Un homenajito

Un homenajito

Hacia el final de los años sesenta del siglo XX, y cuando el término globalización estaba a décadas de volverse moda y usura planetarias, en distintos –y distantes– meridianos de la tierra, los jóvenes del mundo, por primera vez en la historia universal, fueron capaces de globalizar la indignación. Cierto, todos esos movimientos de rebeldía cívica, país por país, fueron derrotados. Pero no debemos olvidar que las simientes de sangre joven y limpia, esparcidas bajo el vituperio y la represión, no suelen florecer en un año, un lustro y a veces ni en varias décadas, pero, gracias a sus germinaciones secretas en la carrera de relevos que impone la memoria, suelen fructificar en tensiones de dignidad alternativa para mantener en vilo el coraje de los pueblos con vistas a los deberes del futuro.

En México también eran tiempos de espanto nacional. Aún punzaba en las conciencias la visión de la muerte desatada en Tlatelolco y nos alucinaban desde las páginas de la “prensa vendida” los conceptuosos desplegados de la patria satisfecha pagados por el partido en el poder, los consejos de administración de las “fuerzas vivas”, el sindicalismo amordazado por las cláusulas de exclusión y exclusividad, los jilguerillos de la ciudadanía insonora y por el aire, vía Jacobo Zabludovsky, el aplauso delirante en ambas cámaras porque el prócer había salvado a la patria del demonio comunista que recorría los meandros de la UNAM y el Politécnico Nacional arrastrando sus cadenas para aherrojar a sus minusválidos hijitos.

Cercenadas aquellas voces discordantes y todavía fluyendo sangre de los cuerpos en la plaza, la noticia principal horas después decía: “Hoy fue un día soleado”, que desveló para la posteridad el susodicho comunicador como para bajarle el estrés a los muertitos. No era para menos. Éste, igual que su jefe, se asumían sin rubor soldados del Presidente. “Se respira un ambiente tranquilo”, lo remedaron los otros noticiarios. Y, por añadidura, qué satisfacción haber rescatado la dignidad de la patria frente al mundo al salvar los decimonovenos juegos olímpicos, cuyo lema, paradójicamente, ofrecía y deseaba la paz para todos los pueblos de la tierra, aunque para el México farisaico de la zanahoria o el garrote, las opciones sólo fueran la anónima fosa clandestina, los profilácticos vuelos de la muerte inaugurados meses después en el Lago de Chapala y la diligente incineración de los cadáveres, esa ordalía incesante también de nuestros días, y no sólo para 43 normalistas sin epitafio ni descanso. Ellos, los asesinos, acariciaban la ingenuidad, a la larga siempre fallida, de que nunca se conocería la dimensión del crimen.

Incluso la jerarquía eclesiástica, con la simbólica metida de tranca al templo de Santiago Apóstol negándole un refugio a los sitiados por la metralla y el espanto, convalidaría, con su mesura cómplice, las hipótesis en que se montó el estrago. Más que al Cristo humilde y compasivo, fueron leales a los dogmas continentales del imperio, empeñado en cercenar a nuestro país de su engaste natural latinoamericano: “¡No toleraremos otra Cuba en el traspatio, cristianismo sí, comunismo no!”. Para ellos no existía síntesis posible entre el mejor Marx y el mejor Cristo, como un día soñara La Teología de la Liberación con sus sentidos de comunidad y convivencialidad puestos en marcha en Cuernavaca por el “obispo rojo”, motete impuesto por la ultraderecha a Don Sergio Méndez Arceo.

En 1968 la insubordinación cultural a la mexicana ya tenía unos años de andadura, estimulada en sus inicios por oleadas contraculturales desde el vecino país del norte: el movimiento hippie, el amor libre, el rock, la literatura beat, la píldora anticonceptiva, el arte pop, las protestas contra la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles encabezada por el pastor Martin Luther King y, por desgracia, el abuso de las drogas como comportamiento identitario.

En nuestro país, es cierto, era una inconformidad bastante desorganizada y un tanto light que abarcó desde las desobediencias a papi (papi progenitor, papi preceptor, papi represor) hasta novedosas recreaciones del arte y de la moda, algunas casi de bisutería. Pero estas desobediencias todavía no estructurales tuvieron la virtud de abonar la tierra sobre la que, en la década siguiente, la circunstancia nacional se iría insuflando de militancia antisistema, como para no dejar piedra sobre piedra del Estado alcahuete en que les tocó nacer, desde sus imposturas seudorevolucionarias hasta sus oportunistas recambios ideológicos calcados de la guerra fría.

La opción por paradigmas no cívicos de lucha se gestaría a partir de aquel martirologio estudiantil diazordaciano que produjo los primeros tiros de calentamiento armado en 1969, a pesar de las advertencias por un historial de atrocidades contra Rubén Jaramillo y su familia en Morelos, Arturo Gámiz, Pablo Gómez y sus compañeros en Chihuahua, los solicitantes de tierra, los indígenas, los petroleros, los ferrocarrileros, los maestros, los médicos internos de los hospitales públicos, etcétera; que tomaría estado de insurrección a partir del jueves de corpus sangriento echeverrista (1971) y que se saturaría de variopinta rebelión, desde las guerrillas selváticas y urbanas hasta la lucha social de masas, afectando todos los espacios de la cotidianidad durante la llamada guerra sucia, técnicamente clasificada como “de baja intensidad”, aunque para los muertos, los torturados y los desaparecidos que tanto reclama Doña Rosario Ibarra, esa madre insomne, la intensidad siempre fue de alto voltaje.

Si en Tlatelolco la mano ejecutora fueron los matarifes del Batallón Olimpia y en San Cosme los Halcones entrenados por la CIA y el Profesor Zovek, en los setenta, nuestra década obsesiva, fueron los SWATS de la Dirección Federal de Seguridad y la Brigada Blanca. Todos ellos sicarios orgánicos del régimen, para el que, casi como vulgar replicante de La Cosa Nostra en tiempos de los Kennedy, cito: “Por la acción de la propaganda política podemos concebir un mundo dominado por una Tiranía Invisible que adopta la forma de gobierno democrático. Bajo esta condición, una democracia como la mexicana puede obtener niveles de control popular equivalentes a los que lograría, por la violencia y el terror, una dictadura”, estrategia perversa del filósofo Emilio Uranga del grupo Hiperión, discreto consigliere de López Mateos, Díaz Ordaz y Echeverría Álvarez, según investigación del periodista Jacinto Rodríguez Munguía, estrategia con la que se asesoraron el PRI y la Secretaría de Gobernación durante aquellos lustros. Esa era la profunda marca de agua de la infamia institucional.

Después de Tlatelolco y San Cosme se desplegó, por los múltiples caminos de la indignación, un arte emergente, contestatario y no pocas veces militante por las causas de los perpetuos excluidos, cuyos epicentros, aunque no los únicos, fueron las universidades públicas, como La Amadísima UAZ, desde las que irradió, también, una academia multidisciplinaria y crítica que, como las aves que en busca de la nutritiva lombriz escarban después de la tormenta, se introdujo a extraer de las entrañas de la historia muestras profundas para hacerle biopsias a la patria y saber por fin, ¡carajo!, quiénes éramos y cuál la fécula maldita de nuestras seculares desdichas colectivas, desde Santa Anna hasta nuestros santos días de cólera. ¿Qué es y para qué nos ha servido esta novia cruel, esta concubina impúdica, esta falsificación homérica asignada por el dedo de Dios como destino según la superstición decimonónica del Himno Nacional?

Cincuenta y cincuenta y tres años después respectivamente de aquellas fechas se impone al menos una preguntita, sobre todo para quienes decimos cuestionar el paradigma neoliberal: más allá de gimoteos y puñitos iracundos, ¿de qué manera honrar, hoy, la memoria de los nuestros en tiempos de egoísmo desalmado?

Ojalá que en los años por venir encontremos cada cual nuestra respuesta.

 

Desde La Amadísima, amigo Abel.

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