La Gualdra 627 / Café / Río de palabras
En sus inicios se creía que el café, al ser un producto divino, tenía poderes curativos mágicos. Uno de los hombres más sabios de la Edad Media, conocido en Occidente como Avicena, en su Canon de la medicina elogia las virtudes curativas del café. No se sabe bien cómo ni exactamente cuándo, pero se considera que los sufíes de Yemen que tenían intercambio con La Meca divulgaron el café; propiciando su difusión en Occidente. Cerca de las mezquitas se establecieron puntos de venta y de consumo donde peregrinos musulmanes propagaron el café por todo el orbe. Pronto el consumo del café se difundió por Europa. Se tienen las primeras noticias en 1573, de que fue Leonhard Rauwolf, botánico alemán que conoció el café en establecimientos en Siria y describió en sus relatos de viajero su preparación. Aunque también se atribuye a otro viajero de Padua, Próspero Alpino contar sus aventuras por Egipto, y a su regreso 1592, publicar un libro sobre plantas donde menciona e ilustra el bon o bun cuyos frutos sirven para preparar una bebida enigmática.
También tenemos noticias de que el científico inglés William Harvey, descubridor de la circulación de la sangre, fue asiduo consumidor del café en sus viajes de estudio en Italia al compartir la afición de compañeros de estudio árabes. Tal fue su amor al café, que a su muerte dejó en su testamento al Colegio de Médicos una herencia cafetalera consistente en 56 libras del preciado regalo divino para que sus colegas se reunieran cada aniversario para degustarlo. Posteriormente el empirista Francis Bacon alaba los prodigios del café según consigan franceses como Voltaire. A mediados del siglo XVII el consumo del café comienza a esparcirse como pólvora por toda Europa. Otro viajero francés de nombre Jean de Thévenot consigna en Dessein de Voyager el procedimiento para hacer una bebida por demás beneficiosa –según sus palabras:
Ponga agua hervir en un pocillo, cuando haya hervido añada café en una cuchara sopera rebosante, y cuando suba el hervor quite del fuego, o mejor darle vueltas con una cuchara para que no salga lo mejor. Cuando la ebullición se haya levantado suficiente, servirlo en tazas de porcelana (Lascasas Monreal 27).
Todos los viajeros elogian sus virtudes energizantes y curativas. También se cuenta que el rey español Carlos II el Hechizado y el rey de Francia Luis XIV firmaron importante acuerdo junto al río con una bebida consagratoria del Tratado del café. A fines del siglo XVII se publicó el emblemático, y nada breve, título Carta que escribió un Médico Cristiano, que estaba curando en Antiberi, a un Cardenal de Roma, sobre la bebida del Cahué o Café. El consumo del café se fue difundiendo en toda Europa por sus efectos medicinales, a tal grado, que muy pronto se implementaría una pausa para el café universalmente conocida como coffee break, favoreciendo así, un almuerzo provechoso con mayor rendimiento al alcance de todas las personas. Un explorador llamado Pietro Verri le atribuye que: “El café alegra el alma, despierta el espíritu, es diurético para algunos, aleja el sueño a muchos y es particularmente útil para los que se mueven poco y cultivan las ciencias” (Lascasas Monreal 33). Un experto en gastronomía y café señala que:
El primer cultivo cafetero del continente americano fue emprendido por los holandeses en Surinam, en 1714, con plantas procedentes de Java. Si Holanda, país comerciante por excelencia, había conseguido anteriormente romper el monopolio yemenita y llevar el café a sus colonias del océano Índico, era lógico que aspirara a seguir obteniendo beneficios de este cultivo en sus colonias americanas. Así, la exclusividad del Yemen fue sustituida por la de Holanda con una fuerza mayor, ya que además de tener más tierras para cultivar, los holandeses tenían una red comercial y de transporte muy superior a las caravanas de la península arábiga. Holanda abrió el camino para que el café dejase de ser un producto escaso, pues desde esta fecha proliferaron los cultivos en América por parte de franceses y, sobre todo, de portugueses que hicieron de Brasil una fuente inagotable (Lascasas Monreal 33).
Entre los relatos míticos y leyendas fundacionales se cuenta que el teniente francés Gabriel Mathieu d´Erchigny de Clieu, después de zarpar de Nantes en mayo de 1723, se le atribuye el honor de introducir una planta de café en la Martinica no sin sortear dificultades y peripecias. Si bien, hay otras versiones que consideran que en la Guayana francesa ya había plantaciones de café traídas de contrabando de las colonias holandesas de Surinam. Tanto en Europa como en América, muy pronto, el café va a ser elogiado por sus atributos benéficos, no sin tener detractores por sus embrujos maléficos y heréticos, propiamente musulmanes. Parecería una anécdota chusca pero el consumo de café como bebida en Etiopía, uno de los lugares de origen, no fue permitido sino hasta el siglo XIX, irónicamente, por su consideración de ascendencia musulmana.
[Continuará]
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