Viajar y autodescubrirse

Viajar y autodescubrirse
  • Inercia

Una constante en la literatura, principalmente en las mitologías y en la narrativa, es el elemento del viaje. Tanto en La Ilíada de Homero como El Quijote de Cervantes y hasta Seda de Baricco, por mencionar algunas, los motivos principales de los personajes son el traslado físico a otros lugares con el fin de descubrirse a sí mismos.

Muchas teorías literarias indican que el viaje representa la salida del mundo conocido, donde el espacio y el ambiente son parte de la cotidianidad que controla todo, para entrar en lo desconocido, región en la que nada es esperado y por lo tanto es permitido que todo suceda.

Uno de los personajes literarios más familiares para los zacatecanos, es sin duda Ramón López Velarde, quien dedica una importante parte de su obra para describir ese proceso de conocimiento que se lleva a cabo al salir del lugar de origen.

 

Los primeros pasos

Viajar implica movimiento, acción y efecto, estar y no estar. Desde antaño, el pueblo mexica (o bien, mexicano), como lo muestra su mitología, salió de Aztlán, emigró, viajó, comenzó su movimiento para consolidarse en aquella, la tierra prometida que siglos después hubo de ser violada por España. El viaje es el inicio de las historias, de los héroes y de los mitos.

Muchos cuentos, novelas y poemas relatan la vida en pequeños lugares, lejos del caos de la ciudad; son sitios que suelen ser descritos como idílicos santuarios en los que el hombre puede tener una vida apacible, en contraposición con la ciudad que aparece como un terreno temible.

En la novela de Jean-Jaques Rousseau La nueva Eloísa, que data aún del romanticismo, su protagonista Saint-Preux realiza el movimiento del campo a la ciudad, y al escribir a su novia le confiesa: “estoy comenzando a sentir la embriaguez en que te sumerge esta vida agitada y tumultuosa. La multitud de objetos que pasan ante mis ojos, me causa vértigo. De todas las cosas que me impresionan, no hay ninguna que cautive mi corazón, aunque todas juntas perturben mis sentidos, haciéndome olvidar quien soy y a quién pertenezco.”

Saint-Preux experimenta el proceso de dejar de pertenecer al pueblo pequeño, de olvidar su gentilicio para identificarse como uno más de millones que habitan en la metrópoli, donde todo es ruido y “un choque perpetuo de grupos y cábalas, un flujo y reflujo continuo de prejuicios y opiniones en conflicto…”, en otras palabras, un lugar donde para ser quien se es, hay que luchar y competir.

El poeta jerezano experimentó en carne propia lo que al personaje francés de Rousseau, y de manera magistral lo relata en su poesía, donde encontramos por un lado el amor idealizado por su pueblo natal pero también la fascinación de la ciudad moderna, como un monstruo que abraza todo.

 

Sin retorno

Se piensa que un viaje tiene implícito un regreso, y sin embargo, hay viajes sin retorno, porque aunque haya una vuelta al lugar de origen, hay un cambio significativo de perspectiva y personalidad. Siempre algo se trastoca. Hay en el ojo del viajero un nuevo ángulo que comienza por intoxicar todo a su alrededor independientemente de donde se encuentre.

Los primeros poemas de López Velarde, incluidos en La sangre devota, ofrecen hermosas imágenes sobre la vida en provincia; costumbres, personajes, paisajes son honrados en las páginas del poemario con una pluma tan precisa que parecen cobrar vida.

Sin embargo, en la segunda obra del jerezano existe una transición considerable, dado que el poeta se mueve a la capital del país a vivir. Tanto el lenguaje como los temas comienzan a desapegarse del pueblo natal para permitir la entrada a nuevas sensaciones.

Aunque este escritor falleció tempranamente a la edad de 33 años en la Ciudad de México, se publicaron dos libros más de él tras su muerte, El Minutero y Al son del corazón. En el poema En el solar incluido en El Minutero, ofrece poesía en prosa donde se lee como alguien que ya no puede volver: “Contra mi voluntad emprendí el temido regreso al terruño.”

Y además, incluso se desconoce en tal lugar: “La ciudad jerezana me tienta con un mixto halago de fósil y de miniatura. Divago por ella en un traspiés ideal y no soy más que una bestia deshabitada que cruza por un pueblo ficticio.”

El origen es un punto fijo en la deriva, es decir, ya es movible; el origen no está más en el lugar de residencia, sino que está en el poeta, donde quiera que éste se encuentre. Por eso es que, en todas partes se puede sentir como un extranjero pero también el colonizador.

La salida de la zona primigenia conlleva a una confrontación propia, y el poeta lo explica: “he hecho un descubrimiento: ya no sé comer. De convite en convite, mimado por la urbanidad legendaria de aquí, he comprendido mi decadencia.” En otras palabras, no sólo se trata de viajar para descubrir entornos diferentes, sino para hacer un autodescubrimiento que sólo es posible enfrentándose a lo desconocido, es ahí donde se posibilita encontrarnos como héroes o villanos de nuestro propio poema. ■

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