De los políticos chapulines a los políticos swinger

De los políticos chapulines a los políticos swinger

Hace años que el sistema de partidos está cuestionado a tal nivel, que se ha dictado ya varias veces su sentencia de muerte.

Sin embargo siempre se puede estar peor.

La cultura política que tanto asquea a los ciudadanos en general y los mantiene lejos de esa parte de ella vida pública ha subido un nuevo nivel de podredumbre.

Acostumbrados a ver desfilar de una madriguera a otra a los más oportunistas, no creímos que pudiera ser peor. Pero lo fue. Tenemos ahora una plaga de chapulines pero está vez de raza distinta, pues ya no brincan con dos patas de un partido a otro, ahora estiran una pata y alcanzan un escalón, mientras dejan la otra en el territorio anterior.

El caso de Margarita Zavala es de antología. Hace unos meses apenas recorría el país con folletos en mano, juntaba firmas y peleaba en tribunales por la sobrevivencia del partido México Libre, y hoy ya va de regreso al Partido Acción Nacional, al que dividió en la última elección Federal, cuando Ricardo Anaya se impuso como candidato a Presidente de la República.

Paradójicamente el actuar de Margarita Zavala es quizá de los más congruentes, porque cuando menos brinca entre partidos del mismo espectro político y uno de ellos no tiene registro que le permita contender electoralmente.

En tanto, hay otros perfiles que militando en un partido político registrado, buscan candidaturas por otro instituto.

Lo peor es que ambos partidos, tanto el de despegue, como el de aterrizaje, lo permiten.

Se dirá que se trata solo de un tecnicismo porque al final ambos institutos participan en alianza electoral (pese a que sus ideologías son en muchos sentidos opuestas), pero no es cosa menor, pues la mínima congruencia mandaría que cada partido pusiera sobre la mesa a los perfiles que mejor los representen, y luego, en la alianza, se determinara en quién recaería la responsabilidad de abanderar un proyecto que se supone los une.

La más acabada acrobacia inexplicable para cualquier otra democracia en el mundo, está en ser legislador activo y actual de una fracción parlamentaria de un Instituto, y luego registrarse para ser diputado federal por otro partido distinto.

Esta nueva cultura política swinger no es un mal combatido por los partidos, sino fomentada por ellos mismos. Elocuente ejemplo de ello está en que la senadora Geovanna Bañuelos militante y coordinadora parlamentaria del Partido del Trabajo en el Senado, fue considerada en un proceso interno de Morena, sin que ella lo pidiera o siquiera autorizara.

Cierto es que a veces hay que cambiar de partido para conservar los principios, porque estas instituciones son cambiantes también. Poco a poco se desvían, modifican sus principios, los actualizan, los coptan grupos que terminan por modificarlos, etc.

Es natural que una vez que la tecnocracia neoliberal predominó en el PRI, su ala más nacionalista se exilió y fundó el PRD. Y a este último lo abandonaron sus fundadores cuando la rama de los “Chuchos” se enquistó en la cúpula.

Al PAN le sucedió lo mismo, muchos de sus fundadores abandonaron ese partido a finales de los 80 y principios de los 90, cuando la cercanía del blanquiazul con el PRI les resultó ofensiva a quienes luchaban con la principal bandera de la democracia.

Pero esa circunstancia no puede ser equiparable a la anarquía oportunista que ahora predomina. No sólo por las diferencias en el contexto y la circunstancia histórica, sino porque aquellos, como Cuauhtémoc Cárdenas o Carlos Castillo Peraza salieron o bien a vivir la dignidad del retiro, o bien a continuar sus esfuerzos democráticos a contracorriente, luchando desde abajo en otro partido, y no en el camuflaje ideológico que le permita llegar a comer en otra mesa cuando ya está servida.

Son estos últimos los que cada sexenio mudan de colores y de partido, de tal forma que todo cambia para no cambiar.

¿Cómo resolver esto? Es el gran enigma. Algunos optaron por fundar un nuevo partido que se esforzaría por evitar estos vicios políticos; visto está que se encuentra en la víspera del fracaso en ello.

Otros han creído que el camino semi individualista de las candidaturas independientes servirían para ello, pero cayeron en lo mismo; en los hechos se convirtieron en un para-partido por el que también desfiló el oportunismo.

Tanta pobreza política solo ha sido “aceptable” o mejor dicho tolerada, en el nombre de la victoria. Sin embargo, como bien apuntó Bernardo Batiz, los partidos políticos tienen un fin superior al de llegar al poder: el de formar ciudadanos.

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