Seguridad, el mayor anhelo

Seguridad, el mayor anhelo

Cuesta creer que en el nivel de violencia en el que se encuentran varios municipios de Zacatecas, haya valientes que se animen a postularse para gobernarlos.

El mejor ejemplo es Monte Escobedo, cuyo alcalde se encuentra a la distancia, y su secretario de Gobierno renunció, de tal forma que quedó al frente un personaje aparentemente enviado por Gobierno del Estado para darle el mínimo rumbo a la demarcación.

No es la primera vez que la inseguridad aprisiona de tal manera a autoridades municipales, algo similar ocurrió hace tiempo en Atolinga, y de todos es sabido el ignominioso asesinato del presidente municipal de Florencia, que fue sacado de las instalaciones de la Unión Ganadera (asociación que también presidía) en el Centro Histórico de la Ciudad.

En las administraciones actuales tanto la policía de Zacatecas capital como la de Guadalupe han recibido ataques directos, la primera incluso vivió el asesinato de su segundo al mando recientemente, y un mes después, es decir hace algunos días, el ataque de su ex director.

Ni qué decir del Centro Regional de Readaptación Social de Cieneguillas, tristemente célebre a nivel nacional e internacional por sus fugas masivas, 53 en el sexenio de Amalia García, y 12 de una sola vez en el actual. Además de sus hechos violentos que han dejado víctimas fatales, o el más reciente motín, que tuvo el centro en control de sus internos por varias horas.

A todo eso hay que agregarle que Estados Unidos mantiene una alerta de viaje para el estado, solicitando a sus ciudadanos reconsiderar sus visitas hacia acá.

El estado tiene ya en esta situación 13 años, desde que la guerra de Calderón alcanzó a Zacatecas, pero sexenios y colores van y vienen y la situación más que mejorar, apenas se matiza.

En los últimos años la violencia ha llegado a niveles y rincones que antes parecían difíciles. El hermano de un síndico, y el hijo de un secretario de gobierno en funciones han sido asesinados. Edificios de la Universidad Autónoma de Zacatecas han sido locación de ejecuciones y ni los elementos de seguridad de la víctima, ni la presencia del fiscal del estado en el lugar, significaron freno alguno para este atrevimiento.

A juzgar por los días recientes la cosa pinta para empeorar. Los cuerpos de policías de otra entidad son colgados en la capital, y aparece una cabeza humana con la amenaza a una persona que lleva el mismo nombre y apellido de alguien que pronto será diputado Federal.

La confianza en las autoridades ya se da por descartada. Hace apenas unos días fue detenido un ex policía que hace tres años fue denunciado por la madre de un joven que lo señaló con nombré y apellido de haber secuestrado a su hijo de 18 años de edad.

Con él cayó también un policía en activo. Ambos fueron considerados como “objetivos prioritarios” por la Secretaría de Seguridad Pública del Estado.

Queda claro que en este sexenio la expectativa en el tema no se cumplió. Tres secretarios de Seguridad después, y habiendo transitado con dos administraciones federales y dos municipales (en cada demarcación), se nota el trabajo en la percepción y en el control mediático, lo cual resulta en que los hechos de violencia sea casi una costumbre que apenas merecen un cintillo y una página interior.

De los que se van ya nada se espera. Y es verdad, los que llegan aún no hay nada que puedan hacer, aunque se les imagina en labores exhaustivas y absorbentes de planeación.

Esperemos que estén en ello, porque Zacatecas así lo demanda y los rescoldos por los cuales evadía la responsabilidad el gobierno que termina ya no estarán al alcance de los que llegan.

Al menos en el corredor urbano se tendrá el mismo color partidista a nivel municipal, estatal y federal, y la estrategia de “vender” una supuesta íntima amistad con el presidente, cuando menos compromete.

Hasta ahora no hay más promesa que la de siempre, la innocua estrategia de aumentar la presencia de fuerzas federales.

¿Cuál destino, entonces? Está por verse, por ahora parece haber prioridades más fuertes, al fin y al cabo que, sin importar los votos, la confianza y la legitimidad, no se le puede pedir más a quien sólo es “un simple terrenal”. ■

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