‘Las tres muertes de Marisela Escobedo’

‘Las tres muertes de Marisela Escobedo’
Ilustración de @erederbez publicada en el Twitter @scopiomx

Editorial Gualdreño 452

 

 

“Le diste perlas a los cerdos”, dijo Marisela Escobedo a Sergio Rafael Barraza durante el juicio llevado a cabo en Chihuahua el mes de abril de 2010, justo antes de que se dictara sentencia. Todo estaba claro hasta ese momento: Barraza había asesinado a Rubí Frayre Escobedo y durante la comparecencia había pedido perdón a la madre de esta niña de 16 años; previamente había indicado cómo se había deshecho del cuerpo de la menor con quien tuvo una hija… después de asesinarla la metió a un tambo y quemó sus restos para después tirarlos en una zona de Ciudad Juárez conocida como “La Marranera”; él mismo indicó a los forenses dónde podían hallarla. Encontraron “solo un huesito, parecía que era parte de la columna vertebral”, narra también el hermano mayor de Rubí en el documental Las tres muertes de Marisela Escobedo, dirigido por Carlos Pérez Osorio -en el que participa la zacatecana Gaby Marcial como parte de la producción- y estrenado la semana pasada en Netflix. Terrible historia. Incomprensible que -argumentando haberse sujetado a lo que dispone la ley- los jueces hayan dejado libre en ese momento a un asesino confeso. Dolorosamente real.

Cuando Barraza sale libre fue “la segunda muerte” a la que hace referencia este trabajo cinematográfico, la primera se llevó a cabo en 2008 cuando Marisela se enteró -gracias a sus investigaciones- que Sergio había asesinado a su hija; se lo dijo un joven quien había escuchado el día del asesinato que Barraza había “quebrado a su esposa” y la había tirado en esa especie de muladar infame en la que lo mismo se encuentra basura que huesos de animales y restos humanos; porque en Ciudad Juárez, durante esa primera década del siglo, desaparecer mujeres era ya una práctica cotidiana y hasta cierto punto “normalizada”, como bien lo narrara también Sergio González Rodríguez en Huesos en el desierto, libro publicado por Anagrama en 2002.

Tras la desaparición de su hija, Marisela pasa el primer calvario: lograr que las autoridades aceptaran la denuncia; luego, otro más: todo un proceso para insistir a las corporaciones policiacas locales que dieran seguimiento al caso. El de Rubí era uno de los 130 feminicidios que se tendrían que investigar ese año en Ciudad Juárez, por lo que su madre decidió emprender por su cuenta una serie de marchas en una gran parte del territorio mexicano para exigir que se hiciera justicia, que atraparan y juzgaran al asesino de su hija. Cuando todo parecía no tener solución, alguien le dio el dato que Sergio se econtraba viviendo en Fresnillo, Zacatecas. Y fue así como llegó a nuestro Estado.

Llegó a Fresnillo, pegó carteles en los que aparecía la foto del asesino y al poco tiempo lo ubicó. Dio parte a las autoridades. Lo atraparon y trasladaron a Chihuahua para que fuera juzgado. Confesó y fue dejado en libertad. A partir de ahí otro calvario, porque Marisela no cesó en su intento de ubicarlo de nuevo; luego de dejarlo libre el Tribunal rectificó y lo declara culpable, pero él ya había huido. El documental nos muestra la determinación de una madre que ha perdido a su hija, que no se rinde y está decidida a que la muerte de su Rubí no sea “una estadística más”. Regresa a Fresnillo, vuelve a ubicar al asesino; para atraparlo tiene que vivir durante tres meses en esa ciudad minera, pero pronto se da cuenta que Sergio Barraza es ya parte del crimen organizado. Teme por su vida y la de su familia y regresa a Chihuahua, esta vez decidida a plantarse frente a Palacio de Gobierno hasta que las autoridades hagan justicia. La recibe el fiscal. Poco tiempo después, el 16 de diciembre de 2010, Marisela es asesinada ahí, a quemarropa. Es su tercera muerte. Murió exigiendo justicia y nunca vio al culpable de la muerte de su hija tras las rejas.

Las tres muertes de Marisela Escobedo puede verse ya. Una sensación de desasosiego e impotencia queda después porque una obscena red de complicidades queda al descubierto con este testimonio; una red que todos sabemos que existe y ante la cual estamos en la más completa indefensión. “Cantamos sin miedo, pedimos justicia, gritamos por cada desaparecida, que resuene fuerte: ¡Nos queremos vivas! Que caiga con fuerza el feminicida”, se escucha al final… a “Canción sin miedo”, de Vivir Quintana, se han agregado el nombre de Marisela y Rubí, pero la lista de nombres crece atrozmente cada día. Nos queremos vivas. Exijamos justicia.

Que disfrute su lectura.

 

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