La Utopía en el Hogar (30) La Cultura. Entre muros y puentes, de nuevo

La Utopía en el Hogar (30) La Cultura. Entre muros y puentes, de nuevo

Después de treinta semanas de expectativas ni siquiera confrontadas desde las arenas de la indecisión, parece que la cordura sigue imperando en la vida cotidiana de los aconteceres. Aún así, la mayor parte de las personas han tomado este período de transición con las señales de alerta más que necesarias para enfrentar, es rudo aceptarlo, casi casi lo que venga, lo que aparezca. Mas no deja de ser un reto vivir la nueva normalidad con pautas de comportamiento novedosas, donde, por principio, la mayoría lo ha aceptado con poco recelo. Al menos así parece, hasta ahora.

Entonces, el semiabandono entre las nebulosas creadas por la incertidumbre del futuro a la vez que incrementa la preocupación por lo desconocido, también genera y mantiene el funcionamiento de los mecanismos de raciocinio y creatividad. Ahora hay que intentar todo para enfrentar lo imposible. No solo lo inexplorado, también el exceso de violencia de todo tipo, el analfabetismo funcional, el irracional proceder hacia la naturaleza, la lucha de castas y tantas barbaridades que enumerarlas sería un desperdicio de espacio editorial y un nefasto ejercicio de autoflagelación. Solo quería poner en proporción el tamaño de tantos muros que impiden el fluir civilizado del desarrollo de los seres humanos y el destrozado mundo de las ideas y los ideales que de ahí se deriven.

Desde luego que todos los muros pueden ser derribados. La eliminación de las incomodidades que ocasionan vale el esfuerzo. Mas, parece que la búsqueda de ese derribo consume tanto, que no queda energía disponible para la búsqueda de puentes que permitan una vida digna de ser disfrutada partiendo de ejercicios y fórmulas de coexistencia colectiva y armónica. Y es donde se entra al terreno de los hechos, de la evidencia que tanto exigen y tanto temen los que claman por cambios para que todo siga igual. Y las experiencias cognitivas asimiladas durante estos más de doscientos días de pandemia permiten ilusionarse por la construcción de utopías.

La semana anterior se analizaron algunos muros y se hizo énfasis en la falta de unión del “gremio” artístico con toda su diversidad; la falta de un proyecto consensado y la promulgación de reglamentos y leyes que legislen lo relativo al quehacer artístico, el descuido de la cultura microrregional y mejor, ahí que quede.

El puente que hay que tender prioritariamente es el de la organización de los artistas partiendo prácticamente de cero, pero con una empatía a prueba de todo entre los que se aventuran en este empeño. Otro puente importante es el diseño de mecanismos de generación efectiva del quehacer artístico entre creadores y la sociedad. Un primer paso sería definir el perfil del artista y la definición del quehacer artístico en lo relativo a las disciplinas y lo general en todos los diferentes enclaves geográficos del estado y sus vínculos con la cultura nacional y universal. Otro puente importante será diseñar una Ley de Cultura que dé certidumbre y protección a los encargados de rescatar con su talento el espíritu imperecedero una imagen a prueba de los tiempos de la clase de gente que se empeñó en poblar estas tierras tan ricas y tan pobres como son las del estado de Zacatecas. Y tanto más que hay que hacer. Pero para empezar es más que suficiente.

El Movimiento No Vivimos Del Aplauso surge bajo estas circunstancias y asume el reto de definir y rescatar el genio y la figura del artista. Se tiene todo por que luchar y todos los objetivos por lograr. De ninguna manera puede asumirse que sea fácil, pero es una buena oportunidad para creer que lo imposible es imposible.

Las instituciones, por otra parte, pueden poner mucho de su parte eliminando tantas barreras que mucho tienen que ver con malas prácticas derivadas de la abulia burocrática que se manifestó desde la aparición de las mafias de la intelectualidad hace ya tantas décadas. También, llegó el momento de que a los administradores de los presupuestos para la cultura y sus mecanismos de operación les muevan los vientos del cambio. Si no existe la voluntad política para que artistas e instituciones marchen en consenso hacia objetivos bien definidos y satisfactorios para todos, a lo mejor tarda un poco más, pero la historia del arte lo reclama, y por ahora, vivimos tiempos obscuros. Si se puede llegar a acuerdos duraderos, el mundo será diferente, créalo. Es una forma civilizada de eliminar la violencia institucional.

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