‘El libro de lo que permanece’. Una vida en el desierto y en la literatura amorfa

‘El libro de lo que permanece’. Una vida en el desierto y en la literatura amorfa
Benjamin Alire. Twitter: @BenjaminAlireSa

La Gualdra 274 / Notas al margen

¿Y cómo es que aprendemos a poner letras y palabras juntas,

a organizarlas como si con tan solo eso

 pudiéramos reorganizar el triste y fatigado universo?

Benjamin Alire

De un tiempo a la fecha he creído que la persistencia de los géneros literarios como formas más o menos estrictas responde, además de a las exigencias (y a la ignorancia) del mercado, a las pretensiones cientificistas o académicas que buscan acercarse a la literatura como un taxidermista se acerca a los cadáveres. Lamentablemente para las universidades, y para los críticos literarios que escriben a partir de esquemas, la literatura no está muerta y los géneros literarios son nada más moldes que el escritor rompe a la menor provocación. El género es una estructura artificial en la que se trata de apresar la etereidad de la creación artística, fórmulas para holgazanes, literatura predigerida para facilitar su consumo. Un asunto del ocio y del mercado.

Espero que esto no suene tan mal como me lo estoy imaginando. No es que sea un fanático de la pureza literaria. Los géneros no me molestan, como no tendrían que molestarme los canales de televisión o los diferentes tipos de restaurantes; son cuestiones prácticas, ayudan al consumidor a elegir con mayor facilidad, limitan las opciones del lector (común o no) y ayudan a digerir el inmenso bolo literario que se produce año tras año. El problema es cuando los géneros se vuelven un asunto ya no de los lectores, sino de los escritores. Cuando el creador escribe siguiendo las reglas del género está desperdiciando la posibilidad de hacer literatura, para hacer sólo poesía, ensayo, novela, cuento, relato, viñeta, minificción, crónica, y de ahí podemos crecer a: novela negra, novela rosa, suspense, novela histórica… Vaya, que el asunto de la nomenclatura hay que dejárselo a los que van a comercializar nuestro mamotreto. Si escribimos con la etiqueta pegada en la frente lo más seguro es que desperdiciemos las oportunidades creativas de cualquier género, y claro, de la literatura como forma amorfa.

Últimamente me he topado con autores preocupados por el género. “¿Qué escribes? Eso es más bien poesía, o ensayo. No, lo mejor es que te leas un manual o un par de libros del género, antes de seguir escribiendo”. Conocer el género puede ayudarnos a entender lo que queremos hacer, pero seguir instrucciones prediseñadas nos volverá, a lo mucho, artesanos de la literatura.

Acabo de terminar El libro de lo que permanece, de Benjamin Alire. Me lo regaló Javier Acosta hace algunos meses. No sé si fue pura amabilidad, pues un amigo en común lo visitó, y tal vez pensó que sería bueno mandarme algo, o tal vez supo que iba a gustarme, que entre Benjamin y yo hay algo en común: ambos amamos a los perros. Pero no sé, creo que el porqué es lo de menos y, aunque estoy acostumbrado a buscarle sentido a las cosas, no voy a preguntarle a Javier porque sería una falta de educación preguntarle a alguien que te hace un regalo por qué te lo hizo.

En fin. Comencé a leer el libro de Alire con la inteligencia de los académicos: es un libro de poesía. Claro, qué más puede ser si está publicado en Mantis y Mantis publica sólo libros de poesía. Claro, además lo traduce Javier Acosta, y ya se sabe que Javier Acosta es poeta (hasta ha ganado premios). Entonces abrí y comencé a leer con el filtro de la poesía. Bastaron unas pocas páginas para darme cuenta de lo estúpidos que nos vemos leyendo con las gafas del género, al menos un libro como éste. La literatura, y lo he pensado hace también algún tiempo, debe leerse sin gafas (¿o tú entras al mar con los anteojos puestos?), debe leerse como se lee la vida: sin saber qué diablos está ocurriendo. El que debe dar forma a lo leído –a lo vivido- eres tú. El afectado, la víctima de la literatura.

Y fue luego de leer esto: “Aun así me gustan los perros, incluso los malos. Podría perdonar que un perro me mordiera. Pero si un hombre me muerde, ésa es otra historia”, cuando me di cuenta que no estaba ante un libro de poesía, sino ante un libro vital. Ante el mar de la literatura, o en este caso: ante el desierto. A qué me refiero cuando digo que lo de Alire no es algo formal, no es poesía, sino que la poesía lo atraviesa. Pienso en Alfonso Reyes, el nuevoleonense escribió que no debemos hablar de géneros, él los llamaba funciones (la función poética, la narrativa y la dramática)[1], todos los textos literarios tienen algo de las tres, pero alguna predomina. Una es la que da dirección al texto, la que lo mueve y ese devenir arrastra al lector. La función predominante en Alire es la poética; como una especie de viento que atraviesa todo el desierto del libro. Lo que permanece, dice Benjamin en el prólogo, son los recuerdos, y lo que recordamos es lo que nos conforma como seres humanos, pero es también eso que permanece lo que da dirección y sentido a nuestras vidas, la poesía que nos atraviesa como un recuerdo, el viento que recorre el desierto de nosotros.

La forma, o mejor dicho: la no forma en el libro de Benjamin, se deja ver en lo formal y en lo sustancial. En el primer caso Alire elige la prosa en la mayoría del libro, y no hay mejor elección para lo que quiere decir. Cuando prefiere el verso se trata de un verso fragmentado, de un verso en trozos que no es natural y que parece decirnos que no hay verso si no es a gotas, un verso dosificado para los sedientos. Por otro lado, y eso es lo más importante, El libro de lo que permanece no es un libro sólo de poesía, sino vital, porque no hay duda de que Benjamin habla sobre él cuando escribe: “Mira, nadie ha dicho nunca que la gente deprimida sea original. La gente deprimida está demasiado deprimida como para usar la imaginación”.

Hacer literatura es hablar de uno y hablar del otro al mismo tiempo. Se trata de tender un puente entre dos desiertos. Y a esto apuesta el autor de este libro amorfo, a un género en el que se mezcla el ensayo (porque hay textos más bien sapiensales, como “La filosofía del trabajo” o “Conocimiento…”), la autobiografía (el re-descubrimiento, la re-escritura de la identidad), y la poesía (la reinvención del lenguaje, la violencia de la forma). Benjamin Alire nos regala una literatura vital a la que los escritores jóvenes deberíamos ir como a un manantial en medio del desierto de la poesía de las poses, o de la narrativa de las fórmulas pre-hechas. Alire nos demuestra con este libro que todavía se puede hacer poesía, literatura, que todavía se pueden hacer libros que, sin importar lo que sean, siguen hablándonos y dándonos la mano.

La literatura es violencia y la poesía que amamos es la que nos lastima. Alire nos deja una entrópica lección; a pesar de confesar que no entiende a los físicos. La literatura tiende al caos. Y es ahí, en la violencia de la nada, en el sinsentido del desierto, donde realmente está la belleza.

 

[1] En el texto “Apolo o de la literatura”, de Alfonso Reyes, que puedes leer en: La experiencia literaria, 1942; Obras Completas, Tomo XIV.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/274

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