Subjetivaciones rockeras / Lo que vale y no la pena (2 de 2)

Subjetivaciones rockeras / Lo que vale y no la pena (2 de 2)

Se habló en la pasada subjetivación sobre la infinidad de opciones que las tecnologías digitales brindan para conocer, complementar o precisar un panorama específico en casi cualquiera de los ámbitos sociales, incluido, por supuesto, el artístico, y cómo esa abundancia de propuestas pueden y llegan a redundar, para un esteta o amante del arte, en un inevitable tedio.

Lo anterior, debido a que tanto el músico como en melómano poseen, en referencia a la música, la tendencia que tiene el esteta respecto al arte, y esto obedece, entre muchas otras cosas, al afán de ir en busca de lo sorprendente, de aquello que lo arrebate de su cotidianidad y lo lleve, aunque sea por unos breves instantes, a experimentar la inmensidad, a vivir una experiencia estética.

Pero, ¿por qué es esa vehemencia de arriesgarse al tedio para ir en busca de lo extraordinario, y no conformarse con lo que tiene a la mano? Primero, porque vale la pena, porque le da sentido a la vida, y después, porque ése es uno de los muchos efectos que produce el arte en quienes se aventuran a su apreciación; se trata, valga la expresión, de una especie de sublime adicción.

Es bien sabido que para saber caminar, hay que atreverse a caminar, y así con otras muchas actividades (una excepción es la de escribir, donde, para aprender a hacerlo, primero habrá que ser un excelente lector), así en el arte, donde para poder apreciar una pintura, por ejemplo, el espectador primero tendrá que ver infinidad de obras, hasta llegar a aquella que le muestre efímeramente la totalidad del cosmos (vale recordar La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera).

El esteta (en alusión a quien ama el arte en general), no se conformará con lo primero que le aparezca a los sentidos; no colgará en la pared de su casa uno de esos cuadros que suelen vender en las cadenas comerciales, tampoco estará contento con las películas que le ofrecen las televisoras, incluso las de paga, y difícilmente nutrirá su biblioteca personal con los best sellers que se ofertan en los supermercados, y no precisamente por un desdén sintomático, sino por una auto exigencia, una necesidad de más calidad.

El esteta, el amante del arte en cualquiera de sus expresiones, posee un espíritu aventurero, osado, y es que su necesidad de lo conmovedor lo lleva a arriesgarse, a toparse de frente con el fiasco una y otra vez, a sabiendas de que tarde o temprano, encontrará aquello que, valga la expresión, le sacuda el tapete.

Sin embargo, lo anterior conlleva, a su vez, una triple angustia; en primer término, por tener que soportar, una y otra vez, creaciones que en muchos de los casos resultan ser completos bodrios que hubiera preferido no haber conocido (y es que, en la apreciación artística, lo políticamente correcto suele ser, además de incómodo, perjudicial).

También porque tras cada tesoro encontrado, por cada obra, considerada por su criterio como maestra, la necesidad de encontrar otra que la supere o al menos iguale en calidad, será creciente; asimismo, porque de no aventurarse, quedará el remordimiento de que en aquello que se omitió, iba la gran creación esperada.

Esos son algunos de los riesgos que conlleva la honesta apreciación artística, no obstante, siempre serán peccata minuta, comparados con la efímera pero trascendente satisfacción que puede llegar a brindar. A fin de cuentas, como se mencionó anteriormente: Vale la pena, ¿no lo cree usted, estimado lector?

Post data: Se planteó en la entrega anterior que, ante la imagen que se tiene en el extranjero de México y los mexicanos, que lamentablemente en muchos de los casos no es tan positiva como se quisiera, aunada a la campaña de desprestigio que se ha encargado de lanzar el empresario Trump a lo largo de su campaña proselitista rumbo la presidencia de Estados Unidos, no se debe ser tan pesimista y, muy por el contrario, se debería de ir en busca de una identidad nacional, algo parecido a lo que llegó a ser conocido como el ser mexicano.

Se señaló también que aquellos vicios de conducta que han estigmatizado al mexicano (como si este término fuera correcto) no son exclusivos de nuestro país, como se ha querido hacer ver maliciosamente tanto a connacionales como en el ámbito internacional, sino que fueron constructos ideológicos que han sido alentados, primero por los caciques y los señores feudales, y posteriormente por la oligarquía, la plutocracia y sus defensores.

Fue en los años posteriores a la gesta revolucionaria que comenzaron a surgir corrientes de pensamiento que pretendían definir el significado de ser mexicano, en muchas de las ocasiones con la intención de generar a propios y extranjeros la imagen de un ser con profundos e incurables complejos de inferioridad, principalmente cuando se tomaban modelos tomados de Europa y de Estados Unidos. Tal vez el ejemplo más contundente es el que se aprecia en varios de los ensayos que conforman el libro El laberinto de la soledad, de Octavio Paz.

La idea de aquellas posturas (da la ligera sospecha) era la de generar en el mexicano una especie de resignación y conformismo, aceptando irremisiblemente vivir en ese estado de inferioridad, de mediocridad, callado en su ostracismo, como lo describe el Nobel de Literatura. No se pretende en este texto descalificar la citada obra bibliográfica, ni mucho menos al ilustre Poeta y ensayista; la intención, en todo caso, es mencionar que los planteamientos de Paz en ese excelente libro responden a un momento y una circunstancia determinada, y también —da la impresión— de que el también autor de El arco y la lira atendía en esos momentos las reflexiones de algunos integrantes del, en su momento, influyente grupo filosófico del Hiperión.

Las reflexiones de Paz, pues, no se dieron por generación espontánea; él era un conocedor del México profundo, de sus raíces y de su historia, su voz y su escritura; de origen orgullosamente mexicano, adquirió, quiérase o no, una validez universal, y su lectura debe ser tenida como imprescindible para todos los mexicanos, independientemente que se esté de acuerdo o no con sus planteamientos.

Se señaló, pues, que da la impresión de que el pensamiento de Paz es el resultado de la reflexión de otras posturas ideológicas anteriores a su obra, pero de eso, si lo permite el amable lector, se hablará en una siguiente entrega.

 

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