Causas y perspectivas de la polarización política en Estados Unidos

Causas y perspectivas de la polarización política en Estados Unidos

La propia naturaleza de la segunda guerra mundial exigió una presencia creciente e indiscutible del Estado en casi todas las esferas sociales de los principales países involucrados, especialmente en el ámbito de la fiscalidad. Para financiar los gastos de la guerra los gobiernos impusieron fuertes incrementos de los impuestos sobre las rentas y sobre los mayores patrimonios, de manera que al terminar las hostilidades armadas la hacienda pública resultó suficiente para financiar políticas Keynesianas para impulsar el crecimiento económico y el bienestar, garantizando la vigencia de derechos sociales como la salud y la educación. Fueron tres décadas de fortalecimiento de los llamados estados de bienestar, con crecimientos importantes en la masa salarial y disminución de las desigualdades sociales en la mayor parte del mundo, sobre todo en los Estados Unidos de América (E. U.)

La unidad nacional existente en E. U. durante la confrontación con la URSS (guerra fría) y esa política económica, explican las pocas diferencias que en esa época existían entre los dos partidos políticos tradicionales, así como la práctica frecuente en el Congreso de impulsar y aprobar iniciativas legislativas con apoyo bipartidista. Lo mismo ocurría en los 50 estados de la unión. La tolerancia y la flexibilidad eran valores que se cotizaban alto en las carreras de los políticos, lo que explica que los gobiernos encabezados por Bill Clinton en la década de los años 90 impulsaran, con apoyo republicano, diversas reformas desregulatorias del sistema financiero, así como políticas económicas que estancaron los salarios e incrementaron las desigualdades. Los demócratas, igual que diversos partidos europeos, coincidieron con las derechas en el desmantelamiento del Estado de Bienestar y en cantar las loas del Estado mínimo difundidas desde los gobiernos de Reagan y Thatcher en Estados Unidos y Gran Bretaña.

La crisis económica global de 2008 desnudó la naturaleza irresponsable y depredadora del modelo neoliberal incrementando la inconformidad, lo que trastocó las bases del sistema político en E. U. En el partido republicano emergió poderosamente una corriente de extrema derecha denominada Tea Party, enarbolando un programa anti impuestos y anti regulación, con militantes radicalmente opuestos a cualquier tipo de acción gubernamental que no implicara la defensa nacional, la seguridad de las fronteras, la prohibición del aborto y el endurecimiento de las leyes.

Los trabajadores poco calificados, tradicionalmente demócratas, fueron duramente golpeados por el embate neoliberal contra los salarios y por la pérdida de empleos a causa de la deslocalización de cientos o miles de empresas que salieron del país en busca de trabajadores mal pagados y de países con normas ambientales débiles. En esa base abandonada por los demócratas avanzó rápidamente el discurso xenófobo y antiinmigrante de los republicanos, propiciando un encuentro con las expresiones nativistas y de diversas agrupaciones de supremacistas blancos que todavía no asimilan las leyes que garantizan los derechos civiles de los negros y otras minorías. Y para completar este coctel explosivo, los ideólogos republicanos respondieron al discurso de la expresión socialdemócrata encabezada por Bernie Sanders, acusando al candidato Joe Biden y al partido demócrata en su conjunto de pretender implantar en E. U. el comunismo al estilo stalinista, dejando de lado las expresiones explícitas de Sanders dejando claro que su propuesta se acerca más al socialismo democrático vigente en los países nórdicos.

Como se ven las cosas después de las elecciones y del asalto al capitolio propiciado por la narrativa de Donald Trump, poco menos de la mitad de la población votó por su reelección y una buena parte de ella está dispuesta a conformar una oposición muy agresiva contra el gobierno que entrará en funciones el próximo 20 de enero de 2021. El presidente Biden, los expresidentes Barack Obama y Bill Clinton y demás políticos tradicionales del partido demócrata deben tener claro que no hay tiempo que perder en el cumplimiento de las promesas presentadas durante la campaña, sobre todo las dirigidas a los trabajadores, los jóvenes, las minorías negras y latinas, así como atender las serias deficiencias puestas al descubierto por la pandemia. También será muy importante convencer a la expresión conservadora del partido en el gobierno, de que la corriente socialdemócrata encabezada por Sanders está sólidamente implantada entre la juventud norteamericana, y que aplazar el cumplimiento de los compromisos con ellos puede romper la coalición ganadora y reforzar la movilización social contra el gobierno.

El nuevo gobierno y sus fracciones en el Senado y en la Casa de Representantes deberán asumir que los legisladores republicanos no tendrán disposición alguna a impulsar legislaciones con apoyo bipartidista, lo que obligará a implementar con frecuencia acciones masivas de respaldo y fuertes campañas mediáticas. También tendrán que esforzarse en evitar las practicas obstruccionistas de los republicanos en el proceso legislativo, si no quieren enfrentar la situación que casi paralizó al gobierno de Obama, provocando una atmósfera de desencanto a pocos meses de iniciado.

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