Mi experiencia con el Covid-19

Mi experiencia con el Covid-19

Nací el 7 de Mayo y por poco no llego a mi cumpleaños 52. A principios de febrero mi garganta está irritada y una extraña gripe me aqueja, me hago la prueba de Covid-19 y resulté positivo. Me confino en una recámara e inmediatamente inicio un tratamiento que me ayuda a enfrentar el virus. En la evolución de la enfermedad tuve la fortuna de contar con el respaldo médico de la Dra. Krystal Yurynova Fabela Esparza a quien le estaré siempre agradecido por salvarme la vida. Llegan mis acompañantes de suplicio: glucómetro, oxímetro y mi termómetro para las mediciones constantes e ir evaluando el impacto del virus. Pasan los días, noches muy difíciles y largas horas de reflexión y de oración, aferrado a la cama en forma transversal, así me postré al deteriorado colchón con resortes irregulares. Nunca previne una habitación para sobrellevar la enfermedad, quién iba a pensar que me tocaría. En mi aislamiento, dejan a mi puerta comidas, litros de tés, jugos que con mucha tristeza voy tirando en bolsas de plástico, pues mi garganta y lengua parecen de cartón, no me dejan saborear nada. La tos no me deja dormir e inicio a acostarme boca abajo. Llegan las múltiples inyecciones, las pastillas, los suplementos alimenticios, las vitaminas y los caldos que mis tíos Martha y Guz, llevan hasta la puerta de mi casa. A pie, mi amada Sarahí carga a mi hijo Santhiago de 2 años y va por mandado, medicamentos y lo que voy necesitando, mientras tiene que atender ella sola, las necesidades de nuestro bebé, las de la casa y también las mías; realiza un gran esfuerzo y se esmera porque yo salga bien de la enfermedad, me alienta, me envía fotos a mi celular de nuestras vacaciones y momentos felices, le debo todo, si sigo aquí es gracias a ella; se convierte en mi enfermera de día y noche. De vez en vez, Santhiago se asoma entre la puerta y me dice: Te amo. Le marco a mi madre radicada en Celaya y le pido perdón por mis faltas, lloramos un rato y le ruego que rece por mí. El virus me despersonaliza, no me baño en tres semanas, no puedo, no tengo el ánimo; empiezo a bajar de peso hasta cerca de los 40 kilos, me deshidrato, llegan los sueros tomados e inyectados. Mi oxigenación va por debajo de 80 y hasta 75, gracias a un programa de mi amigo el Presidente de Guadalupe, Julio César Chávez, me proporcionan un concentrador de oxígeno que me facilita la vida. Llego a pesar un poco más de 40 kilos. Voy sorteando la neumonía, las taquicardias y supero al Covid. Llega marzo y mis pies se hinchan, los dolores se incrementan y no me dejan dormir, pido para desinflamar fomentos de agua caliente con sal y sumerjo los pies, cada que los meto al recipiente, experimento uno de los dolores más intensos que he sufrido en mi vida. Le informo a la Dra., y me receta nuevos medicamentos, es de noche y no hay quien vaya, le pido a mi ahijado César Silva y recorre la Ciudad hasta que los encuentra; no cede el dolor, me desespero hasta que por fin se hace soportable y me duermo. Sarahí se queda en vela pues era muy probable que me internaran. A las 8 de la mañana siguiente llegan a hacerme muestras de sangre para analizar plaquetas; me dan un nuevo tratamiento para desinflamar a la vez que me aparecen unas manchas en las piernas y unos puntos rojos que resultó ser vasculitis; llega la diarrea y trasladarme al baño es una odisea, me voy deteniendo por las paredes hasta lograrlo. Sarahí me dice uno de esos días, asómate a la terraza, te buscan, me asomo a regañadientes y veo la postal más bonita que jamás pensaría, mi familia, mis amigos y mi hijo Alvarín con cartulinas gritando porras de aliento, no puedo evitar el llanto de alegría, me llegan videos de mis hermanas, sobrinos; después otro video que hicieron mis alumnas y alumnos con mensajes muy emotivos que finalmente, reforzaron mis ganas por recuperarme totalmente. Continuaron más secuelas: ansiedad, depresión, neuropatías por la diabetes, estreñimiento muy complejo y atrofia muscular que no me permitía caminar lo cual ameritaba terapia. Todavía hoy, tengo un poco dañado los pulmones y continúan los dolores en los pies, camino con dificultad y se me olvidan algunas cosas pero estoy aquí, cumpliendo años y agradeciendo a todas y todos por haber rezado y estar al pendiente de mi salud. Estoy nuevamente de pie para continuar con mis proyectos, abrazar a mi familia, y modificar mis prioridades. Doy infinitas gracias a Dios y a todos mis santos y ángeles, amigos y amigas por esta nueva oportunidad de vivir, de respirar y sentir el viento en mi rostro. El Universo les multiplique todo lo que hicieron por mí, los amo. ■

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