Decantar por Eros una y otra vez

Decantar por Eros una y otra vez
Julia Santibáñez. Foto de Ricardo YV.

La Gualdra 452 / Literatura

 

 

Los poemas de Julia Santibáñez son breves y precisos; encierran enigmas providenciales y la sonoridad de su lírica resulta ser única; se vuelven parte de un todo; en ellos se visualiza el punto de partida, pero encierran o encapsulan lo inimaginable: un ritmo particular, un efecto de imágenes conscientes de sueños, alegrías o vigilias. El lenguaje es parte de su voz, propiamente, modula la cadencia de su musicalidad y lo manifiesta mediante imágenes que son erguidas de pasiones únicas.

Los títulos de su obra resultan arriesgados y permiten reconocer la construcción de su poética: Sonetos y son quince; Versos de a pie; Ser azar; Rabia de vida y, destacadamente, Eros una vez –y otra vez–. La libertad del lenguaje y su expresión más amplia por temas como el amor encierran giros de una mirada inteligente; este elemento no es un tema trillado sino que lo muestra como parte de una revelación. Es una identidad para transformar el tejido de las palabras con una voz que en realidad es personal y suma un conjunto de elementos que le permiten nombrar con diferentes tonos y colores.

En su poesía está presente igualmente el tema del erotismo, con el que describe el doble y acertado tino que comunica o divide el significado de esta palabra para explorar o percibir la lectura ante un ritmo novedoso, sonoro y saber decirnos esa realidad con sus visiones muy personales. Para ella, estos temas, resultan ser parte de un giro inesperado: los transforma y reconoce que son atractivos para su voz; son parte de una seducción visible, como decir que todo es parte de un viaje infinito. Tanto el amor como el erotismo están presentes en su máxima concentración, explorar desde donde quiere ella esa libertad implícita de su propia personalidad.

Julia Santibáñez revela identidad con metáforas vivas y por sus poemas hay que buscar y reconocer parte de su propia biografía; su voz ya madura es parte de un estilo que toma de la vida sencilla y que pareciera en sus versos es parte de un diario que va fragmentando, como si fueran líneas extraídas que salen al encuentro del lector. Sobre todo sucede en un título como Eros una vez –y otra vez–, que al observársele con detenimiento es un título que destaca por el filo de la navaja, y corta, levanta ante la mirada, esa nueva identidad de la poesía.

Es un título que explora los sueños más recónditos, se expresa con ojos abiertos y permite observar casi todo a su alrededor: son poemas que encierran una sensación afortunada. El título multiplica imágenes y por el poema engrandece sus metáforas. Lleva al encuentro de todo con esa sensación digna de reconocer hasta resaltar detalles ágiles y por lo mismo levanta interrogantes, pueden ser de asombro por la luz o la simple sombra que vibra por una imagen tomada del árbol en pleno otoño. La unidad del poema exige concentración, porque igualmente es parte de un enigma que perturba por esa riqueza de giros, nombra más allá de estos amores menores y de zozobra o múltiples sombras y hace su aparición el verso por aquí y por allá, en la ciudad: el nombre de la palabra o el sonido del lenguaje. Otras veces es obvia, coloquial y el sonido de las palabras adquiere vida propia. Es apenas una parte de su identidad autónoma y rigurosa. Posiblemente resuelve el enigma de sus metáforas afortunadísimas pero nombra aquello que es soñado, avanza con paso firme y se nota la limpidez en el poema. Sin duda esto sirve para reconocer plenamente su peculiar presencia ya destacada en la poesía mexicana.

Si tuviera que quedarme con un poema y definirla por un ejemplo de sus coordenadas, correría riesgos, propondría que sea la lectura planificada y que su voz sobreviva al tiempo por una mínima travesía. Ese poema bien podría ser “La ciudad invisible”, aunque un poco contradiga lo antes enumerado a la luz de los demás porque no es exactamente un poema breve si lo comparamos con sus poemas, pero registra su visión apasionante y remonta inmediatamente para descubrir la existencia de la ciudad moderna. Comparto el poema:

 

Las calles que levantamos con aquellas manos en noches y
días y horas intermedias tenían lo necesario: sus cafés, un
Barrio Chino con faroles oxidados, nosotros y niños que no
fueron, la avenida de vértigo donde floreaban jacarandas de
cara al fin del mundo. La tarde era gradaciones de luz.

Hicimos la ciudad en miniatura sin escatimar detalle,
maniáticos, como si fuera indispensable, como si no pidié-
ramos evitar los deudos en visita al cementerio y las alcanta-
rillas para descansar la tormenta.

Ya nadie se acuerda, ni nosotros, de aquel barandal bien
detallado de Polanco.

Se lo llevó esa catástrofe que no consideramos parte del
paisaje, la del estallar de vidrios. Del cortar de trancos y
escaleras. Del fuego vándalo sobre las ruinas.

En primer lugar, se hace visible su metáfora; existe la contracción amable, acompañada por ese espacio de sensaciones entre lo visto y vivido, por la ciudad en ruinas y sabiendo que “dispone de las cosas que quiere recordar”, ¿cuál es la ciudad de la que en el poema se habla? Por lo que se puede deducir, no tiene nombre pero es parte de un paisaje mental; señala detalles para enumerar la situación de los cafés y recordar la zona de Polanco. Estamos inequívocamente ante la Ciudad de México. Habla de la ciudad destruida, reconstruida, según la vida de cada quien, el pasado inmediato o lejano que la reconoce y descubre por esos recorridos de ensueño y porque sucede en estos versos el descubrimiento de su existencia. Los terremotos la han dañado en estos tiempos relativamente recientes, en el pasado la ciudad igualmente ha sido destruida por la mano de conquistadores; y, por la mano del hombre, igualmente, es que la han reconstruido. El verso de Santibáñez registra un tono que perturba, levanta el ánimo entre los que la han visto y los que la han vivido o porque la vieron hacerse escombro. Es parte de un paisaje entrelazado por las ciudades invisibles que surge propiamente del ejemplo de Italo Calvino.

Aprovecha Julia Santibáñez recursos disponibles en su escritura y explora la ciudad, para enumerar la catástrofe y el estallido de vidrios, el corte de árboles y esa imagen de destrucción que se vuelve interminable. En ese vínculo es que observa las ruinas del pasado, el esplendor de los edificios donde ahora percibe una modernidad relativa y con el crepúsculo y la caída de la tarde la nombra. Ella es una autora que no escatima detalles: la degradación de luz sucede, la presenta sin nombre y la precipita por imágenes que son destello de calles, y por esa demolición permite registrar igualmente todo: árboles, sueños y rememora una juventud visible en el recuerdo mismo de su vida. Ese tono es el que nombra como ejemplo de un concepto elegiaco, y a la vez, perturba y maravilla. El tránsito que construye de la ciudad con sus estrofas mayores a menores avanza con elegancia, salta por la tarde con audacia, ante nuestros ojos, es la ciudad de todos y de nadie. En esencia la ciudad invisible es para considerar que se cumple una y otra vez ese eros de la poesía pero reconociendo “que el puro resplandor serene el viento”, como dice un verso de Garcilaso; y por nuestra parte, volverlo parte de esta travesía: es la imagen intacta y es parte de un silencio relativo, para nombrar la existencia en este poema de las ciudades invisibles.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_452

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