Hallazgos de Piketty: lección para las izquierdas

Hallazgos de Piketty: lección para las izquierdas

La sociedad actual se dirige a la destrucción de la poca democracia existente y en dirección opuesta a los ideales de igualdad. Con ello, se encamina a un proceso  des-socializador: anulación de la cohesión social, o una sociedad sin socialidad. En unos años más se van a escribir novelas parecidas al Mundo de Huxley: narraciones que retratan la fragmentación de la sociedad a tal grado que producirán tipos humanos distintos, viviendo en esclusas económicas que no se tocan, en segmentos territoriales sin contacto y bajo gobiernos despóticos de hipervigilancia; o territorios donde no hay Estado sino agencias de control administradas directamente por las poderosas corporaciones privadas.  Autoridades sin dimensión pública.  ¿De dónde proviene esta visión? Veamos.

Ahora mismo la forma de acumulación de riqueza genera un tipo de concentración del poder económico sobre una estructura de riquezas dinásticas (por vía de la herencia). Resulta que en EU 60% de la riqueza patrimonial está en manos del 1% de la población. Y el poder económico se concentra tanto, que pueden comprar al sistema político sin mucho problema: las corporaciones se adueñan de los gobiernos y eliminan todo rastro representativo en el mismo. Siguen usando los mecanismos de la democracia, pero la han vaciado. La polarización va en aumento, poco a poco se diluye la clase media patrimonial. El mecanismo por el cual esto opera —dice Piketty— es la diferencia entre la tasa de rendimiento de capital (r, entre 4-5%) respecto al crecimiento de la economía en su conjunto (g, entre 2-3%): “r g” permite acumular para las siguientes generaciones. Esta espiral acumulativa en riquezas heredadas  tiene dos efectos altamente dañinos: (1) al comprar al sistema político se hacen aún más dominantes y construyen un círculo de mutua alimentación; y (2) rompen internamente a la sociedad: estos ricos no se topan con nadie y se hacen “como invisibles”, y generan capas de ejecutivos que ganan super-salarios, y otras capas en escala, donde la gente al interior de las escalas se comunica, pero entre escalas ya no. Se va edificando una sociedad altamente jerarquizada.

La realidad económica que nos retrata Piketty la podemos observar reproducida en la estructura política: una clase política dinástica que rompe la movilidad ascendente en la distribución del poder, lo que se manifiesta en lo que hace un año denominamos (en esta misma columna) “democracia hereditaria”. Y ya vimos las expresiones monstruosas de los Juniors priístas en las redes sociales, cuando llaman “mugrosos” a los normalistas y expresan un turbador desprecio a su lucha. Esto último es relevante porque habla de un imaginario enclasado lleno de racismo, de esta élite que tiene la pretensión de conducir al Estado en unos años más.

Otra conclusión relevante del texto de Piketty es que des-esencializa la economía: no es un mecanismo económico operando con autonomía el que causa la circunstancia descrita, como lo pretende tanto la curva de Kuznets (que afirma que al principio el crecimiento genera necesariamente desigualdad, y después de cierto límite, la desigualdad disminuye); o Marx (con su principio de la acumulación infinita); como si de mecanismos de pura naturaleza económica se tratara. No: depende de fuerzas políticas. Es decir, esta situación es reversible por vía de la política, especialmente por las políticas que salgan desde el Estado, pero lo cual depende de la estructura de fuerzas en la sociedad entera. En síntesis: la solución de esta situación no depende de mecanismos económicos autónomos, sino que está en el terreno de la política. Y como son justamente las izquierdas las que abanderan los ideales de la igualdad, es por ello fundamental encontrar la manera de que logremos izquierdas sanas y fuertes. Lo cual significa dos cosas: que estén a salvo de la compra que realizan los poderes fácticos del sistema político, y que recuperen su carácter programático: que tengan claridad qué medidas pueden tomar en su lucha por el poder para lograr mayor igualdad y democracia en todas las estructuras del Estado. En otras palabras: ante la oligarquía de la riqueza dinástica, se debe oponer la democracia radical y programas de gobierno altamente redistributivos. Pero para esto, a su vez, las izquierdas deben abandonar su actual pragmatismo y sanear radicalmente su vida interna. Y otra exigencia: la fuerza política requerida para revertir la realidad impuesta por la oligarquía de la riqueza dinástica es mayúscula. Los rompimientos sectarios de las izquierdas hace imposible la tarea. Y además, esa fuerza no se puede limitar al ámbito nacional, sino debe hacer fuerza o red con incidencia en regiones supranacionales. En conclusión: si no se logra formar una fuerza de las izquierdas que empujen por la igualdad y la democratización, la visión que aparece al inicio de la columna será una realidad antes de 2030. ■

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