Del feministómetro

Del feministómetro

No dicen poco, pero en confianza encuentro a más de una de mis amigas con dudas y dificultades para adscribirse feministas.

No es que no estén convencidas, o que no se asuman parte de un movimiento extenso y cada vez más resonante, sino que temen más bien que sus acciones y sus apegos sean juzgados y las haga fallar en el feministómetro.

Les pasa a algunas porque tienen hijos, porque sea cual sea la razón por las que son madres, algunas las consideran alienadas del patriarcado por reproducirse.

La cosa es peor si son madres de varones porque para algunas, -y siempre quede claro, para algunas-éstos tienen como destino inevitable convertirse en opresores.

A veces pasa a quienes tienen pareja, o aspiran a tenerla, ya sea que ésta sea hombre o una personas no binaria. En ambos casos suelen recibir comentarios en el mejor de los casos compasivos por considerar que si se aspira a estar en pareja no se ha avanzado lo suficiente en la deconstrucción.

No siempre fue así, hace algunas décadas justamente las feministas de orientación homosexual eran las que “desprestigiaban” al movimiento al darle la razón a los clichés conservadores que asumían que se trataba de una lucha de lesbianas.

Esa discusión aparentemente superada, ahora se centra en la inclusión de mujeres trans como parte del feminismo, lo que algún sector asume como un “borrado” de las mujeres. Ahora paradójicamente se excluye a mujeres trans con los mismos argumentos que lo haría el conservadurismo, en una de esas ocasiones en las que las puntas extremas se tocan, como una serpiente que se muerde la cola.

En algunos casos las razones de la exclusión vienen también de aspectos laborales. He visto a admirables feministas prácticamente “disculparse” por trabajar en partidos políticos, en instituciones gubernamentales y hasta en ámbitos empresariales, todas ellas tratando de evitar el dedo flamígero e inquisidor de quién tiene el privilegio de elegir no sólo dónde trabajar, sino si decide hacerlo o no.

A veces la amenaza del exilio de Feministlán viene por disentir con métodos de lucha que al interior del movimiento se tienen por intrínsecamente aceptados o cuando menos tolerados, de tal suerte que cualquier disentimiento de ellos se convierte en automático en una claudicación de las causas y una validación de la opresión.

En este tema y en algunos grupos no cabe siquiera el debate, en el mejor de los casos se terminará con consejos aleccionadores y llamados a profundizar la deconstrucción si se pone en duda la eficacia y validez del separatismo o de la violencia en las protestas, por ejemplo. En el peor, cualquier atisbo de crítica al respecto se responde en automático con la falacia de considerar a quien emite la duda (o la crítica) del lado del opresor.

Pero el feminismo, como cualquier otra actividad humana no es un monolito ni tiene ideas inamovibles en el tiempo y el espacio, lo cual es evidente a la luz del pasado, pero parece incomprensible a la del presente.

No existe, ni debería existir por tanto, pensamiento único, “vacas sagradas”, dueñas y señoras del movimiento, ni verdades indiscutibles que terminen en dogmas.

Ni siquiera han logrado tal autoridad dos de las grandes pensadoras mexicanas del feminismo como Martha Lamas y Marcela Lagarde, cuyas voces son cuestionadas, y hasta combatidas a mi personal parecer a veces descontextualizada y desinformadamente, y otras tantas crítica y racionalmente.

A la altura de esta línea para muchas feministas probablemente todo esto puede ser verdad de Perogrullo. Nada más grato que millones y millones de mujeres en lucha cotidiana por la libertad en el sentido más extenso y amplio del término.

Sin embargo nada es más preocupante que la sensación de exclusión de la que soy testigo por aquellas que sienten que sus preferencias, estilos y condiciones de vida las hacen reprobar el feministómetro que con frecuencia veladamente se expone.

Absurdo resulta esto en lo político porque se cae en el ostracismo y se autodebilita un movimiento que podría tener aún más fuerza de la que ya de por sí tiene. Preocupa en lo individual porque priva de acompañamiento y libertad a quien tiene sed de ello.

Aunque es una actitud minoritaria, no deja de inquietar porque esta actitud inquisidora resta más de lo que suma.

Quizá habrá quien piense que vale la pena si el sacrificio en cantidad y tamaño del movimiento se compensa con pureza y congruencia del mismo, sin embargo el riesgo de reprobar estos altos estándares que pretenden filtrar lo que cabe y lo que no, a veces son reprobados hasta por quienes sostienen la supuesta vara medidora. ■

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