Ser papá

Ser papá

El canto del Fénix

Durante años, lo confieso, tuve miedo a ser papá. Tuve miedo, por tanto, a traer más vida a este mundo. ¿Quién era yo, un inmaduro, un niño permanente, un coleccionista de errores, para guiar a otro niño? ¿Cómo enfrentarme a esta vida quedando a la cabeza de los pasos de alguien más?

Secretamente admiré entonces la valentía de quienes sí “se animaban” a concebir, amigos y compañeros de generación. ¿Y si en los próximos años no logro una estabilidad económica, y si traigo sólo dificultades para aquéllos a quienes debo proveer al menos de lo más indispensable? Dicen que el miedo es un mecanismo de supervivencia, que lo ayuda a uno a mantenerse alerta. Aun así creo que también existen miedos por demás estúpidos.

Pero llegó el minuto en que me reproché esa estupidez y enfrenté lo que tenía que venir. Claro que también reconsideré cuan grave encomienda es ésa de reproducirse. Tan fascinante como terrible el pensar que junto con lo bueno se heredará lo malo. Reinan en los hijos disposiciones, que vienen por la genética, y que pueden orientarse por la educación.

Se leerá tonto esto: todo proceso es gradual. El de ser papá, eminentemente, lleno de luces y sombras, de desvelos, paciencia y reflexión. Un hijo es más poderoso que cualquier ángel de la guarda. Un hijo está ahí como gran vigilante y aprendedor de nuestras actitudes, decisiones y valores. Frente a él o ellos se obliga uno a ser mejor, a conservar integridad, a actuar con la mayor rectitud posible.

Los anglosajones tienen una palabra para definir eso a lo que ahora me acerco: Heritage. Nosotros solemos traducirlo como “herencia”, pero va más allá que eso. Es legado, imagen familiar y prestigio, trayectoria que deja el o los patriarcas. El término anglosajón tiene que ver con tradición, no con lo material, lo recaudado por alguien hasta el final de sus días.

En ese contexto, tengo esa encomienda de abanderar un legado. Se gastará primero cualquier dinero que yo deje tras mi muerte que el buen o mal nombre por mí labrado. Como en el momento del nacimiento de mis hijos, también tras mi fallecimiento ellos heredarán de mí todo lo bueno y lo malo.

Ser papá me es la más grande responsabilidad. Ya no tengo tanto miedo, es cierto. Después de ocho años, me sienta bien este deber, con él me siento bien. He hecho las paces con mi fobia. No soy el papá perfecto ni lo pretendo; aunque sí quiero seguir siendo un papá feliz.

Ser papá es el padre de todos mis retos. Ser papá es un espejo por el que me contemplo a cada rato, ante cada acción. Ser papá es la mejor de mis conciencias. Ser papá me guía para ser al menos como mi papá: héroe anónimo, secreto, esforzado con glorias no publicadas. Entregado siempre, vencido nunca.

Ser papá es el disfrute que con más intensidad sufro: un modo más efectivo para gozar esta vida. ■

 

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