Es hora de mirar su corazón flotante

Es hora de mirar su corazón flotante
Juan Manuel de la Rosa. Montaña Roja. Grana cochinilla sobre papel. 56 x 76 cm. De la serie 'Diáspora personal, Inmigración y desplazamiento'. 2019. Foto de Roberto Ortiz Giacomán.

La Gualdra 488 / In memoriam Juan Manuel de la Rosa [1945-2021]

 

 

La vida y la obra de Juan Manuel de la Rosa no se acomodó, no se acomoda, a la metáfora bíblica de la travesía en el desierto; el éxodo de quien se ve obligado a internarse por un paraje inhóspito, ese áspero lugar que hay que atravesar en medio de penurias, rogando por el maná, huyendo siempre hacia una tierra fértil, prometida. Todo lo contrario: su paraíso fue el desierto, lo concibió como lugar de plenitud, no de penuria. Su vida y su obra coincidieron en esa operación poética, la de transvalorar el desierto en plenitud sapiente y vitalista, reconvertir el paisaje de la necesidad en terrario benefactor. Juan Manuel de la Rosa quiso revelarnos las fecundas potencias de nuestra Aridonía —empleo el término acuñado por Abel García—; su obra artística fue una de las maneras de ejercer —y querer contagiar— su ministerio filantrópico. Supimos de su entusiasmo por la poesía y pudimos compartirlo en su ardiente conversación; queda también ahí su misión educadora, dentro y fuera de nuestro país y de nuestro desierto, queda la creciente y flotante (como su corazón) biblioteca de Sierra Hermosa, queda su activa preocupación por los más jóvenes y su credo humanista.

En estos meses de obituario perpetuo nos hemos familiarizado con las metáforas del peregrino: se adelantó, buen viaje, donde quiera que esté; encuentro que en su buena voluntad de paliar el dato crudo de la muerte, estas frases no siempre se llevan bien con la memoria de nuestros compañeros de viaje. Juan Manuel de la Rosa supo ver en el desierto no un paisaje hostil, sino un espacio de prodigios; un lugar de acogida y de discreta —pero invencible— fecundidad: una feliz morada. El desierto era —es— para él, un lugar donde puede flotar el corazón, elevarse, como el corazón que el poeta López Velarde quería arrancarse del pecho para sacarlo a ver la luz, para elevarlo triunfalmente, como señal de su fraternidad con los hombres y mujeres de todas las centurias.

Me despido así de Juan Manuel de la Rosa, cuya edad se termina; pero no me despido de su corazón lumínico y flotante, filántropo, presente; que sigue aún, que alcanza todavía la huella del desierto. Pretendía escribir un poema, a manera de mínimo obituario; al silenciarme para hacerlo, me vinieron los versos que el maestro Eckhart dedicó al grano de la mostaza; en este caso idóneos. Transcribo la versión de Amador Vega:

 

Abandona el lugar, abandona el tiempo,

¡y también la imagen!

Si vas sin camino,

por la senda estrecha,

alcanzarás la huella del desierto.

 

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