Nosotros y la violencia

Nosotros y la violencia

Cada día me encuentro con varias noticias relacionadas con la violencia en alguna de sus múltiples facetas, ya sea por redes sociales o de manera personal, así como esos incidentes violentos que experimento a primera mano pero nunca llegan a ser noticia, al menos no de las que alcanzan difusión mediática: los gritos de los vecinos, el ebrio que termina golpeando en la fiesta, el conocido secuestrado, el asaltante que te amenaza por la espalda o incluso el joven que dejó sus estudios para trabajar y que llama con desprecio “pinche fresa” al excompañero que ahora estudia en una universidad privada.

Conforme uno va creciendo deja de tenerle miedo a la oscuridad para comenzar a temer a lo que se esconde en ella, monstruos que se muestran cada vez más humanos. Así va uno acostumbrándose al miedo, a ignorarlo, a mostrarle una mirada indiferente; y la manera más fácil de lograrlo no es combatiendo el sentimiento, sino familiarizándose con su causa: la violencia.

Vivimos en una sociedad sumida en la violencia, siempre tan cerca y tan presente que ya no la reconocemos como tal. Antes se decía que los medios mostraban una violencia idealizada. Ahora ésta se vive día a día, cara a cara en el mundo: en la calle, en la escuela, en la casa. La confrontamos y la practicamos a cada momento. La hemos vuelto moneda corriente (y la relación entre violencia y poder adquisitivo no es casual).

Pero ¿cuál es su origen? Ervin Staub, en su libro Los Orígenes del Mal postula que ciertas características de una cultura y la estructura de una sociedad, combinadas con grandes dificultades de bienestar y desorganización social son el punto de partida para el asesinato en masa. El concepto que una cultura tiene de sí misma puede colocarse a veces en relación superior a otras. Si esa superioridad es puesta a prueba por hechos históricos, el sentimiento de duda sobre el valor de una cultura propia puede despertar una fuerte necesidad psicológica de auto protección, de defensa. Aparecen entonces características culturales como el nacionalismo o una fuerte diferenciación entre un “Nosotros” y un “Ellos”. Asimismo, si la cultura es monolítica más que pluralista, entonces la exclusión de un subgrupo tiende a ser marcada y las probabilidades de violentarlo aumentan.

¿Con cuántas de estas características se identifica nuestra sociedad? Desde mi punto de vista, con todas. ¿Cuáles son esas “dificultades de bienestar” que menciona Staub? Condiciones económicas negativas; inestabilidad política, tanto interna como externa; violencia criminal creciente y cambio social y tecnológico acelerado que traen consigo un profundo temor a ‘quedarse atrás’. Así pues, tales dificultades producen inestabilidad mental, lo que lleva a la gente a buscar una solución radical a sus problemas. Es común que estas soluciones involucren actos violentos en contra de un subgrupo como medio para satisfacer las necesidades psicológicas, económicas y sociales creadas por la desorganización social.

En ese sentido, México sufre una economía decadente que no hace sino crear e incrementar abismos entre los estratos sociales. De ahí que aquellos de alto nivel económico perciban a los de bajo nivel, si bien no como enemigos, sí como algo que podría eliminarse. De modo similar, los pobres, deseosos de tener una vida mejor, miran con envidia y rencor a los ricos. Al mismo tiempo, el grupo intermedio se paraliza temeroso ante ambos extremos. Por consiguiente, los dos grupos se excluyen mutuamente con la no tan secreta esperanza de la erradicación del otro.

Es en este escenario en el que la violencia aparece. Se presenta como la técnica más efectiva para superar los obstáculos. Se infiltra en nosotros de manera sutil y nos ofrece posibilidades vedadas: si no lo gano puedo robarlo, si no me agrada puedo insultarlo, si me molesta puedo golpearlo, si me estorba puedo eliminarlo. Las nuevas generaciones crecen con este credo. Si bien, la violencia ha estado presente a través de toda la historia humana, antiguas concepciones sobre ella se han perdido. La violencia actual no tiene nada de sublime ni de majestuosa, si es que semejantes adjetivos le son realmente acordes. Nuestra violencia está pasando, con una rapidez exponencial, de ser un medio a un fin en sí mismo. “Chingar por chingar”, por el mero placer de imponerse a otro, como la forma más básica de autoafirmación.

De cualquier modo, todos queremos resistir y prosperar, sóloque ahora hemos aprendido que eso requiere hacerlo sobre los demás, pues somos incapaces de reconocernos en una cultura común, de llamarnos “nosotros”. Esta ‘pedagogía venenosa’ se sustenta en un sistema político y cultural construido sobre mentiras (también una especie de violencia, puesto que atacan la verdad). Mentiras que prometen la victoria propia y que disfrazan de superación personal la imposición a los demás; mentiras que se difunden a través de los medios de comunicación y que son consumidas por el pueblo para ser redirigidas a la clase gobernante, constituyendo así una retroalimentación de vanas ilusiones y peligrosas idolatrías (como ejemplo, la deformación del corrido, tan particular y representativo de nuestra historia y cultura, en narco corrido, proponiendo un modelo a seguir como El Komander, predicador de la violencia en su máximo esplendor). ■

 

Bibliografía

Bellinger, Charles K.,  The Genealogy of Violence. Reflections on Creation, Freedom and Evil, New York, Oxford University Press, 2001.

Kierkegaard, Sören, Tratado de la Desesperación, Trad. Liacho, Carlos, México, Grupo Editorial Tomo, 2005.

Neumann, Erich, Depth Psychology and a New Ethic, New York, Harper & Row, 1973.

Paz, Octavio, Los Hijos del Limo, consultado el 20/07/2014 en http://iberoamericanaliteratura.files.wordpress.com/2012/08/95755561-paz-octavio-los-hijos-del-limo1.pdf

Sartre, Jean-Paul, El Existencialismo es un Humanismo, Trad. Rutiaga, Luis, México, Grupo Editorial Tomo, 2010.

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