Conflicto entre cardenales y una Iglesia en semáforo rojo

Conflicto entre cardenales y una Iglesia en semáforo rojo

El episodio de confrontación por el pago de la hospitalización del cardenal Norberto Rivera pone de manifiesto no sólo una profunda división en la Arquidiócesis de la Ciudad de México, sino de la propia Iglesia mexicana.

El censo de 2020 exhibe una caída vertiginosa de católicos, evidenciando una Iglesia decaída, sin oferta atrayente para los mexicanos del siglo XXI. La pandemia del covid-19, como si faltara algo, está dejando en bancarrota a muchas diócesis ante la categórica caída de ingresos y ha cobrado la vida de más de 170 sacerdotes, religiosos y obispos.

Al momento de escribir (jueves 28 de enero), el cardenal emérito Rivera sigue hospitalizado. Se encuentra “estable”, dicen los reportes médicos, pero a sus 78 años el pronóstico es reservado. Sus partidarios han desatado una guerra mediática contra el cardenal Carlos Aguiar, encabezados por el sacerdote Hugo Valdemar, exvocero de la arquidiócesis, y el periodista Guillermo Gazanini, quienes acusan a Aguiar de abandonar a Rivera y no querer sufragar sus gastos hospitalarios, así como de no prestarle asistencia humanitaria ni espiritual.

Los medios han dado una amplia cobertura. La nota ha prendido como una puñalada contra Aguiar. Poco efecto ha tenido la réplica de la Arquidiócesis, que sostiene que el cardenal Rivera prefirió los hospitales privados a los designados por la mutual sacerdotal y los servicios que provee el seguro de GNP contratado Fuentes afirman que al cardenal se le ofreció el hospital militar, el cual rechazó.

Difícil acreditar la afirmación de Gazanini de que Rivera carece de recursos para solventar sus gastos. Diversas investigaciones sostienen el gusto del cardenal por los negocios y las relaciones encumbradas con los más potentados empresarios y políticos de este país. Después de 22 años como arzobispo, resulta inverosímil, por tanto, pensar que Norberto Rivera vive en la pobreza. Por el contrario, pareciera que el cardenal emérito tiene una extraña atracción por los pleitos de dinero. Recordemos que los grandes escándalos de Rivera han estado engarzados a las disputas de bienes económicos y financieros.

Presentamos un breve recuento: antes de ser nombrado arzobispo de la CDMX, forcejea y expropia granjas productivas de un sacerdote en Tehuacán; recién nombrado arzobispo, Rivera disputa­ el control financiero de la Basílica de Guadalupe al entonces abad Guillermo Schulenburg; el litigio por el copyright de la Virgen de Guadalupe con la empresa Viotran; el escándalo por la excesiva comercialización de las visitas papales (“Las Papas del Papa”); la disputa­ por los remanentes de la última visita del Juan Pablo II a México con el entonces nuncio Justo Mullor; los negocios guadalupanos a través de la Fundación Plaza Mariana y el penoso litigio con los 250 comerciantes desplazados; el atentado que sufrió, cuyo móvil oficial fue tentativa de robo en octubre de 2018, entre muchos otros.

Pero no perdamos el foco. Detrás de la querella hospitalaria Rivera-Aguiar está la fractura político religiosa en la arquidiócesis. Desde hace más de tres años existe una guerra fría entre ambos personajes. No hay disputa más hiriente que la que se presenta entre hermanos en la fe. Todos dicen pertenecer a la misma Iglesia, pero la conciben de distinta manera; todos hablan de Dios, que es el mismo pero diferente. Son diversas alter-identidades católicas que disputan­ la legitimidad eclesial. En el fondo es una lucha de poder secular.

En otros tiempos, el Papa imponía el orden y dictaba la disciplina, pero ahora el mismo pontífice está imbricado en dichas batallas. Es cierto que Carlos Aguiar Retes es el hombre fuerte de Francisco en México, pero también es un hecho que a tres años de haber asumido el cargo como arzobispo primado de la Ciudad de México no ha cubierto las expectativas. No ha logrado conectar pastoralmente con la feligresía ni tiene un proyecto atractivo para la urbe metropolitana. Su mayor logro es haber creado tres nuevas diócesis en la gran ciudad y afianzarse en lo administrativo.

La disputa Rivera-Aguiar no es accidental ni escapa a los bandos antagónicos que se presentan en la Iglesia universal. De manera tosca la podríamos resumir en la querella entre bergoglianos y antibergoglianos. Rivera ha formado parte, a pesar de su disimulo, del bloque de cardenales conservadores y contestatarios a Francisco. Sus huestes han hecho alianza con los sectores Provida en México y en Estados Unidos que enfrentan con fiereza al católico liberal Joe Biden, quien hoy ocupa la Casa Blanca.

Durante la visita del Papa a México en febrero de 2016 se hizo evidente el distanciamiento entre el arzobispo Rivera y el pontífice argentino. Valdemar fue responsable de aquel editorial atrevido en el semanario Desde la Fe que reprocha a Francisco haber estado mal informado sobre la Iglesia mexicana; fue una réplica de aquel regaño épico que Francisco propinó a los obispos mexicanos en la Catedral Metropolitana y que tuvo a Norberto Rivera como uno de los principales destinatarios.

Estas fracturas eclesiásticas y enfrentamientos internos no son exclusivos de la arquidiócesis primada de México. Se presentan en otras diócesis. Sobresale Guadalajara, la poderosa arquidiócesis tapatía lleva años de lucha sorda, encabezada por el tosco cardenal en retiro Juan Sandoval Íñiguez contra el actual titular, el cardenal Francisco Robles. Y hostilidades se avecinan, entre otras, en Saltillo. Monseñor Hilario González García, antes de tomar posesión, se la ha pasado cuestionando el trabajo de su antecesor, Raúl Vera.

Caída del número de fieles, escándalos por pederastia, actitudes timoratas de los obispos en zona de confort con los poderes fácticos y divisiones agudas dentro de la Iglesia forman un cuadro desolador. A cinco años de la visita del Papa Francisco a México aún resuenan sus advertencias ante una jerarquía dividida y sin rumbo. Les dijo: “No pierdan tiempo y energías en las cosas secundarias, en las intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubes de intereses o de consorterías. No se dejen arrastrar por las murmuraciones y las maledicencias”. En el fondo Francisco hace un llamado a la pastoralidad.

Sin embargo los obispos están muy lejos del Papa. Según el más reciente censo, el Inegi reporta que el número de católicos cayó de 82.7% en 2010 a 77.7%. Es notable el incremento que registraron los agnósticos y ateos que pasaron de 4.7% a 8.1% en sólo 10 años. Y sobre todo el incremento de los cristianos, principalmente evangélicos, que subieron de 7.5% en 2010 a 11.2% en 2020.

En otras palabras, el catolicismo en México retrocede mientras que agnósticos y ateos crecen afianzado la cultura secular. Y por otro, los evangélicos pentecostales siguen ascendiendo con fuerza en la base popular del país. Una Iglesia católica rebasada, dividida, sin rumbo, a la baja, con competidores que se robustecen. Malas noticias: la Iglesia católica está en semáforo rojo. ■

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