Libertad de expresión, ¿para qué?

Libertad de expresión, ¿para qué?

En pleno uso de su libertad de expresión, 650 personajes publicaron un desplegado en el que predominan las firmas de académicos, literatos y analistas políticos.

Reclaman en él que el presidente estigmatice y profiera juicios que a su consideración siembran odio y división, y reprochan que desde la tribuna que significa el poder presidencial se les responda, porque asumen que esto se traduce en poner en riesgo a las personas físicas y morales blanco de las críticas de López Obrador.

La paradoja es redonda. Se advierte que está en riesgo la libertad de expresión en un desplegado ampliamente difundido en periódicos (que nadie compró masivamente) en páginas de internet (que no fueron ‘tumbadas’) y en redes sociales (cuyas cuentas no fueron suspendidas).

El título -“En defensa de la libertad de expresión”- pareciera aclamar la libre expresión de las ideas, pero el cuerpo del desplegado insta al principal actor político del país a dejar de expresarse.

Solo con liviandad supina podría afirmarse que “el odio y la división en la sociedad mexicana” son fruto de poco más de año y medio de gobierno de una fuerza política, y no producto de los muchos años de desigualdad social que desde el siglo XIX ya se conceptualizaba en la lucha de clases que hoy parece sorprenderles.

Por otro lado, tiende a pensarse en el mandatario del país como una figura más monárquica que como un representante democrático. Es decir, se espera de él un silencio impertérrito como el que guarda la Reina Isabel en Reino Unido ante los grandes debates nacionales. Esto, según explica el cine, es su deber; me refiero a mantener su investidura más allá de los vaivenes naturales de la discusión de lo público procurando pues ser el ícono de estabilidad política y de unidad gubernamental sin importar si gobierna la derecha o la izquierda.

El mérito en ese caso quizá está en no hacer nada, aunque el riesgo en ello sea convertirse en figura ornamental, que en los debates más álgidos de los que es protagonista giren en torno al color de su vestido, o a lo amplio de su saludo y su sonrisa.

En democracia en cambio de entiende que el gobernante es fruto de una fuerza social y política mayoritaria, que tiene en éste al ejecutante de las ideas que la aglutinan.

No se trata pues de la voz de un hombre, sino de una fuerza política que pese a ser mayoritaria no necesariamente es dominante, pues el escenario político es mucho más que cuestión de cantidad; es también cuestión de peso.

En ese sentido, la fuerza social que arropa a López Obrador se asume en una lucha que no ha terminado, pues el triunfo electoral no fue el fin, sino el inicio de la transformación que se espera.

No hay por qué alarmarse, quién asuma posiciones ideológicas contrarias no tendría por qué ver en esto una amenaza, sino una oportunidad para seguir en defensa de sus ideas; para jalar a la derecha lo que le parezca demasiado a la izquierda. O viceversa.

Aunque sin duda la libertad de expresión no está del todo garantizada en este país donde el asesinato de periodistas y activistas lamentablemente son recurrentes, sería aventurado asumir que desde el poder presidencial se le amenaza.

No parece siquiera ser eso lo que les preocupa a los “abajofirmantes” del desplegado en cuestión. Y difícilmente podría serlo justo ahora que un personaje como Gilberto Lozano hace un plantón permanente en la Ciudad de México, sin ser molestado pese al tono de su discurso.

Tampoco podría serlo si en una emergencia sanitaria una televisora se atreve a llamar a la desobediencia sin que se le advierta siquiera de la suspensión de la concesión, o de una multa.

Muy lejos estamos de la época en la que una expresión desafortunada significaba una llamada de Gobernación, de cuando los excesos de los junior no aparecían en las noticias como la golpiza que Ernesto Zedillo puso al equipo de producción del grupo U2.

No hace mucho Jesús Lemus era encarcelado por investigar a la hermana de Calderón, Lydia Cacho amenazada de violación por desnudar redes de pederastas, o Aristegui sacada del aire por evidenciar corrupción. Pero nada de eso está en juego ni en las preocupaciones d días que da cuenta el desplegado.

No se reclama la libertad de expresión de periodistas de investigación exiliados, o de activistas desplazados.

Hoy se le pone sobrenombres escatológicos al presidente, e incluso se le demanda. A su familia se le insulta por su apariencia y no se repara ni en los límites éticos que supondría significar la edad. ¿Esa es la libertad de expresión que se quiere?

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