Sin política pública ante la transformación digital

Sin política pública ante la transformación digital

La transformación es un proceso mediante el cual algo se modifica, altera o cambia de forma, manteniendo su identidad o esencia. Es sinónimo de cambio, de evolución. La transformación no es una revolución violenta, inmediata o acelerada que modifique todo de un plumazo; de hecho es bastante lenta y gradual pero constante.

Tampoco es un destino o una meta, un lugar al cual debamos llegar, pero es algo que va a ocurrir. Cómo, cuándo, por qué y para qué son las preguntas que debemos hacernos.

En los sectores digital, tecnológico y de telecomunicaciones se habla mucho de transformación digital, pero poco se ha explicado. Este fenómeno es irreversible, silencioso, transparente, porque no lo percibimos conscientemente y será ubicuo.

Por eso es desesperante que los gobiernos que diseñan las políticas públicas digitales y la regulación sectorial no comprendan los cambios tecnológicos que se avecinan, porque su pensamiento es burocrático y estático, anclado a leyes y procedimientos que crean zonas de confort. La industria le llama “certidumbre jurídica”.

La reacción inmediata a la transformación digital y de cualquier índole siempre es meter freno de mano, esperar, retrasar, hacer tiempo. Ahí están los titulares de derechos de autor como uno de los ejemplos más palpables. Las resistencias a la transformación digital también son económicas. Es evidente que a mayor penetración de banda ancha e internet disminuyen los puntos de rating de la televisión abierta. En lugar de transformarse, es fácil adivinar qué industria del entretenimiento quiere prolongar lo más que se pueda su modelo de negocio y que internet no llegue donde sólo hay televisión.

Lavoisier descubrió que “la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma”. El químico francés observaba átomos, pero en el mundo digital hablamos de bits. Estos bits transforman modelos de negocio y cadenas de valor. El libro o la música digitales reducen a cero la distribución física de los discos y los ejemplares, por eso el costo también se reduce. Compare el precio de un libro de pasta dura y otro digital y comprenderá lo que digo.

La digitalización no destruye ni la música ni la lectura; sí transforma la forma como las consumimos o practicamos. Permanece la esencia (las prácticas culturales de escuchar música y leer), pero modifica los formatos, la producción, el consumo, la distribución, los modelos de negocio…

En el ecosistema digital importan más los procesos que los productos. La digitalización transforma los bienes materiales en servicios. La calidad depende del procedimiento (de la solución tecnológica) no de la cualificación de la mano de obra. En muchos casos, ni siquiera es necesaria la intervención humana, como cuando pagamos un servicio por internet. La experiencia se altera: es flexible, personalizada, idealmente eficiente, genera beneficios e incluso bienestar. No es lo mismo formarse en la fila que pagar en línea.

¿Preocupa que la transformación digital y la automatización que ocasiona ponga en riesgo la existencia de los trabajos que conocemos? Pues sí, porque ahora la mayor parte del trabajo recae en los usuarios. Ahí están los contenidos generados por los usuarios de YouTube, Instagram o TikTok, que rivalizan en atención con cualquier medio tradicional profesional. Con una aplicación de transporte multimodal se puede acceder a cualquier tipo de transporte público: no se necesitan ni instalaciones ni taquillero ni boletos ni tarjetas, sólo una solución eficiente, confiable y rápida de hacer recargas.

Pululan en la red plataformas y tutoriales para que el usuario haga por sí mismo las actividades más diversas. Los trabajos entrarán en crisis (incluido el mío, de escritor de artículos) porque un software y un algoritmo harán las tareas mejor y más rápido. Si lo analizamos fríamente, no tenemos más alternativa que transformarnos.

La transformación digital es irreversible. Una vez que se inicia no se puede detener. La forma que adopte esa transformación no es inevitable. Hemos adoptado internet para el consumo, el entretenimiento y la información. Pero la transformación digital hará que internet cambie y se utilice para conectar las cosas y automatizar los procesos productivos. También para monitorear nuestros signos vitales y prevenir la salud.

La pandemia hizo inevitable la educación a distancia y la transformación digital de la enseñanza-aprendizaje, pero recibir los contenidos educativos mediante la televisión abierta no era inevitable.
La educación es el sector que mejor se ha adaptado y transformado digitalmente. Ahora se imparten clases a través de plataformas tecnológicas, aulas virtuales y sesiones de videoconferencia, pero la esencia de la educación sigue siendo la misma: transmitir y desarrollar habilidades, conocimientos y formas de vida… a través de las Tecnologías de la Información y la Comunicación.

Tarde o temprano, lo mismo va a ocurrir con los sectores salud, manufactura, energía, financiero, gobierno, transporte, cultural, minería, agroindustrial. Todos. Porque es irreversible. Sin perder su identidad, las industrias tienen que modificar las formas de hacer las cosas. Evolucionar del átomo al bit. Conforme más industrias se transformen, otras tendrán que imitarlas.

Esto ya lo comprendieron el entretenimiento y el periodismo: la oferta se ha ampliado y cada vez consumimos más contenidos y noticias a través de redes sociales y dispositivos móviles. Es irreversible pero no inevitable que lo hagamos a través de Facebook o Twitter. El streaming de video es irreversible, pero no inevitable consumir una sola plataforma.

La transformación digital ya está en marcha pero es tan gradual que no la vemos. En 2015 la velocidad de banda ancha fija en México era de 15 Mbps; en agosto de 2020 llegó a 42 Mbps. Casi se triplicó en cinco años. La velocidad de internet móvil en el mismo lapso pasó de 11 a 30 Mbps (Speedtest). ¿Pudo ser mayor la velocidad? Sí, pero la evolución sucedió y no se va a detener. ¿Alguien quiere retornar al internet lento? No, es irreversible que cada vez sea más rápido.

Es probable que incluso estemos pagando menos por un servicio más rápido y eficiente. ¿Alguien vio las inversiones realizadas por los operadores para mejorar nuestra experiencia de navegación? No, pero evidentemente ocurrieron. ¿Nos encanta el resultado de la transformación digital y disfrutar los beneficios de más acceso a tecnologías, conectividad y velocidad? ¿Estamos impulsando lo suficiente esa transformación digital?

Por eso preocupa la ausencia de políticas públicas digitales integrales. Porque la transformación digital ya está en proceso y es irreversible, pero no son ine­vitables la pobreza, la marginación y el subdesarrollo digital de México. l

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