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miércoles, 27 octubre, 2021

El cine: la envoltura

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El señor Abtahi salió temprano de su trabajo. Las calles de downtown estaban limpias, como siempre. Salvo el cuatro y cinco de julio, fechas en las que las calles estaban cubiertas de confeti y banderines tricolores. Azul, blanco y rojo. En esta ocasión, quiso salir. No había mucho por hacer. De un tiempo para acá, las noticias se habían reducido. Contingencia y estadísticas. Sin duda, esta situación lo agobió y necesitaba refrescarse, aunque sea por unos minutos. Caminó hasta la estatua de George Washington y dobló a la derecha. Unos metros más adelantaba estaba el único cine del pueblo. Detestaba ir a ese complejo y el servicio nunca era bueno. Repetía al menos dos veces su orden a los empleados de dulcería. Los pasillos estaban sucios. Nunca podía mantener prolijos sus zapatos. Olía a humedad y los baños hedían.

Cuando niño había dos cines más, uno sobre la calle principal y el otro cerca de la oficina postal. El dueño del primero lo vendió cuando se mudó a Lincoln y el nuevo dueño lo convirtió en un banco gris y sin carisma. El segundo se incendió y no hubo mucho que salvar. Se prefirió convertirlo en un estacionamiento insulso. Su padre le causaba gracia esta decisión. No había muchos vehículos y auguraba que éste no prosperaría. Irónico. El banco y el estacionamiento están aún en funciones y su padre en la tumba, desde hace dieciocho años.

El señor Abtahi llegó a la taquilla del cine. Se acercó a la joven y le sonrió, aunque comprendió de inmediato que ella jamás vio ese gesto. Ambos llevaban una careta y un cubrebocas blanco. Le preguntó si había servicio. Sí lo había, aunque él debía seguir el protocolo de seguridad. Abtahi miró la cartelera y realmente no le atrajo alguna de las películas. Sin embargo, decidió por una, la secuela de la Mujer Maravilla. La joven se sorprendió, aunque era la próxima película por exhibirse. Le cobró el precio de los jubilados y Abtahi agradeció. Se apartó a un costado para que otros clientes compraran sus boletos y reconoció a uno de sus alumnos de la escuela dominical. Iba solo. Abtahi saludó al joven y él sonrió bajo el cubrebocas. El estudiante preguntó sobre su salud y cómo han sido sus días. Meses difíciles, Abtahi le dijo, el trabajo se redujo y las notas informativas se han vuelto dolorosas y constantes, por no decir redundantes. Hace unos días, mi padre falleció a causa de neumonía, el estudiante respondió, pero todo fue tan extraño y sorpresivo. Abtahi quiso saber más, pero no tenía una relación tan íntima con su estudiante. Su relación solo era de alumno y profesor, aunque no podía dejar de percibir cierto desconsuelo y malestar en la voz del estudiante. Comprensible. Las muertes no dejan de ser impactantes. No me enteré, Abtahi dijo, cuánto lo siento, no tengo palabras.

Abtahi tomó su entrada y leyó el título. 1984. Recordó a Nayla, su compañera de clases. Una joven etíope que solía llorar en uno de los jardines del campus. En una ocasión, se acercó a la mujer y le preguntó la razón de su llanto. Hambruna. Intentó consolarla, pero ella se cambió de lugar antes de que él pudiera decir algo más. Abtahi no sabía si un abrazo a su estudiante pudiera ayudar, hacerlo sentir mejor, pero, ante estas circunstancias, era imposible.

El estudiante agradeció las palabras de su profesor. ¿Hace cuánto que no lo veía? Ni idea. Recordó. En una de las clases, el profesor Abtahi les encargó un ensayo sobre una novela que les haya gustado. En ese momento, él había terminado de leer “1793”, aunque no sabía si realmente le había gustado. Era la primera vez que leía a Och Dag y solo tenía escasas referencias sobre este libro en particular. Finalmente, decantó a “Baudolino”. Novela extraña. El profesor elogió su trabajo y el estudiante no dejaba de pensar si era una alabanza por partida doble a la novela. ¿Cómo saberlo?

El estudiante se acercó a la empleada y compró una entrada para la próxima película. La misma. Dicen que esta película es acorde a nuestros tiempos, el estudiante dijo, aunque no sé con exactitud a qué se refieren con esta expresión. Bastante amplia, ¿eh?, Abtahi dijo, cuando joven solía ver la serie con Lynda Carter. Parece ser que aparecerá, pero ¿no cree que es excesivo? Lynda nunca es excesiva, Abtahi rió. Se supone que es un golpe de timón a todo ese universo, que tan mal les ha salido. Todo esto de los universos me provocan jaqueca, Abtahi dijo, nos quieren vender como nuevo el fenómeno de la metatextualidad. Yo pienso que es puro interés comercial, el estudiante dijo, no hay un genuino interés por hacer cine. Hace uños, los actores que hacían películas sobre superhéroes eran mal vistos, Abtahi dijo, vestirse con mallas y los calzones fuera de la ropa se lo dejaban a los circenses. Pero los tiempos cambian, la empleada dijo, las necesidades son distintas; además, hay un interés por rehacer o readaptar mitos en nuestros tiempos. Cierto. ■

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