos con dinero en efectivo, despensas, materiales de construcción y otras que no son tan obvias. El ataque mediático contra el único candidato de oposición, probables trampas cibernéticas y muchos puntos obscuros que hicieron la llegada al poder del actual presidente un hecho juzgado muy cuestionable, aunado a la desafortunada confesión del susodicho, de que prácticamente es un analfabeta funcional al no haber leído siquiera un libro completo. En ese sentido, este país ha involucionado, porque ni siquiera se cuenta con un gabinete formado por personas notables que sobresalgan en las áreas de desempeño en las que cobran sueldos fabulosos, hacen negocios jugosos, hacen actos de nepotismo y tráfico de influencias que nada tienen que ver con el encargo público que les asigna el favor de la democracia. Y lo peor de todo es que la mayoría de los partidos políticos y sus gallones están cortados con la misma tijera. Diógenes moriría de desesperanza e inanición buscando inútilmente a un hombre o mujer honrados en las actuales administraciones. Al menos, así ha sido en los últimos treinta años en los que el modelo neoliberal ha sentado sus reales con el consiguiente perjuicio a las expectativas de los mexicanos quienes han visto cómo poco a poco la riqueza de la nación ha ido descendiendo, lo mismo que los índices de bienestar social y calidad de vida, pero sobre todo, la desgracia mayor que padecemos es la falta de un modelo educativo nacional sólido y que nos permita asegurar el desarrollo de capacidades de alto nivel para prevenir y solucionar los problemas que hoy nos aquejan.

La llegada a la presidencia del país vecino del candidato republicano y sus balandronadas en contra de los paisanos que habitan en ese país y los que de este lado de la frontera, próximamente amurallada según el rubio ganador, de alguna manera u otra ha servido para que los ciudadanos mexicanos estemos alertas tanto allá como acá y tratemos ser mejores personas y representantes de un país que busca proyectarse a niveles de altura en asuntos como desarrollo humano, protección ambiental, derechos humanos, desarrollo económico que han ido disminuyendo proporcionalmente a la capacidad que tiene el país para educar a su gente. El sistema político mexicano apoyó al desmantelamiento de la idea educativa, después de los lamentables sucesos del 68, cuando la población, encabezada por sus estudiantes y maestros animó a gran parte de los habitantes en el país, para sugerirle al gobierno omnipotente y omnipresente que se sostuviera un diálogo para buscar fórmulas para mejorar el nivel de vida y hacer de nuestro territorio un lugar donde se pudiera vivir mejor, apoyados en la preparación que sus habitantes pudieran procurarse. Pero la historia jugó una mala pasada cuando la cúpula del poder decidió contestar con balas, violencia, encarcelamiento y desaparición a la generación mejor instruida que se ha dado en la historia desde la conquista de México. Los resultados del Plan de Once Años del poeta Jaime Torres Bodet, secretario de Educación Pública en los sexenios presidenciales de los Adolfos, Ruiz Cortines y López Mateos valieron sombrilla, cuando se decidió que la educación es un peligro para las élites. Y así nos va.

Desde entonces la vida en el país se ha deteriorado, cada vez hay más miserables (de todo tipo) y la necesidad de buscar mejores ingresos ha orillado a millones de paisanos a cruzar la frontera. Por desgracia, las limitaciones que se encuentran al llegar a la aventura de vida nueva, hacen que nuestros migrantes estén en desventaja ante las diferentes etnias que han ido poblando ese territorio que perteneció a las poblaciones originarias, casi aniquiladas hoy día y sus territorios devastados ante el crecimiento desmedido de la población y del capitalismo.

Y así nos encuentra el denominado “gasolinazo”, con muchas dudas sobre el presente y el futuro del país. Más aún con la muy pobre justificación de quien decidió que esto se hiciera. A los ojos de la mayoría, no existe ninguna y esto ha causado una gran frustración de los mexicanos y la confianza en su gobierno, el cual, para distraer la atención de los efectos nefastos de esta medida, ha soltado a las calles, por lo que parece, a grupos de delincuentes que ante las protestas pacíficas de la sociedad, se dedican a hacer todo tipo de desmanes. Y, como colofón, nos revientan un argumento con tintes de cinismo y corrupción, que afirma que es por el bien del país, rematando con la desalentadora pregunta sobre qué haríamos en este caso. Para fortuna de los decepcionados, muchos ciudadanos han respondido sobre los que se puede hacer, en especial, acciones relacionadas con la honestidad y con una verdadera vida democrática.

Esta columna sugiere que, por principio, se debe eliminar el miedo a enfrentar lo que sigue y sobre todo, volver a aprender a amar y confiar en nuestro prójimo. Los causantes del deterioro del país no han sido los ciudadanos trabajadores, sino las clases corrompidas que han hecho de la administración pública una fuente de saqueo y corrupción en beneficio de muy pocos. Debemos reaprender a adquirir valores que tengan que ver con la honestidad, la responsabilidad, el respeto, la cortesía y otros más que se han ido diluyendo. También, deben desaprenderse muchas formas de ser que tienen que ver con la violencia de todo tipo, las presiones, chantajes, la delincuencia y tantos más. ¿Y qué cree usted, estimado lector? Eso sólo se logra con una mejor educación. ■

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