El monopolio de la moralidad

El monopolio de la moralidad

La democracia no funciona sin demócratas. En buena tesis, un sistema democrático con leyes, instituciones e incentivos correctos los cultivaría, pero el arranque es harto difícil: ¿cómo hacer una democracia sin contar antes con demócratas? Detengámonos en este punto a precisar conceptos. Para tener credenciales democráticas requerimos por lo menos dos creencias: 1) nadie tiene el monopolio de la moralidad; nuestros adversarios tienen el mismo derecho a llegar al poder que nosotros y, dado el voto mayoritario, la misma legitimidad para ejercerlo; 2) somos falibles y, aunque estemos convencidos de que nuestro proyecto es el mejor, podemos equivocarnos en la forma de realizarlo. Se trata de requisitos contraintuitivos cuyo cumplimiento presupone una racionalización que produzca liderazgos con dosis mínimas de objetividad y de humildad, sin los cuales una democracia es disfuncional.

El demócrata es rara avis. Un político, por definición, está convencido de tener la mejor propuesta y suele tener un ego muy robusto. En el extremo están quienes juzgan que su ruta es la única válida y despliegan una egolatría de dimensiones bíblicas. Son los que construyen gobiernos autoritarios o, peor aún, autocracias de rasgos monárquicos. La premisa de la monarquía absolutista era el derecho divino del rey para mandar sin más límite que su propio juicio; el Estado era él, y su voluntad era la de sus súbditos. El autócrata es para efectos prácticos uno de esos monarcas pues, si bien su autoridad no emana del linaje sino de la popularidad, se asume soberano: la soberanía emana del pueblo, pero al pueblo lo interpreta él. El pueblo es él.

Veamos el caso del presidente López Obrador. Creencia 1: AMLO dice ser un firme partidario de la democracia, admite que hay visiones y posturas distintas a las suyas y presume respetar la libertad de expresarlas. Santo y bueno. El problema es que luego agrega que en realidad sólo existen dos ideologías, el liberalismo y el conservadurismo, y que los conservadores –que en México son todos los que discrepan de él– son corruptos. El ingrediente moral deturpa el razonamiento: ¿cómo van a tener sus opositores el mismo derecho y la misma legitimidad que él para gobernar si representan el imperio de la corrupción?; ¿cómo reconocer la victoria del conservadurismo –es decir, de cualquier cosa que no sea una calca del actual gobierno– si lo abanderan traidores a la patria que han hundido al país? Creencia 2: En los hechos, AMLO se supone infalible. Nunca ha aceptado un error, ni en sus fines ni en sus medios. Rechaza el menor ajuste a la 4T –militarización, aeropuertos, refinerías y trenes incluidos– y en plena emergencia pandémica se niega a postergar obras para paliar la crisis. La egolatría refuerza la concentración de poder: él decide los más nimios detalles porque otros pueden cometer yerros.

La inquina contra el Instituto Nacional Electoral emana tanto del resentimiento como de las falencias democráticas de AMLO. El INE no ha sido siempre un dechado de imparcialidad, pero a él no le irrita la parcialidad cuando es a su favor, como a menudo ocurre en el Tribunal. Y es que, claro, ningún mexicano bien nacido puede oponerse al lopezobradorismo, que equivale a negarle a México su redención. Ojo: oponerse no a una mejoría o a un avance del país, sino a la única posibilidad de sublimarlo. Así como no hay juzgador que pueda fallar en contra de AMLO desde la honestidad, tampoco puede haber consejeros honrados que hagan valer el espíritu de la ley en perjuicio de Morena y sus aliados: la sobrerrepresentación de esta coalición es vital para vencer a la poderosa maquinaria conservadora, y sólo los corruptos son capaces de alentar su triunfo, que por lo demás es moralmente imposible.

¿Puede AMLO creer en su infalibilidad y en la corrupción intrínseca de sus rivales y al mismo tiempo acatar una derrota? Es muy difícil. Porque, además, se sabe popular, se siente muy seguro del éxito de la 4T en las elecciones y piensa que la única manera en que puede perder es por la vía del fraude. Si se respeta el voto de la gente, él gana en automático. Ni siquiera ve la posibilidad de que los electores sean engañados o manipulados, puesto que sostiene que el pueblo es sabio. De modo que es impensable que admita ser derrotado en buena lid. Bajo esa lógica, ¿cómo va a allanarse ante un proceso que considera fraudulento por necesidad? La única manera en que podría digerir un revés electoral es reparar en que su nombre no apareció en la boleta y que quienes estuvieron en ella –ellos sí susceptibles de equivocarse– incurrieron en alguna desviación. Es la única esperanza de alternancia tersa.

AMLO es un luchador social, un justiciero, un revolucionario, lo que se quiera, pero no es un demócrata. No presento esta conclusión, por cierto, como novedad para sus detractores, quienes jamás han dudado de su autoritarismo; la ofrezco como fundamentación para el resto de la opinión pública. Voy más allá; si como dice la Academia un autócrata es “una persona que ejerce por sí sola la autoridad suprema de un Estado”, entonces él aspira a la autocracia. Creer que los contrapesos son necesarios para los otros, los corruptibles y falibles, y son estorbos al bienestar de México en tratándose del plan redentor propio, el cual debe ser apoyado por todo ciudadano honesto y patriota, sea árbitro, juez, legislador, gobernador o periodista, es no entender la democracia. Así no puede catalizarse una transición democrática que, a mi juicio, está atrojada desde 2006 y lo seguirá estando al menos hasta 2024.

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