Decencia

Decencia

La Gualdra 477 / Río de palabras

 

 

Debería tener la decencia de morirse de una buena vez. Le dijo con ojos de odio, queriendo que su mirada fuera una daga que cercenara de una vez por todas esa vida que a pesar de casi consumirse se negaba a fenecer. Recibió con disgusto el legajo de análisis, las múltiples recetas médicas y la costosa cuenta de la consulta. Tomó por el brazo al anciano y lo llevó a su carro. Es que hay que ver qué descaro, estar robándose el oxígeno de los otros, si ya vivieron, ya hicieron y deshicieron deberían de irse de una buena vez y dejarnos a los demás vivir tranquilos. El anciano no escuchó, hace años que su sentido del oído se había perdido en el tiempo. Pero por su actitud parecía que entendía completamente todo. Al llegar a su casa bajó con la ayuda del hombre que se empeñaba en seguir vociferando al abrir la puerta. Mire nomás qué desorden, qué apestadera, si vienen cada semana a hacerle el aseo, nada más gasta uno el dinero sin sentido, todo sigue igual de cochino. El viejo se sintió por fin a salvo en su casa, ahí era feliz con lo que tenía a mano. Recibió las pastillas y las instrucciones de toma. El hombre salió, queriendo huir de ahí lo más pronto posible. Subió al carro, encendió el motor, pisó fuerte el acelerador y se estrelló con otro coche al doblar la esquina. El anciano, respiró aliviado, y sin saber por qué, esbozó una gran sonrisa.

 

 

 

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