Veneno en los anaqueles: el etiquetado y la verdad en el consumo

Veneno en los anaqueles: el etiquetado y la verdad en el consumo

El signo de nuestra civilización contemporánea es la industrialización de los alimentos. Después de la segunda guerra mundial la oferta de alimentos conservados y destinados al comercio global se disparó al cielo. Luego vino también la industrialización de la publicidad, así que en poco tiempo se debía seducir a las personas en el consumo de algunos de estos productos. La industria de la seducción trató de hacer creer a la gente mensajes falsos a través de imágenes que sugirieran que el consumo de los zumos de fruta era saludable o que los pastelillos te harían feliz o una soda era significado de aventura o una prenda de vestir sería el símbolo del éxito. Se estableció la normalización del engaño.

El entusiasmo de las altas ventas de basura empaquetada en colores hermosos y promovida en comerciales vistosos, pensó que no habría consecuencias mayores. Pero sí las hubo: las enfermedades causadas por el consumo sistémico de dichos productos generaron una gigantesca epidemia de enfermedades crónicas: hipertensión arterial, diabetes y otras linduras. Así, se pensó que debería haber una manera de que, conservando la libertad de comercio, las personas también tuvieran la libertad de elegir sin engaños los productos que consumieran. La hipótesis es que todas las personas que ingerían basura por desconocimiento modificarían su patrón de consumo.

La propuesta del etiquetado es justo la medida concreta de hacer conocer a la gente lo que están ingiriendo. Como gran parte de la población no entiende los términos técnicos del etiquetado, se optó por poner algunas alarmas en los empaquetados. Estas alarmas han sido muy polémicas. Algunos desconfían de su efectividad dada la experiencia del cigarro, en el cual se ponen alarmas francamente estridentes, donde aparecen ratas y moribundos por cáncer pulmonar y no ha disminuido el consumo. Los productos adictivos tienden a ser inelásticos. Y no sólo la nicotina es adictiva, lo es también el azúcar y los aditamentos sabroseadores de esos ‘alimentos’.

Así que está bien la ley de etiquetados, que nos permite conocer el alimento, su origen, su modo de conservación, los ingredientes que lo componen o los nutrientes que aportan a nuestra dieta. La información que se refiere a su valor energético y sus nutrientes: grasas, grasas saturadas, hidratos de carbono, azúcares, proteínas y sal. Sin embargo, el Estado bajo consideraciones de salud pública debe prohibir la producción de consumibles alimentarios que rebasen límites prudentes. Hay que sostener con firmeza la exigencia de etiquetados rigurosos, e ir más allá. Ya logrado el etiquetado debemos ir por francas censuras a productos que son poco menos que veneno. Una bebida con 13 cucharadas de azúcar concentrados en 350 ml, ¿puede permitirse su comercialización? ¡De ningún modo! Ningún sofisma sobre libertad de comercio puede justificar poner en los anaqueles bombas biológicas o anaqueles de saludicidio. Por lo pronto anunciar el veneno en los anaqueles es todo un logro. ¡Viva la verdad: nos hará libres!

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