Compite Jugando con los pájaros por el Abrazo al mejor documental

Compite Jugando con los pájaros  por el Abrazo al mejor documental

■ El filme de la directora suiza se convierte en un retrato de inmovilidad histórica

La escena abre con una persona cortando cactus en algún poblado del semidesierto norteño mexicano. Inmediatamente, la cámara se acerca a su machete y a una punta de lanza, el personaje está, en realidad, cazando ratas. Un corte de toma, la imagen cae sobre una rata viva pegada a la base del cactus, repentinamente una lanza la atraviesa, la ensarta, la levanta y la cuelga en un palo junto con otras del mismo destino. Así comienza el documental  y ópera prima de la directora suiza Simona Canonica, Jugando con los pájaros.

La cinta, producida por México, forma parte de la selección oficial en la competencia por el Abrazo al mejor documental en la 23 edición del Festival de Cine de Biarritz y tuvo su estreno este 30 de septiembre en punto de las 12 horas, en la sala de proyecciones del Casino Municipal, que lució repleta, principalmente, por jóvenes estudiantes y personas mayores.

Canonica se fue a un poblado del norte de México para documentar, lo que a primera vista, podría parecer una denuncia ecológica: las sequías, la tierra desgastada y los ríos resecados. Pero se convierte en un retrato de inmovilidad histórica.

Bien visto, Jugando con los pájaros tiene un guiño a la estructura y objetivo de la película ¡Qué Viva México!, rodada, pero nunca montada definitivamente, por el director ruso Sergei Eisenstein, en 1931.

En ese tiempo, Eisenstein quiso mostrar el proceso de modernidad que México, tras la consolidación de la Revolución, estaba viviendo. Trató de exponer las continuidades indígenas y porfiristas como retos a superar por el nuevo Estado mexicano.

Canonica, a través de los testimonios recogidos y de las imágenes montadas parece probarnos que la modernidad sigue siendo aún un mito. Las historias del viejo del pueblo encuentran eco en las de sus nietos, en las de las mujeres y otros jóvenes de la región; la idea de que el porvenir está en el país del norte porque en México no hay trabajo. En un México que se ama profundamente y se vanagloria por ser un país rico en recursos naturales, pero contaminado por sus gobernantes es una constante en las distintas voces.

La directora nos muestra lo anterior tocando distintos temas: la corrupción de un sistema democrático que se aprovecha del hambre y del analfabetismo; la herencia de métodos artesanales de sobrevivencia alimentados por los recursos locales; la existencia de una economía regional con la casi nula circulación de moneda nacional; las urgencias de emigrar; y, la única novedad en estos miserables pueblos, el agregado del miedo y la amenaza de ser secuestrados o atacados por “los malos”, dígase “los zetas”.

La narración en imágenes es lenta, sin música, sólo con los sonidos propios del ambiente y los sobresaltos provocados por el destripar de las ratas casi al final de la película. La directora consigue construir el sentimiento del eterno esperar. Justo como el de don Ezequiel, el viejo del pueblo, que se sentará a la sombra de una caseta ubicada al lado de las vías del tren a esperar que los pájaros bajen a su maizal para espantarlos; porque será en ese momento cuando sus tierras estarán dando sus frutos y la vida le sonreirá.

 

 

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