El anuncio de que el obispo Sigifredo Noriega Barceló daría una conferencia magistral en la Unidad Académica de Filosofía bastó para que un sector de la Universidad Autónoma de Zacatecas respingara en su intolerancia y reclamara la “aberración” de invitar al obispo a la universidad pública a exponer sus puntos de vista “anticientíficos” en el foro ¿La ciencia es la respuesta para todo? programado en el mes de septiembre.
¿Por qué en una universidad pública como la UAZ y en la unidad académica de filosofía se atreven a invitar a un obispo?
¿Será eso un pecado desde la superioridad moral de la izquierda? ¿Acaso no es la filosofía la rama del conocimiento que nos invita a todos y todas a pensar libremente a construir desde diferentes enfoques e ideologías un mundo donde quepan muchos mundos?
¿Desde cuando en la universidad pública se debe prohibir hablar de algunos temas o impedir que algunas personas o alumnos ingresen a ella o participen de ella por pensar de una forma contraria a un supuesto deber ser?
La universidad pública es el recinto donde las diversidades de pensamiento confluyen, quizá eso no lo entendió el director de la Unidad Académica de Filosofía doctor Leobardo Villegas Mariscal y ante las protestas por atreverse a invitar al obispo al lugar donde por excelencia confluyen pensamiento, tolerancia, libertad, diversidad, salió a deslindarse del atrevimiento laico y de invitar a un representante de la iglesia católica.
Hace pocos días estuve el museo de Memoria y Tolerancia en la Ciudad de México, ahí en ese espacio se exhibe la capacidad que tiene el ser humano para destruirse, para hacer el mal, y entonces se muestran los genocidios que se han cometido iniciando con la visión de la Supremacía Alemana Nazi que aniquiló a por lo menos 11 millones de personas por considerarlas inferiores, entre ellas 6 millones de judíos.
Después el genocidio en Ruanda, donde en 100 días 800 mil tutsis fueron asesinados con machetes porque los hutus los consideraban inferiores.
O cómo en Guatemala el ejército aniquiló a más de 600 aldeas mayas y a poco más de medio millón de indígenas “Naturalmente si una operación subersiva existe, donde los indígenas están involucrados los indígenas morirán” decía el General Efraín Ríos Montt Presidente de Guatemala durante el genocidio 1982-1983.
También en este museo que en 17 años ha sido visitado por más de 6 millones de personas se muestran los genocidios en la ex Yugoslavia, en Camboya o Darfur, este último donde el Gobierno de Sudán atacó a grupos étnicos no árabes dejando más de 300 mil muertos y millones de desplazados.
¿Y cómo empezaron estos genocidios?
Por la incapacidad de escucharnos unos a otros, como principio básico para alcanzar el más mínimo nivel de respeto, todo ello fincado en la raíz de la intolerancia que nace de creer que un grupo de personas o un pensamiento es tan único que los demás no son dignos siquiera de existir.
Por eso es preocupante que en la UAZ se haya reaccionado desde la “superioridad” para impedir que un pensamiento entrara al santo recinto universitario, que lo es en tanto que en él se construya la paz aún entre el sinnúmero de discordias y aberraciones que la habitan.
La única manera que la UAZ, Zacatecas, nuestro país y el mundo serán distintos es en la medida en que incorporemos la tolerancia, el diálogo y el respeto entre todas y todos para tejer desde ahí la paz.
Que en la UAZ se escuchen todas las voces y confluyan todos los pensamientos en libertad, sin miedo.
¡En mi universidad no puede entrar la iglesia católica ni la derecha! gritaban algunos escandalizados. Los genocidios iniciaron así, con el espanto hacia la otredad que tan bien describen Umberto Eco y el Cardenal Carlo María Martini en el clásico “En qué creen los que no creen”.



