Cruda

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La Gualdra 266 / Río de palabras

Se sentía terrible, juraba y perjuraba e hiperjuraba que nunca más lo volvería a hacer. Miraba hacia todos lados y nada en aquella habitación le parecía familiar. Nada. Ni siquiera el piso o la forma del techo que era tan igual al de cualquier otra casa de interés social. El olor del ambiente no era desagradable, pero era olor a casa extraña, a casa diferente, nada que su memoria olfativa hubiera registrado en el pasado. Al menos el olor de las sábanas de la cama en donde había pasado la noche era limpio, de lo contrario peor hubiera sido el arrepentimiento. Estaba a punto de saltar de la cama, buscar su ropa y salir a la calle para ubicarse; pero se escuchó el ruido del inodoro y la puerta del baño a punto de abrirse. Decidió no salir de la cama, cubrirse hasta la cabeza y fingir que seguía durmiendo. Hasta que escuchó el ruido de unos pasos bajando lo que adivinó sería una escalera. No es posible que ni siquiera recordara eso, cómo andaría, piensa y vuelve a caerle encima el balde frío de los remordimientos. No es hora de lamentarse, piensa, con determinación se levanta, busca su ropa interior, el pantalón, la camisa… pero no encuentra nada. De repente y por deducción piensa: los dejé en la planta baja. Ahora recuerda que subió unas escaleras. Lo que sigue sin recordar es con quién estaba, con quién se fue a la cama. Era la hora de enfrentar, de asumir todo el cúmulo de sus consecuencias, tomó una sábana, se enredó en ella y fue bajando con temor cada uno de los escalones. Al llegar a la planta baja, todo se le reveló por completo: sentado frente a la mesa tomando un café, encontró a su marido.

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