Esperanza

Esperanza
Iván Muñoz, A.K.A. Ivanko Moses Lee. Santos niños. Collage digital. Detalle. 2020.

Editorial Gualdreño 461

 

 

Albert Camus decía en su libro La Peste, al referirse a la ciudad de Oran, que el cambio de las estaciones podía percibirse sobre todo en el cielo, era un lugar sin palomas ni jardines, una ciudad que no tenía otra peculiaridad que la de tener una actividad comercial, pero eso la hacía también como cualquier otra. Digo esto mientras observo desde la ventana cómo mi vecina, a unas casas de la mía, alimenta con migas de pan a una parvada de estas grisáceas aves que llegan alocadas en cuanto oyen caer los mendrugos al piso. “Los grupos de palomas, notas, claves, silencios, alteraciones, modifican el ritmo de la loma”, diría Pellicer, y es cierto: cuando aletean rompen con la calma de estos días que parecieran en huelga de buenas noticias.

Hace unos días, salimos a caminar un poco alrededor de la cuadra y de regreso nos encontramos con una paloma en el pavimento: estaba muerta. Una paloma a nuestro paso… antes de acercarme a verla, recordé también a Jonathan Noel, el personaje de Süskind, cuyo encuentro con un animal de este tipo en el corredor del edificio en el que vivía, desquició su vida, tan igual y tan tranquila durante dos décadas hasta antes de ese encuentro. Mientras nos acercábamos al cadáver temía que sus ojos hubieran quedado abiertos y que con el izquierdo pudiera parecer que me mirara, como a Jonathan… por fortuna los tenía cerrados, parecía que sonreía; la placidez de la muerte en la banqueta antecedió al asombro: su corazón intacto, rojo brillantísimo -como manzana con caramelo- había sido expulsado al impacto con algo y yacía al lado de su cabeza –“no pongas el amor en mis manos como un pájaro muerto”, murmuré para mí-. Supuse en ese momento que había sido atropellada, luego me dijeron que tal vez había sido atacada por un cuervo porque estos suelen matar a las palomas sacándoles el corazón (no se lo comen, lo dejan ahí como un sello de sangre: pobre paloma, pudo permanecer parada para permitirle pasar, pero perdió). Algo más sublime no puedo imaginar, porque la escena trascendía a la belleza.

Regresamos y yo me quedé con su imagen hasta ahora, en este momento en el que me pregunto por qué las pandemias suelen tener como representación gráfica a un ave, a una paloma ennegrecida a la que le crece el pico y se transforma en cuervo, que aletea y al fragor de estos movimientos dispersa el virus en el aire, debilitando a las demás aves, atontándolas para que se descuiden, no se cubran y no se percaten de que la muerte está acechando. Parvadas mortales nos rodean; no me refiero a los grupos de palomas verdaderas sino a aquellos que suelen salir a la calle a no hacer nada, descubiertos, ese otro tipo de seres que aletean y contagian, porque -otra vez Camus- “La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo”. Así cerramos este año 2020.

Sin embargo, cerramos este año con esperanza, porque también en La Peste, Camus decía que, en medio de las plagas, tarde o temprano se aprende que en los seres humanos “siempre habrá más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Yo creo en eso. Creo y espero que la ciencia nos salve, que la fe nos dé prudencia y templanza y que nuestra voluntad de frenar esta pandemia haga lo propio para que así sea.

No quiero terminar sin mencionar que este año hemos perdido a muchos amigos, a muchas personas dedicadas al arte y la cultura que no pudieron ya ver cómo acababa este 2020. Digo en voz alta Amparo, Manuel, Lety, Emilio… y en sus nombres menciono también a las miles de personas que han fallecido a causa del Covid-19, de otras enfermedades y de actos violentos. Espero que el 2021 que está por iniciar nos encuentre a todos con salud, que este bien invaluable permanezca con nosotros durante mucho tiempo, y que las palomas -ahora sí esas aves verdaderas que marcan el ritmo de la loma- sigan volando en libertad, con el corazón intacto en el pecho. Paz para todos nuestros lectores y que Dios reparta bienestar y suerte. Nos leemos en enero.

Que disfrute su lectura.

 

 

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