¿Dónde está la clave del buen gobierno?: el cogobierno social

¿Dónde está la clave del buen gobierno?: el cogobierno social

En el gobierno tradicional se cree que, si los gobernantes son capaces y cuentan con un aparato burocrático eficiente, los resultados se verán enseguida. Bajo esa idea se inventaron formas organizacionales para darle a las burocracias eficiencia y eficacia: organigramas jerárquicos con unidad de mando que pudiera ejercer controles estrictos del trabajo de los administradores públicos. A la manera de las fábricas del señor Ford, se forjó la idea que burocracias especializadas harían las veces de máquinas (organizacionales) de resolver problemas públicos. Luego, con la idea de la gerencia, se veía a los usuarios de los servicios del Estado como ‘clientes’ que deberían manifestar satisfacción igual que un visitante a un restaurante privado. En este contexto se inventó la idea de contratar personal administrativo con el llamado ‘servicio civil de carrera’ y que el mérito de las capacidades estuviera por encima de las filias políticas de los prospectos. Todas estas ideas armaron la narrativa de un gobierno moderno.

Sin embargo, los equipos políticos no impulsaron nunca el servicio civil de carrera porque valoraban más la lealtad que la capacidad técnica. Y no se sabía como armonizar lealtad con mérito técnico. No es menor contar con la confianza en la acción política que da la lealtad y, sin embargo, también se necesita la habilidad especializada. En esos dilemas se daban los debates en la integración de equipos de gobierno. Mientras los problemas públicos crecían, se hacían más complejos y menos resolubles. El resultado es que los problemas se han hecho crónicos: décadas y ellos ahí. Inseguridad, enfermedades, pobreza, desigualdad, crisis. Los gobiernos pasan y no les hacen ni rasguños.

Pues bien, los candidatos cada seis años (o 3 en los municipios) vuelven a prometer resolver los mismos problemas. Las promesas de hace 18 años, 12 y 6 años, son las mismas. Entran gobiernos de todos los colores y el resultado es idéntico. Este último gobierno entró con la pomposa promesa no de resolver algunos problemas o mejorar algunos aspectos, sino de un cambio estructural: una transformación histórica. ¿Y que ha sucedido? Ni pequeños indicadores han logrado. ¿Entonces qué debemos pensar?

Debemos cambiar de chip: no se trata de poner gente honesta en los gobiernos o que sea capacitada o armar estructuras eficientes. Todo eso es bueno, pero no alcanza para resolver los complejos problemas que tenemos. Porque no estamos en un problema de ineficiencia, sino de insuficiencia. In-su-fi-cien-cia. Y esto significa que el gobierno solo, aun cuando fuera muy bueno, no puede con los problemas. Así las cosas, el trabajo del gobierno es coordinar la solución de problemas junto con los actores sociales implicados. Todas esas ideas de la jerarquías y mandos centralizados pasaron a la basura, ahora se ocupan formas horizontales de tomar decisiones y de implementar acciones. La centralización del mando (y más si es autoritario) implica condenarse al fracaso de las metas de gobierno. El botón de ejemplo es el proceso de vacunación: cuando se contó con la participación de otras instituciones y actores sociales, fue eficiente y exitosos; y donde estaban las solas fuerzas del gobierno las colas llegaron a tardar hasta 7 horas. Pues bien, requerimos que todas las metas de gobierno se armen con esta óptica: sin la participación activa de la sociedad, la acción de los gobiernos es estéril. La solución está no en ‘buenos políticos (alumbrados)’, sino en el cogobierno social.

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